Primavera de luto, de Juan José Millás

Por Rivelino Rueda

Ella es la niña de mirada frágil y sonrisa nerviosa en las antiguas fotografías del álbum familiar… Ella estaba en todas partes y Ella estaba muerta, detrás del ventanal de un edificio de condominio observando una tormenta universal, asqueada del parecido de sus tres hijos a los ojos saltones de buey de su padre, o tal vez tapiando con sólidos ladrillos la entrada a un cuartucho hipnótico, pero ella dentro de ese perímetro de concreto, moldeando su propia mortaja.

 

Ella le contó una película, con la saña y el cálculo que sólo ellas tienen al seducir, tratando de animar a un animal asustado, huidizo y paralizado por el miedo, por la ausencia de los padres de ella, por el transcurrir del vertiginoso tiempo; en pánico porque ella está ahí, ávida de placer, hermosa e inmaculada, desafiante e indiscreta…

 

Pero también Ella imaginaba historias, y en su necesidad de narrarse a sí misma busca que el ginecólogo encuentre las respuestas del por qué de su locura, y en el psiquiatra la razón de su imaginario dolor de ovarios y el motivo de la hinchazón de sus pezones.

 

“En el ginecólogo ya he estado y me han enviado aquí. En realidad no me duelen los ovarios, pero qué le cuesta a usted imaginar que es ginecólogo y que yo soy un caso interesante”, refuta ella al desconcertado psiquiatra.

Juan José Millás (Valencia, 1946), retrata en el libro Primavera de luto, integrado por 23 magníficos cuentos, una realidad cotidiana en cualquier rincón de cualquier ciudad de cualquier barrio del mundo, con personajes ordinarios que deambulan por las calles, inmersos en sus problemas, en sus alegrías, en sus penas o sufrimientos.

 

Actores del día a día que optan por encierros voluntarios en apartamentos viejos, estrechos y ordenados, siempre en la ociosa búsqueda de alguna revelación sobrenatural, como encontrar botellitas de coñac al abrir una lata de sardinas el día de Navidad o, de plano, esfumarse de un día para otro sin dejar huella, sólo por la obsesión de averiguar de más que del otro lado de los armarios hay pasadizos que llevan a otros armarios en cualquier parte del mundo, la que sea, y que encontrar el camino de vuelta a casa es solamente una remota posibilidad.

 

Millás juega con lo fantástico. El escritor español traza relatos con una fuerte carga psicológica, pero que en cada paso están acompañados de un humor irreverente, al límite del absurdo, como en el cuento En el clavo que uno se ahorca, en donde el personaje central cuenta con 45 años y, desde la niñez, le ha tenido terror a los domingos.

 

El valenciano narra: “Escribo estas líneas desde la habitación de un hotel en el que he vuelto a despertar después de suicidarme. Me suenan los cuadros, y la cama, y el clavo imprecisamente escondido detrás de las cortinas. Creo que estuve en esta habitación hace años, cuando representaba los intereses de una empresa de importación en la que trabajé hace algún tiempo. Debo tener treinta y cinco años, pero guardo memoria de la experiencia anterior y de los diez años posteriores ya vividos. Lo peor que me parece que es otra vez domingo”.

 

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