Lo aprendido ayer, ya para qué

Por Astrid Perellón

 

¿Qué están aprendiendo nuestros niños en las escuelas? ¿Qué tan a la vanguardia está una empresa vanguardista? Ambas preguntas son un mismo tema porque se supone que los niños aprenden en la escuela lo que les sirva para un futuro pero, al concluir algún grado de estudios promedio, descubren que el lugar donde se emplean tiene que continuar reinventándose o investigando o innovando si no quiere quedar obsoleto. En otras palabras, lo aprendido ayer, no alcanza para hoy.

 

Toco un punto sensible aquí pues los papás se precian de tener hijos destacados en el colegio y cuando llegan con un dato curioso los observo asentir orgullosos. Sienten que están recibiendo las herramientas para la vida cuando lo que en verdad están recibiendo es conocimiento que sólo es vigente hasta el momento en el que se imprimió el libro de texto (y muchas veces estos no se revisan ni se reimprimen con la suficiente frecuencia).

 

Hablo aquí de la depreciación del conocimiento. Un hecho que poco se admite en la sociedad mexicana cuando en otros países la industria es más receptiva a la idea de tener departamentos de investigación e innovación. ¿Por qué las escuelas no lo tienen? ¿Por qué no se discuten los 8 o más posibles estados de la materia y, en algunas escuelas, apenas y se menciona el estado plasmático…? Tendrán los mejores libros y actualizarán a sus maestros, sin embargo, no se prepara al alumno para la depreciación del conocimiento. Es necesario saber que lo que aprendes está en tela de juicio constantemente. Pienso que por tal razón muchos graduados sienten frustración; pasaron casi 20 años estudiando (desde el kínder hasta la universidad) sólo para toparse con que no saben usar la tecnología que sus empleadores implementan, o que lo que bien aprendieron está cayendo en desuso.

¿Cuál sería la habilidad necesaria para emparejarse con la depreciación tan natural del conocimiento? Permíteme disfrazar la respuesta de fabulación rimada que te de claridad:

 

La abstrusa disertación era compleja

y un sentimiento nefando lo embargó

diciéndole que más allá no leyera.

pero con sólo investigar dilucidó,

cada frase o palabra nueva.

A investigar no aprendió en la escuela,

aunque es natural pues todo avanza.

Quien no investiga con poco se queda,

creyendo que el conocimiento no cambia.

 

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