Julio Scherer. La piel y la entraña

Por Rivelino Rueda

 

El periodista toma el pincel. Observa su lienzo en blanco y aspira profundo antes de iniciar la obra. El retrato es complicado, pero en este oficio, el más solitario del mundo, como dijo alguna vez Gabriel García Márquez, la palabra imposible no existe en el diccionario.

 

Las pinceladas son magistrales. Los trazos narran y salpican un óleo inmaculado en alguna celda, de la Crujía I, en la antigua penitenciaría de Lecumberri. El llamado “Palacio Negro”.

 

El personaje a describir (o a descifrar) es David Alfaro Siqueros, el muralista, el preso político, el humanista, el comunista irreverente, el revolucionario, el amante, el hijo, el hermano, el viajero, el amigo de Rivera y Orozco, el arrogante, el sindicalista, el déspota…El viejo pajarillo triste encerrado en una jaula gris, añorando el muro, la escalera, el andamio y la brocha.

 

Julio Scherer García (1926-2015), el periodista que le dio un giro radical a la forma de hacer periodismo en México, en la época más férrea de censura y persecución de los regímenes priistas, escribe el libro Siqueiros. La piel y la entraña, tres años antes de asumir la dirección del periódico Excélsior y 11 años antes del “golpe” del gobierno de Luis Echeverría Álvarez a ese diario, pero también de la fundación de la revista Proceso.

 

Cuando el presidencialismo autoritario opta por mantener a sus artistas en la cárcel y no desperdigando por todos los rincones del país su obra creadora algo grave está pasando, algo está podrido.

 

Pero Scherer no retrata una denuncia, ni la aberración de un régimen paranoico. El periodista narra la vida cotidiana del muralista en el ignominioso encierro. Le da la voz y Siqueiros se embeleza con recuerdos…La inteligencia es sutil ante la ignorancia, madre de todos los miedos.

 

“Ahora ya nada me importa. Mi alma se ha sosegado y en ella hay tranquilidad. Dejo de ser el abrasado campo donde un ventarrón envolvía todas las cosas en opacos remolinos. Camino casi gozoso. Así he sido siempre. Para mí no hay belleza que pueda compararse a la acción. Ni la del arte, por la que he dado la vida”.

 

El torrente de memorias del artista plástico se expande y sacude como ráfagas de viento. El periodista es un actor ausente, que sólo le da cauce a una narración extraordinaria desde los gruesos muros de concreto gris de Lecumberri.

 

David Alfaro es volcán y promontorio detrás de los barrotes de acero; es lava incandescente y fósforo exiguo; es campo de batalla y calle de barrio capitalino; es frente republicano y Revolución Mexicana…Es piel y es entraña…Y en ese mismo mural se personifica Julio Scherer.

Siqueiros espera a su entrevistador en una silla de fierro oxidado. Concentra su fuerza para las batallas que le esperan. Y el periodista narra:

 

“No debería sorprenderme. El patio de la cárcel es gris, grises las verjas que separan las crujías, grises los uniformes un día azules, grises las escudillas hondas en la que los capataces vacían el rancho, grises las conversaciones circulares, grises las miradas huidizas, gris la esperanza”.

 

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