19/S: Un simulacro que no era de juego

Por Guillermo Vázquez

 

Foto: Rivelino Rueda

 

“Se fue la luz. Algo tronó muy fuerte al otro lado de la oficina y pensé: ¡Ya valió madres! Aquí nos quedamos”.

 

Obdulia trabaja en el noveno piso de un edificio que se encuentra sobre la Avenida Juárez en la delegación Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Es parte de la brigada de protección civil del lugar en donde labora.

 

Como cada año, había recibido instrucciones para realizar el simulacro que se lleva a cabo cada 19 de septiembre como medida implantada después del sismo que sacudió a la capital del país en 1985, en donde aún las cifras no son tan exactas como se puede esperar, pues se estima que las personas que perdieron la vida según la última actualización de datos del Registro Civil de la Ciudad de México asciende a 12 mil 843, y de acuerdo con información de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los daños materiales de aquel jueves 19 de septiembre de 1985 ascendieron aproximadamente a 4 mil 100 millones de dólares.

 

A las 11:00 horas comenzó el ejercicio de desalojo del edificio que consta de 23 pisos.

 

-⁃Para la mayoría de mis compañeros, el simulacro fue un juego. Un momento para perder tiempo en horario de trabajo. Casi la mitad salió del edificio media hora antes de lo señalado y los que atendieron lo establecido por protocolo, bajaron platicando, riendo y viendo sus celulares.

 

Como es usual, Obdulia realizó las labores que un brigadista de protección civil en su trabajo debería de realizar: reunir a quienes laboran en el piso nueve, el pase de lista y esperar las instrucciones para regresar a sentarse frente a los monitores de sus computadoras.

 

El regreso total del personal al edificio fue entre las 12:45 y las 13:00 horas. Obdulia se disponía a comer cuando el piso comenzó a vibrar.

 

–Pensé que eran los trabajadores de limpieza o los del mobiliario, que en ocasiones pasan corriendo con los “diablitos” y hacen que el piso retumbe.

 

El edificio comenzó a moverse violentamente. Una amiga de Obdulia le gritó: “¡Está temblando!”, y de inmediato comenzó un desalojo aún más desordenado que en el simulacro.

 

–Otra compañera entró en pánico. Comenzó a llorar y a gritar “¡aquí nos vamos a morir!” Se aferró a una silla y me decía que no se podía mover. Traté de calmarla y logré que se levantara y comenzara a caminar a la salida de emergencia junto con las demás personas. Se fue la luz. Algo tronó muy fuerte al otro lado de la oficina y pensé ¡Ya valió madres!, aquí nos quedamos.

 

Obdulia no salió, apenas y podía caminar por cómo se movía el edificio. Su instinto de ayuda le dictó seguir lo que aprendió en el curso de protección civil y, en caso de ser posible, auxiliar a cualquier persona que se encontrara cerca de ella. El movimiento de la tierra cesó. Obdulia dio un último recorrido por el piso para revisar que nadie más se quedó rezagado. Escuchó una voz que le pedía que bajara por las escaleras y así lo hizo.

 

–No recuerdo mucho a partir de ahí. Quise ver la hora en mi celular y la misma voz me pidió, al igual que a otros que hicieron lo mismo, que por favor guardáramos los teléfonos y siguiéramos avanzando. Delante de mí había personas de edad avanzada, otras con problemas para caminar e incluso algunas con bastón. Éramos los últimos.

 

Recuerdo haber llegado al área designada por protección civil en la Alameda Central y como pude hice el pase de lista mientras escuchaba a algunos decir que había edificios muy dañados. En Twitter alguien leyó que un edificio había colapsado en la colonia Lindavista.

       

***

“El sonido de la alarma sísmica comenzó a sonar en la radio del coche. Vi a algunas personas bajar del microbús que iba delante de mí y como pudieron corrieron a resguardarse. El tráfico se paró por completo y en la radio se fue la señal, sólo había estática.”

 

Julio iba camino a clases en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Azcapotzalco. El sismo no se sintió tanto cuandoél estaba en su coche, pero no tenía duda de que había sido diferente, quizás más fuerte que el que sacudió a los estados de Chiapas y Oaxaca apenas 12 días atrás.

 

No pudo entrar a las instalaciones de la escuela, pues por seguridad de toda la comunidad estudiantil estaba en pleno proceso de desalojo. Nadie tenía señal en el celular y la única opción en la mente de Julio era regresar a ver si su familia estaba bien. Emprendió camino rumbo a Ecatepec –qué es en dónde él vive-. por el carril de contraflujo que acompaña a la línea del Metrobús que va desde El Rosario hasta San Juan de Aragón, en la delegación Gustavo A. Madero, y que cruza por todo Montevideo hasta llegar a La Villa.

 

-⁃Recibí el mensaje de una amiga que vive en Chile. Me preguntaba si nos encontrábamos bien, pues ella desde allá estaba viendo imágenes que mostraban que el temblor había estado “cabrón” y había calles agrietadas, edificios caídos y todo se veía pésimo.

              

Julio no estaba al tanto y el mensaje abrumador lo invitó a encender de nuevo la radio. Sintonizó el primer noticiario que encontró y había reportes de graves afectaciones en distintos puntos de la Ciudad. 

 

–Escuché que habían caído edificios en la Condesa y la Roma, que se había caído un Soriana y un edificio había colapsado en la colonia Lindavista.

 

Durante parte del traslado a la casa de Julio las cosas parecían estar bajo control. Todo cambió al cruzar la avenida Instituto Politécnico Nacional. A partir de ese punto, la avenida Montevideo parecía un enorme estacionamiento. La desesperación de las personas se hizo dueña de los carriles confinados para el tránsito del Metrobús. La corriente creada por los autos, y que avanzaba poco a poco, de pronto se detuvo totalmente

 

–Vi algunos edificios con las fachadas dañadas, incluso vi caer pedazos de aplanado de algunas paredes mientras estábamos ahí detenidos.

 

Un par de autos delante de Julio, había un choque que, bañado con el estrés y la incertidumbre de lo acontecido, se convirtió en una pelea. Julio atribuyó a la riña el pesado tránsito, hasta que vio a personas corriendo y otras sobre camiones de volteo que iban a toda prisa. Lucían desesperados y uniformados con chalecos de colores chillantes y con la cabeza cubierta con cascos se apresuraban con palas y picos.

 

Las calles ya estaban acordonadas. A partir de la Avenida Río Bamba las cintas amarillas advertían que lo que Julio escuchó en el radio era verdad. El edificio marcado con el número 911 en la calle de Coquimbo, en la colonia Lindavista, había colapsado.

 

Desde ese momento Julio percibió el caos. La ciudad se había convertido en un escenario totalmente diferente. Las voces en la radio, entrecortadas, apenas podían describir lo que pasaba. La batería del celular de Julio cada vez era menos y la comunicación con su familia –que de por sí era casi nula- disminuía a medida que los minutos se alargaban y se convertían en horas. 

 

***

A Obdulia ya no la dejaron regresar por sus cosas. Su bolsa e incluso su coche se quedaron entre los muros, junto con la incertidumbre encerrada en aquel edificio de 23 pisos. Los mensajes de texto tardaban cada vez más en llegar. No había transporte para salir del primer cuadro de la ciudad. Todo era un caos y aún estaba a más de una hora de distancia de casa.

 

–Creo que todos estábamos en shock. Un compañero me dijo que se iba a ir caminando hasta la escuela de su hijo para ir a recogerlo porque no había otra forma de llegar. Entonces hice lo mismo. Caminé desde Avenida Juárez hacía Reforma para tratar de encontrar un camión y, cuando llegamos, la fila era interminable. No había servicio de Metrobús y de ningún modo quería usar el Metro. Salieron todavía como cuatro camiones. De repente, toda la avenida Reforma ya estaba cerrada y no pasaban camiones de ningún lado. Entonces decidimos caminar más.

 

Obdulia y otras dos personas que trabajan en el mismo edificio tomaron rumbo hacía la Villa. Llegaron hasta Garibaldi y a partir de ahí las personas comenzaron a pedir “aventón”. Un Chevy se paró a unos pasos delante de ellas.

 

–Yo me pude haber ido sobre la México-Tacuba, porque me quedaba más cerca de casa, pero no me quería ir sola. Corrimos hacia el coche, creo que era gris. Nos preguntó que a dónde íbamos. Le contestamos que a donde pudiera acercarnos estaba bien. Nos respondió que iba hacia la Avenida Montevideo y ya se habían subido otras tres personas. Como pudimos nos subimos nosotras. Me tocó adelante con otra muchacha que no conocía. 

 

Mientras Obdulia y todos los demás iban a bordo del pequeño automóvil, veían cómo la solidaridad, a 32 años de distancia, una vez más se hacía presente en la Ciudad de México, pues ya había personas regalando agua y comida en las calles. Otros ayudaban transportando a más en sus coches para poder llegar a ver a sus seres queridos.

 

–El señor que nos dio aventón nos dijo que había vuelto a nacer, que su esposa tenía ocho meses de embarazo y tenía contracciones. Nos dijo que había alcanzado a salir del edificio en donde trabajaba con dos de sus computadoras y que estaba desesperado por llegar a su casa. Después de eso todos nos quedamos en silencio.

 

***

Julio tardó casi cinco horas para llegar a casa. Vio a su mamá y hermana fuera del edificio en donde vive. No había luz y el sol poco a poco se iba ocultando. Un par de abrazos y las sonrisas en el rostro ayudaron a lidiar con lo que había estado escuchando en la radio. Los seres queridos de Julio estaban bien.

 

En la Ciudad de México las víctimas mortales del pasado 19 de septiembre del presente año ascendieron a 228, en el estado de Morelos 74, en Puebla 45, en el Estado de México 15, en Guerrero 6 y en Oaxaca 1, que se suman a las 102 personas que perdieron la vida en el sismo 12 días antes que azotó también en el estado de Oaxaca, Chiapas y Tabasco. 

 

***

Obdulia regresó a su lugar de trabajo cuatro días después. Muchas de sus compañeras y compañeros no han regresado. El dictamen dice que el edificio se encuentra en condiciones óptimas para trabajar, pero el ambiente en su oficina no es del todo alentador.

 

–Ya regresé a trabajar. La verdad yo no quería, no me siento segura después de lo que pasó y no tenía claro lo que había vivido hasta que lo platiqué contigo. Tengo mucho miedo.

 

Personal del Despacho Legorreta + Legorreta acudieron a dar una explicación de las condiciones en las que se encuentra el edificio donde trabaja Obdulia como medida para disminuir la incertidumbre de quienes laboran ahí.

 

-También vinieron de CENAPRED (Centro Nacional de Prevención de Desastres) para darnos una plática y explicarnos las etapas de la contingencia que estamos viviendo. También abogaron por normalizar lo que estamos sintiendo. El miedo, la incertidumbre  y la culpa después del sismo.

 

Obdulia no deja de ver las lámparas o los objetos que pueden advertirle sobre un nuevo movimiento en la tierra. Ha decidido dejar de ver los videos que circulan internet y redes sociales. Se siente culpable porque a ella no le pasó nada y porque sus familiares están bien y hay muchas personas menos afortunadas.

 

A pesar de que puso la vida de sus colaboradoras antes que la de ella durante el sismo, y haber donado para los damnificados, siente que en realidad no ha hecho nada.

 

–Es normal sentirse así, al menos eso nos dijeron en la plática del CENAPRED. Es normal y dicen que en máximo dos o tres meses ya podremos sentirnos mejor.

 

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