19/S: El nosotros que se antepuso al yo

Por Paloma Takahashi

 

Foto: Rivelino Rueda

 

A ti mexicano, que al igual que yo viviste este terremoto, y que cada uno de nosotros tuvimos nuestra mala experiencia, recuerda que en esta tragedia lamentablemente muchos ya no están aquí, que no pudieron platicarnos su historia, que no pudieron escuchar otras historias.

 

Todos nos levantamos con la idea de que sería un día cualquiera, un martes cualquiera dentro de la vida monótona. Muchos sabemos que en septiembre, hace 32 años, se vivió el terremoto más devastador en la historia del país. Y hoy, como un chiste de mal gusto, la ciudad se sacudió de nuevo.

 

La tierra nos demostró que ante ella somos seres inferiores. La reflexión viene después. Al cerebro le cuesta reaccionar ante la catástrofe.

 

Muchos por su religión se preguntan si estos fenómenos naturales tienen que ver con algo más allá de nosotros. Los estudiosos de la ciencia buscan la explicación de acuerdo a sus medios de investigación. Las personas en la calle cuentan sus versiones de lo sucedido.

 

Todos queremos entender la razón, pero la verdad es que no la sabemos ninguno de nosotros. Podremos saber teorías, comprobarlo científicamente, pero nunca vamos a entender por qué pasan éstas cosas. Muchas personas perdieron la vida sepultadas bajo toneladas de acero y concreto. Muchas otras arriesgaron su vida por salvar a un ser querido o simplemente entraron en una obscuridad eterna sin retorno.

 

Ante toda la tragedia nosotros podemos agradecer tener la oportunidad de estar vivos. Pero ¿Ahora qué sigue? Queda el trauma postemblor, el miedo de que vuelva a suceder. No sabemos si estamos totalmente a salvo. Mientras, en las calles, las personas esperan fuera de sus casas, escuelas y trabajos.

 

No quieren volver a un lugar techado, sienten miedo. El calor te derrite hasta los huesos. Toda la energía liberada hace que este calor insoportable no cese. La ciudad está hecha un caos. No hay manera de comunicarte para saber sí los demás están bien. Somos espectadores de la tragedia que hace 32 años hirió profundo a la Ciudad de México.

 

El terremoto de 1985, del cual todos los adultos, mayores a 40 años, recuerdan. Ellos siempre decían que las personas jóvenes jamás entenderían. La cifra registrada no oficial de pérdidas humanas en ese año fue de 10 mil personas.

 

Otros hablan de una cifra de muertos mucho mayor. Las autoridades y los medios transformaron ese dato para no alarmar de más a las personas. Treintaidós años después vuelve a suceder un terremoto en la ciudad de México. Pensar que puede suceder el mismo día es casi imposible, pero nada es desafiante para la naturaleza y la casualidad de este hecho aterroriza aún más a los mexicanos.

 

#Fuerza México es el Trending Topic en Twitter. Los jóvenes salen a las calles a ayudar en los edificios derrumbados. Las redes sociales movilizan todo el proceso de fraternidad y solidaridad que se vive. Muchas personas que sobrevivieron se quedaron sin nada, sus edificios se quedaron inhabitables. Todas sus pertenencias, fotos, recuerdos, se quedaron enterrados. Ahí es el momento en el que agradeces estar vivo, pero a la vez te duele perder todo tu esfuerzo de años.

 

Roberto Pinto, de 75 años, perdió todo en el terremoto del pasado 19 de septiembre. Vivía en la colonia Roma, en la calle de Tehuantepec.

 

Antes de las 13:14 estaba con su hija María, de 35 años, en su departamento, en su vida cotidiana. Llegó la primera onda sísmica, potente, sorpresiva, y su edificio comenzó a moverse tan fuerte que no podían caminar.

 

Narra que su reacción fue inmediata y solamente pensó en salvar sus vidas. Cuando salieron del departamento, todavía con dos gatos y su perro de raza Labrador, “Maya”, veían cómo el polvo caía del techo. Escuchaban cómo el edificio se venía encima.

 

Lo único que pasó por la mente de Roberto fue la posibilidad de que las escaleras del edificio ya no estuvieran en su sitio. Luego de una nueva y poderosa sacudida, pero sobre todo por el estruendo del momento, el señor gritó con miedo y desesperación.

 

“¡Aquí nos quedamos!” Roberto sujetaba con fuerza a su hija. El polvo dificultaba su vista. Las escaleras ahí estaban. Se apoyó en su bastón y en su hija. Ambos salieron del edificio que crujía de manera espeluznante, que se balanceaba y luego se inclinaba, como si fuera un juguete que manipulara un niño de tres años.

 

El edificio no se derrumbó, pero nadie puede volver a entrar.

 

Al salir a la calle, María rompió en llanto por el shock del momento. A partir de ese momento eran damnificados. María cuenta que ese trance todavía le cuesta trabajo asimilar.

 

Perdieron todo. Durmieron unos días en la calle. Pero lo que más le dolió al señor Roberto fueron los recuerdos de sus hijos que se quedaron en ese departamento. Se siente agradecido por la solidaridad de personas que antes de la tragedia consideraba como extraños.

 

Pero esos “extraños” le ofrecieron casa, comida, café caliente, cobijas, agua. “Perdí todo, pero no hay que lamentarnos por lo sucedido, más bien agradecer que se puede seguir con vida a un lado de mis hijos”.

 

Cada persona irá sanando su trauma a su manera y habrá algunas que ni siquiera lo tengan que superar. Sucesos así nos dejan con ruinas, pero también con muchas manos que ayudaron para mejorar la situación del país. México se unió, algo que no se había visto en mucho tiempo.

 

La sacudida, la tragedia, pero fundamentalmente la respuesta de la ciudadanía, nos hace sentir que no estamos solos, que podemos ser un mejor país si así nos lo proponemos. Y no se trata de un nacionalismo hueco, ramplón, sino de humanidad, de compromiso colectivo, del “nosotros” antepuesto al “yo”.

 

Y esos son de los valores más valiosos que pudimos aprender después de este martes obscuro, de nuestro nuevo 19 de septiembre.

 

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