19/S: Nuestro mes patrio, nuestro mes maldito

Por Érika Lizbeth Choperena Narvaez

Foto: Edgar López (Archivo)

Corría el año de 1957. La mayoría de los casi cuatro y medio millones de habitantes que dormían en el entonces Distrito Federal fueron despertados abruptamente, alrededor de las 2:20 de la madrugada del 28 de julio, debido a un terremoto de magnitud 7.7 con epicentro cerca del puerto de Acapulco, en Guerrero.

Aproximadamente 700 muertos y 2 mil 500 heridos fue el saldo del movimiento que causó, también, la caída del Ángel de la Independencia.

La historia revivía 28 años después a las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando el terremoto más fuerte en la historia contemporánea del Distrito Federal dejaba alrededor de 3 mil muertos. Al día de hoy aún hay anécdotas de sobrevivientes de aquel catastrófico día y las consecuencias que tuvo en la Ciudad.

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Un septiembre mexicano, desde hace años, atropellado de situaciones que ponen en duda el patriotismo de la gente y tambalean aún más la fe –si es que se le puede llamar así– en las instituciones, los políticos, el gobierno y cualquier instrumento que sea de uso del Estado, quienes han perdido toda la credibilidad y los pone en riesgo para las elecciones de 2018.

Como bien dijo Epigmenio Ibarra: “no tenemos nada que festejar”. No hace falta ahondar en las razones para creer esto. Un sentimiento generalizado al tener menos festejos que marchas y conspiraciones cada vez más evidentes en cada hogar para mostrar el rechazo hacia el gobierno mexicano, sin distinción de partido ni de ideología.

Hay sismos que son sociales, que retumban en la conciencia de la sociedad más allá de mover la tierra, y el 27 de septiembre del 2014 se pudo vivir una situación así.

Una madrugada antes ya corrían rumores en redes sociales de “algo” que pasaba en Iguala, Guerrero. A muchos no hubo de sorprenderles, ya que las autodefensas  ya eran una noticia común, pero la incertidumbre de no saber qué sucedía invadía cada vez más a los usuarios de redes. En los noticieros nocturnos no se mencionó el tema.

Un saldo de 9 muertos y 43 estudiantes desaparecidos dejó la persecución y ataque a estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa Isidro Burgos, donde décadas antes, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, habían estudiado.

Fotografías impactantes, casi sacadas de una película de terror circulaban. Era Julio César Mondragón con una playera roja, que hacía sobresalir su rostro desollado, sin piel, ni músculos, ni ojos, ni nada que hiciera referencia a que ahí no solo era un rostro esquelético, sino un ser humano que había sido torturado horas antes, de una manera que muchos no nos podremos imaginar.

Un rumor que involucraba la desaparición de uno de los cinco camiones que habían sido protagonistas de esa madrugada de terror. Otro rumor acerca de tráfico de drogas. Una falta de respuesta de las autoridades y, también, la falta de certeza de todos los que ansiábamos saber qué sucedía, sólo el presentimiento de la catástrofe que se estaba viviendo en Guerrero.

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La Ciudad de México se preparó días antes para llevar a cabo el simulacro de costumbre del 19 de septiembre, con avisos en redes sociales, televisión y radio.

Las alertas sísmicas compradas desde 2010 para la capital del país estaban listas para sonar en punto de las 11:00 horas, y así sucedió. Paseo de la Reforma, una de las avenidas con más oficinas de la Ciudad de México, así como Insurgentes y los centros de educación en todos los niveles atendieron la alerta.

Hubo quienes aprovecharon para platicar más a detalle con quien no tenían oportunidad desde hacía tiempo, otros que aprovecharon para comprar café en la cafetería que no atendió la alerta, pero en general una ciudad “organizada” para recibir cualquier sismo.

Esas alertas sísmicas, operadas por el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (CIRES) y manchadas de una historia de corrupción por parte de las autoridades y el CIRES , como lo documenta Paris Martínez, fueron casi inútiles al no cumplir su función de aviso de 45 segundos antes de que un sismo llegue a la CDMX.

Pasaron más de dos horas entre el simulacro y el terremoto de magnitud de 7.1 que sacudió 32 años después a la Ciudad de México.

A las 13:14 horas del 19 de septiembre de 2017, un movimiento desde su inicio muy fuerte, amenazó y cobró la vida de decenas de personas. No, las alertas sísmicas no alertaron. ¿La explicación? El epicentro demasiado cercano, en los límites de Puebla y Morelos, a solo 120 kilómetros de distancia de la ciudad.

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Robar la identidad, destrozar físicamente el rasgo más común para reconocer a alguien es algo que podría tener muchos adjetivos pero principalmente es un acto de humillación hacia la persona que está siendo violentada, hacia Julio César Mondragón, en aquel caso.

En vísperas del tradicional Grito de Independencia, el cuerpo de alguien fue encontrado a las orillas de una carretera en Tlaxcala, el estado de la República número uno en trata de blancas de todo el país.

La identidad de su cara, enfundada en una sábana blanca con la leyenda Motel del Sur, aún se alcanzaba a reconocer, ya con el color que la muerte le da a los cuerpos que no son irrigados por el torrente sanguíneo. Era mujer y estaba muerta.

Su nombre, Mara Fernanda Castilla Miranda, 19 años, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. Salió a disfrutar de su juventud, a distraerse y a vivir, esto último como un acto extremo en un país donde la figura de la mujer aún no está ni en equidad ni en igualdad con la del hombre, al menos en los hechos.

Los feminicidios son una noticia cotidiana. Mara nunca regresó a su casa. Un chofer de Cabify le arrebató la vida por “estrangulación y golpes severos, e indicios de agresión sexual”, según el fiscal de Puebla.

El domingo 18 de septiembre, al mismo tiempo que el zócalo de la Ciudad de México se llenaba de gente extrañamente traída en camiones con el mismo perfil que los “acarreados” y hombres en avanzado estado etílico debido a que consumían bebidas alcohólicas frente a los policías que resguardaban la seguridad para el Informe de Gobierno de Miguel Ángel Mancera, salía una marcha encabezada por un contingente de feministas radicales.

La marcha en repudio al asesinato de Mara fue organizada por ellas. Nadie estaba obligado a asistir por la naturaleza de dicho colectivo y las características que hay en las marchas organizadas y encabezadas por ellas. La marcha fue opacada por el protagonismo de un sismo hombre, e igual que Julio César, Mara tampoco tuvo una identidad.

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Algunos segundos segundos, los cuales son difíciles de saber a ciencia cierta, debido a la naturaleza de lo que significa “duración” en un  sismo , fueron suficientes para cobrar 228 vidas en la Ciudad de México, 5 mil 700 viviendas dañadas, de las cuales 40 por ciento sufrieron daños totales. 44 lugares tuvieron derrumbes o colapsos.

Los datos y la información se centró en la capital del país, a pesar de que Chiapas, Oaxaca, Morelos y Puebla son estados gravemente afectados por los sismos del 7 y 19 de septiembre. En total 471 personas oficialmente murieron, consecuencia de ambos temblores. Y sí, esa es la cifra  oficial, pero la textilera en Chimalpopoca, en la Colonia Obrera, no registra datos oficiales veraces.

Oaxaca es el estado con más viviendas afectadas, sumando más de 63 mil, teniendo daño total el 34 por ciento de esa cifra. En total 250 mil mexicanos se han quedado sin vivienda.

Una respuesta tardía y agresiva, desplegando militares armados en puntos donde eran necesarias manos y no metralletas. Un teatro que sólo muestra la desgastada credibilidad de la que, se supone, fuera la televisora más vista en todos los tiempos en Latinoamérica. Partidos políticos peleando el protagonismo de su declaracionitis por saber quién y cómo iban a donar el presupuesto de campaña más rápido. Nada de eso ayudó más que la masa popular.

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Casos de corrupción están siendo investigados. Lo grave del tema es que las investigaciones son principalmente hacia nuestras autoridades. Las personas encargadas de cuidar nuestro patrimonio, nuestros impuestos y nuestros derechos.

Si ellos, que están con una única función que es manejar recursos, velar por el cumplimiento de leyes y resguardar nuestra seguridad, muy probablemente el presente y el futuro sean cada vez más difíciles.

Casos de feminicidios están siendo investigados también. En lo que va del año ocurren al menos tres diariamente en todo el país. Casos de asesinatos contra activistas, periodistas y disidentes políticos están siendo investigados. No hay cifras oficiales verídicas acerca de cuantos delitos han sido castigados.

 

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