Contar historias como lo hacían los abuelos

Por Rivelino Rueda

 

“Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen”.

 

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1982, Gabriel García Márquez narró con precisión el germen que le dio paso, cuatro siglos y medio después, a lo que hoy se conoce como “nuevo periodismo iberoamericano”.

 

Los Cronistas de Indias y los desquiciados navegantes europeos –que observaban cosas alucinantes en cada rincón del “nuevo mundo”– fueron los primeros en intentar describir estas indescifrables tierras. Hoy, ese choque de culturas, esa extrañeza de lo desconocido, sigue siendo la base de una crónica.

 

Como el abuelo que cuenta un cuento, el cataquero de cabello afro y bigote espeso contó ante la estupefacción de los miembros de la Academia Sueca que “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación”.

 

“Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara”.

 

La extraordinaria confección de las narraciones de los nuevos cronistas latinoamericanos quedan de manifiesto a lo largo de estas páginas, en donde el “contar historias como lo hacían los abuelos”

 

En el libro Antología de la crónica latinoamericana actual, el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo reúne 53 textos narrativos de distintos periodistas de la región que sólo dan una pequeña probadita de la grandeza y del esplendor de ese género periodístico que, como bien dice el argentino Martín Caparrós, “nuestros periódicos hacen cada vez menos” porque “nuestros bravos editores no tremulan ante la aparente contradicción: siguen adelante con sus páginas llenas de fotos, recuadros, infografías, dibujitos. Los carcome el miedo de la palabra escrita”.

Y en medio de todo ese desprecio hacia lo que el mexicano Juan Villoro llama “el ornitorrinco de la prosa”, estos grandes textos periodísticos han encontrado cobijo en revistas y portales de vanguardia a lo largo del continente, como SoHoEtiqueta NegraEl FaroGatopardoEsquire EmeequisViceTerra Magazzine, Letras LibresEl Malpensante, entre otras.

 

La extraordinaria confección de las narraciones de los nuevos cronistas latinoamericanos quedan de manifiesto a lo largo de estas páginas, en donde el “contar historias como lo hacían los abuelos” –como lo sugirió nuestro Gabo de siempre–, es la premisa para narrar la alucinante y desgarradora realidad cotidiana de nuestros pueblos.

 

Y es que más allá de la insensibilidad de la cínica clase política en la región, las verdaderas historias de todos los días, las que realmente desenmascaran la podredumbre de los poderosos y describen con puntualidad los innumerables movimientos sociales, pero sobre todo las injusticias, la violencia, los héroes anónimos y la incandescente esperanza, se cuentan a través de este nuevo impulso de la crónica latinoamericana.

 

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