Crónica de Travnik/Ivo Andric. El frío, el que resquebrajó sueños imperiales

Por Rivelino Rueda

 

La descripción del frío es un padecimiento que postra, que enclaustra, que enferma y que mata.

 

Las ráfagas de nieve, de hielo y de agujas filosas de metal penetran los poros de Travnik, en Bosnia; en la historia europea de principios del siglo XIX; en las guerras napoleónicas; en los imperios recelosos de su hambre expansionista, pero fundamentalmente en los incómodos extranjeros que llegan hasta esas tierras indómitas con la curiosa investidura de embajadores de occidente.

 

Crónica de Travnik, del escritor bosníaco y Premio Nobel de Literatura en 1961, Ivo Andric (1892-1975) –la cual fue titulada en la década de los sesenta del siglo pasado como Sucedió en Bosnia por la Editorial Sudamericana–, es una de las novelas históricas mejor logradas del siglo XX, en donde se narra la tensa situación geopolítica del viejo continente en el ocaso del imperio de Napoleón Bonaparte.

 

A través de dos diplomáticos de naciones hostiles entre sí, el cónsul francés Jean Deville, y el cónsul austríaco, Joseph Von Mitterner, quienes son comisionados para estrechar lazos con la estratégica e históricamente conflictiva región de los Balcanes, se empieza a tejer una historia en la que se mueven intereses, actitudes y creencias muy opuestas, pero que también se identifican por su carácter común: el de extranjeros occidentales.

 

El primero en llegar a Travnik es el emisario francés, quien permanece en esa ciudad siete años, hasta 1814, en el ocaso del emperador Napoleón Bonaparte.

 

En el cortejo de recepción “los mahometanos fingieron no verlo y los cristianos no se atrevieron a dirigirle ni siquiera una mirada fugaz. Y hasta aquellos que lo vieron, por el rabillo del ojo desde algún escondite, se sintieron un tanto decepcionados de la pobre y prosaica entrada que hacía un cónsul de Bonaparte”.

Un año más tarde hace lo mismo el nuevo cónsul austro-húngaro, quien “fue escoltado a lo largo de las calles por las maldiciones y amenazas de mujeres y niños, fue escupido desde las ventanas y no mereció ni una mirada de los hombres de las tiendas”.

 

“Uno es un perro y el otro es su hermano”, resumió Andric.

 

Los dos cónsules, narra el novelista, “vivieron en lados opuestos de Travnik con sus familias y sus dependientes. Era una casa contra la otra. Los dos hombres habían sido designados y enviados desde el principio como adversarios, para que cada cual frustrara y engañara al otro (…) Tal era por lo menos el retrato que cada quien hacía del otro, cegados como estaban por su triste suerte y confundidos por el extraño ambiente a que habían sido arrojados, un ambiente en el que perdieron rápidamente todo sentido de las proporciones y de la realidad”.

 

Y en medio de todo ello la intriga, la guerra psicológica, la enfermedad, la epidemia; la abigarrada, ruda y marrullera sociedad que se agita en aquel cruce de caminos; compleja, de muy difícil trato, un semillero de enemistades, inopinadas disputas y secretas venganzas; pero sobre todo el frío, el lacerante, húmedo y letal frío de los inviernos en Travnik, como único testigo del correo que escasea, del imperio que fenece.

 

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