El cerebro es una antena

 

Por Astrid Perellón

 

El cerebro podría compararse a un magnífico aparato perceptor (receptor sería que sólo recibe, pero lo cierto es que percibe). En los niños es fácil notarlo. Podemos preciarnos de hacerlos recibir nuestro mensaje sobre actuar correctamente pero nuestras palabras no son recibidas. Como buenos perceptores (no receptores, insisto) pescan lo que más perciben. Perciben no que mamá y papá hacen las mismas tareas, como buen equipo. Perciben quizá que mamá se queja o que papá lo hace de mala gana.

 

No siempre es así en este ejemplo específico, sin embargo, siempre la percepción es lo que influye las actitudes de nuestros hijos. En este planeta hay millones de perceptores (cabezas donde cada una es un mundo) y aún así nuestros niños y nosotros mismos <<pescamos>> lo que más nos atrae emocionalmente. A nuestros abuelos les atraía el machismo galante de Pedro Infante, a nosotras nos atrae las guerreras con corsés de cuero de Themyscira. A los hombres no les atrae luchar a brazo partido por un hogar donde la mujer espera en mandil de pin-up, pero les atrae esa emoción afectuosa que nos transmiten los clichés de mujer agradecida que recibe al hombre proveedor. Su lógica les haría huir de trabajar por nadie más que por sí mismos pero también desean lo que nos es natural, aprecio y amor que parece estar condicionado a proveer a una familia.

 

La culpa no es de los millones de mensajes que nos rodean sino de nuestro aparato discernidor, nuestro filtro, nuestro marco de referencia. En lugar de cautivarnos lo razonable, nos atrae lo emocionante. En los niños es fácil identificarlo. Podemos estarles pidiendo que compartan pero nunca han percibido nuestro desapego y euforia al compartir el transporte público con cientos de citadinos.

 

En cualquier tema, igualdad, equidad, feminismo, ecología, toma de decisiones, tanto niños como adultos somos aparatos perceptores. En lugar de combatir los millones de mensajes (de frecuencias, de sintonías, de cabezas que son un mundo cada una) tenemos una tarea más simple: ocuparnos de reconocer qué emociones deseamos perpetuar. Si a un niño no se le combate en palabras, sino que se le transmite una percepción de amor y claridad, el niño sabrá a un nivel más allá de las palabras que eso es lo que desea imitar; nuestro amor y claridad.

 

Empecemos por considerar la fábula del aquí y del ahora donde había un magnífico aparato receptor. Tenía su antena pendiente y atenta, recibiendo, transmitiendo. Las personas que lo escuchaban les molestaba la música que emitía. ¿Por qué existirá ese tipo de música?, vociferaban. Cuando alguien sintonizó una estación de música distinta, los demás ni lo notaron, pendientes de discutir cómo erradicar la otra que tanto les incomodaba.

 

Gracias a Juan José y también a Gaby Serrano Gutiérrez por sugerir los temas que inspiraron este artículo. Y abrazos a Dante que seguro aprecia mis saludos… aunque soy niña.

 

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