Juan Villoro, nuestro gran cronista, nuestro querido necaxista

Por Rivelino Rueda

 

Para “El Tomate” será su primer reportaje en el lugar de los hechos. Los trabajos que escribe para una revista de viajes, desde cualquier parte del mundo, los realiza en su pequeño y espantoso departamento, que tiene como vista el todavía más espantoso paisaje del Viaducto de la Ciudad de México.

 

El texto periodístico lo hará sobre Monte Albán, en Oaxaca, y Chichén Itzá, en Yucatán. Lo acompañan en la travesía un amigo de años atrás, quien se acaba de sacar un Chevy en una rifa, y la hija de otra amiga, a la que el buen “Tomate” le trae ganas.

 

Son dos jipitecas rozando los cincuenta años –de esos a los que se les conoce como “forevers”–, quienes en sus años mozos se regodeaban con las canciones de Silvio Rodríguez; se disputaban el amor de una exiliada chilena durante la dictadura de Pinochet, y eran ávidos lectores de Carlos Castaneda; y Karla, una jovencita clavadísima en el Feng Shui, así como en las cábalas y el misticismo prehispánicos…

 

Y en medio de los tres una iguana, comprada por “El Tomate” cerca de Pinotepa Nacional, para comérsela ya sea en el viaje o llegando al Distrito Federal.

 

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), nuestro más importante narrador y cronista contemporáneo, recrea en el libro Los culpables –que comprende siete cuentos de inigualable manufactura—historias actuales de la mexicanidad con la sencillez, la pureza, el desparpajo y la sátira que sólo son posibles en los grandes escritores y periodistas, como lo es nuestro gran necaxista.

 

De hecho, en el cuento El Silbido, Villoro, un gran hincha del balompié, narra las penurias de un mediocre futbolista en retiro, en lo que seguramente será el último equipo profesional en el que toque un balón.

 

“Villoro recrea historias actuales de la mexicanidad con la sencillez, la pureza, el desparpajo y la sátira que sólo son posibles en los grandes escritores y periodistas, como lo es nuestro gran necaxista.”: Rivelino Rueda

Y lo hará nada más y nada menos que en “Los Tucanes” de Mexicali, escuadra que tiene como propietarios a unos trillizos panzones, con rasgos orientales, vinculados al contrabando de artículos chinos “que se descomponen a los diez minutos” y patrocinados por la cerveza Tecate.

 

Ni el Necaxa de la década de los noventa podría haber protagonizado este fenomenal relato. Ni el cabezazo de Emilio “El Buitre” Butragueño, que rozó el poste derecho de Nicolás Navarro, y que enmudeció a los 500 seguidores de “Los Rayos” y a los 99 mil 500 espectadores que llenaron el Estadio Azteca, entre “acarreados” y “gorrones”, en la final  del Torneo 1994-1995.

 

Ni una pared o una jugada a profundidad entre Aguinaga, “El Ratón” Zárate, Efraín  “El Cuchillo” Herrera e Ivo Basay. Nada. Ni siquiera el cambio de sede de esta histórica escuadra a Aguascalientes, ni mucho menos el quedarse a “un pasito” de regresar a Primera División ante Dorados de Sinaloa, ese sí, un equipo más parecido a “Los Tucanes” de Mexicali.

 

Luego, en el cuento Los culpables, el remate magistral frente al arco de nuestro querido necaxista, de nuestro gran cronista: “Las tijeras estaban sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las llevaba a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es psicópata. Tampoco es normal”.

 

 

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