Si buscas poner límites a tus hijos, déjalos explorar

Por Astrid Perellón

 

Usualmente aquellos adultos que piden mi orientación para poner límites con amor a sus hijos no advierten que la simple palabra les causa pesar. Limitar a alguien suena como impedirle hacer todo lo que quiere. ¿Y no es precisamente la razón por la que queremos llegar a adultos? ¿Creyendo que por fin podremos hacer lo que queremos?

 

Obviamente, más que limitar, lo que los papás buscan es que los niños reconozcan qué hacer y qué no. Este conocimiento lo brinda, primero la experiencia y luego la asociación. Un pequeñín que resbala con su pipí no sólo sabrá en una sola experiencia que los charcos son resbalosos, que los pies descalzos no se afianzan al suelo, que no llegar al baño a tiempo tiene inconvenientes. Por supuesto, un papá que está buscando poner límites, después de que apareció el lenguaje, es muy probable que no le haya permitido al bebé vivir las experiencias cuando no había gran peligro. Digamos que se le pasó su chance de ver al niño tropezar y levantarse y reconocer por su cuenta los verdaderos límites. Un niño aprende que no debe pegar o vociferar no porque se lo repitan, sino porque ha visto el resultado real de su acción: dolor o frustración cuando responde el que se defiende.

 

No habría necesidad de poner límites si uno permite que los niños exploren antes de que sea algo realmente peligroso. Por supuesto que la exploración debió ser gradual y siempre supervisada pero es el niño el que dicta qué tema le interesa explorar cada vez. Si uno permitió ese conocimiento natural, cuando aparece el lenguaje comienza una siguiente etapa de sencilla causa-efecto con el niño: “¿Te acuerdas cómo te resbalaste cuando te hiciste pipí en el suelo? ¿Quieres que te vuelva a pasar? (permitir respuesta que será seguramente un no rotundo) Ah, bueno pues entonces hay que llegar al baño”.

 

Los padres no queremos realmente limitar a nuestros niños pues nosotros mismos desearíamos sentir que todo lo podemos. Lo que deseamos en verdad es que sean autónomos y piensen antes de actuar. Eso no se explica con palabras, sino con lo que perciben de ti además de sus propios hallazgos. ¿Tú piensas antes de actuar? ¿O actúas de inmediato cuando se te presenta el enojo, el temor, la frustración? Si ellos notan que tú te abstienes de actuar hasta recuperar tu estado de ánimo tranquilo, estarán observando lo efectivo que resulta. Y, aunque no lo creas, los niños desean lo mejor para sí mismos. En lugar de limitarlos, hagamos como la fábula del aquí y del ahora donde la madre pájara se echó a volar del nido, mostrando a sus polluelos cómo hacer. Sin embargo, no podía ponerles arneses de entrenamiento, ni llevarlos en la espalda, ni mover las alas por ellos. Los polluelos están hechos para volar del nido y ella los inspira surcando el cielo con la libertad que los hace querer intentar hasta lograrlo.

Gracias a Dauna Martín por la sugerencia del tema. Sigue mis ocurrencias también por FB: Niñoscopio

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