19/S: La vorágine de la normalidad

Por Lucy Ferreira

Foto: Edgar López (Archivo)

La mayoría de las personas hablan sobre volver a la normalidad, pero ¿cuál es la normalidad después del temblor del 19 de septiembre? Cuando lo dicen imagino que lo que pasó es una película que se puede rebobinar una, diez… cuarenta veces y el final sigue siendo el mismo: desgracia.

Cierto es que las personas que están viviendo en refugios no pueden regresar a sus casas y que su futuro es incierto porque no saben cómo recuperarán sus casas, ni de qué manera y mucho menos saben dónde.

Los que fueron rescatados de entre los escombros no tendrán paz durante mucho tiempo. Cuando estén en un lugar donde el aire se vicie y se caliente querrán salir corriendo. Cuando el mínimo movimiento provocado por un camión en la calle, por alguien que brinque a un lado de ellos, querrán salir corriendo y todo será inútil porque el sismo y los escombros se apoderarán de ellos durante toda su vida.

Los que murieron bajo los escombros no regresarán, sólo queda la esperanza de que no hayan sido conscientes de sus últimos momentos de vida. Ojalá se hayan quedado dormidos. Ojalá su últimos pensamientos hayan sido acompañados con la esperanza de volver a ver a sus familias y amigos.

Y quienes les sobreviven a las víctimas del sismo no podrán ver la vida como lo hacían hasta la mañana del 19 de septiembre. ¿Cómo se consuela a alguien que perdió a un ser querido sepultado bajo toneladas de escombros y cascajo? ¿Cómo lo confortas diciendo que no sufrió y que tuvo una buena muerte, como cuando alguien muere dormido?

Para este momento muchos tienen sentimientos de culpa, porque creen que no hicieron mucho por las víctimas del terremoto, porque no se lastimaron quitando escombros, porque no desfallecieron de cansancio ayudando en los albergues o preparando comida para los rescatistas. El único sentimiento que creen que les daría paz a sus almas es saber que algo malo también les pasó a ellos a consecuencia del temblor.

Ivette creé que no hizo lo suficiente. Desde el minuto 30 después del temblor recorrió desde Paseo de la Reforma  hasta el Metro Chabacano, caminando por Avenida Juárez hasta llegar al Zócalo y de ahí a Pino Suárez hasta Tlalpan.

Se detuvo en cada lugar que consideró que las personas necesitaban ayuda. Atrás de su casa colapsó un edificio, en la colonia Zacahuitzco. Otro edificio colapsó cerca de ahí, en la colonia Portales, y su familia estuvo ayudando sin descanso durante tres días seguidos.

Ofrecieron su casa a quienes se quedaron en la calle y fue gracias a ellos que gente que los conocía y que eran de otras zonas de la Ciudad de México se acercaron al centro de acopio, donde Ivette y su familia se encontraban ayudando para llevarles víveres, medicina, apoyo físico para ir a las zonas afectadas.

Ella no es capaz de imaginar cuánto fue que ayudó. Se niega a aceptarse afortunada porque la hace sentir egoísta.

Ricardo Gerardo perdió su casa. Vivía en uno de los edificios de Lomas Estrella, Iztapalapa, que se cayeron a causa del sismo. Se confesó damnificado y dijo que su edificio era inhabitable y que él junto a su familia estaban durmiendo en un campamento improvisado afuera de los edificios afectados porque no podían irse a otro lado ya que habían intentado entrar a robar.

La mañana del 21 de septiembre no pudo soportar la desesperación de haberlo perdido todo y entró a su departamento a buscar ropa y a bañarse, sin importarle el riesgo que corría al entrar. Nadie le quitaría el gusto de bañarse, tampoco de salir arreglado, y peinado, y perfumado por última vez de su casa para irse a trabajar.

Ricardo es chofer de Uber e hizo catarsis mientras llevaba a dos pasajeras. Cuando se subieron al auto no las saludó. No confirmó el destino, iba ensimismado en sus pensamientos. De repente les preguntó sobre el sismo y cómo lo habían pasado.

No terminaron de responderle cuando él les dijo que su edificio estaba punto de caerse. Les contó que estaba viviendo bajo unas lonas afuera de su edificio y que no podía irse porque unos pinches lacras ya habían tratado de robar su casa.

Las pasajeras se veían entre sí sin saber qué decirle y él continuó hablando. Tal vez no se acordaba que llevaba a unas desconocidas. Tal vez sí lo sabía y necesitaba ser escuchado, porque se aferró al volante con ambas manos y lo jalaba como si quisiera arrancarlo.

Desesperado repetía que a la pinche gente no le importaba lo que había pasado en Iztapalapa, que toda la pinche ayuda estaba en la Del Valle y en la Roma, donde la gente sí tiene dinero y que ellos iban recuperarse rápido, mientras su familia se chingaba debajo de unas lonas, mojándose y con frío.

Cuando volvió en sí se volvió para ver a las pasajeras. Los ojos enrojecidos y vidriosos de las lágrimas que había contenido, mordiéndose el labio inferior y con las comisuras hacia abajo. Su expresión entre culpa, tristeza y desesperanza no podía juzgarse.

Las pasajeras le aconsejaron dejarlas donde pudiera orillarse y él les dijo que las llevaría a su destino. Durante los 20 minutos que quedaron de camino nadie mencionó una palabra.

Los grandes héroes del sismo fueron aquellos que siempre son maltratados por los medios y por la opinión pública. Los albañiles, que fueron los primeros que tomaron mazos y palas para ir a romper y a quitar escombros. Ellos que siempre se usan como referencia para decir vulgaridades o para burlarse de su apariencia.

Los millenials¸ esa generación de adolescentes que pintan para ser eternamente niños, que sus pasatiempos son navegar en internet casi 17 horas al día y compartir cada movimiento que hacen a través de sus redes sociales. Esos que son incapaces de socializar si no es por medio de un dispositivo electrónico, se unieron a una causa donde lo más importante era ayudar y no ser los victimarios del sistema.

No tenían ganas de quejarse, sólo salieron a las calles a ayudar. El ejército, siempre denostado, los medios de comunicación se empeñan en demostrar los malos elementos que tiene la milicia mexicana. Ellos, que tienen entrenamiento especial y que al entrar a la milicia juran dar sus vidas por el pueblo mexicano, lo han demostraron estos días.

No todos los afectados por el temblor perdieron su casa o a un ser querido, no. Perdieron su tranquilidad y la capacidad de reponerse de un susto. Viven con una opresión en el pecho y, estén donde estén, se imaginan lo que sucedería si temblara en ese momento.

Se imaginan corriendo junto a las personas que están en el mismo lugar, saliendo por las rutas previamente trazadas desde el momento en que llegan al lugar. Los más pesimistas se visualizan paralizados mientras los demás salen y, peor aún, se imaginan perdiendo a todos los que quieren mientras ellos están inmóviles, incapaces de ayudarlos.

Gabriela Fernández siente un profundo miedo a quedarse dormida y que se active la alerta sísmica, pero le atemoriza más que, al igual que el sismo del 19 de septiembre, no suene y comience a temblar y “las personas que más quiero mueran”.

El 6 de septiembre en la noche su mamá estuvo a punto de morir. La encontró tirada en el piso de la cocina, aproximadamente a las cuatro de la mañana. Su mamá dice que nunca perdió la consciencia y Gabriela dice que la levantó y trató de reanimarla. Sabe que al menos por tres minutos la perdió.

Un día después tembló muy fuerte casi a media noche. Le costaba dormir, preocupada de que a su  madre le pasará algo y que volviera a temblar. Pero a partir del 19, el temor a que se haga de noche es insoportable. Está mucho más alerta. Ha tenido al menos seis ataques de ansiedad y todos ellos en el ocaso del día.

La normalidad para quienes vivieron el temblor será relativa o fingida durante mucho tiempo. Probablemente viva en nosotros un sentimiento de culpa al haber sobrevivido sin pérdidas aparentes durante el temblor, viendo a quienes perdieron sí perdieron a alguien o algo.

Somos testigos de la desgracia del 19 de septiembre. Nos queda ser testigos y partícipes de que la normalidad de la que se habla se vuelva realidad.

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