#1D18, el día en que se abrieron las grandes alamedas

 

Por Rivelino Rueda

Fotos: Mónica Loya Ramírez y Alejandro Herrera Ortiz

Mucho había de profético en aquella frase pronunciada el 11 de septiembre de 1973 por Salvador Allende, a unos minutos de su muerte.

Y sí, en el nuevo tiempo mexicano que se inauguró este 1 de diciembre, en el país de los cercos militares en las tomas de protesta de los presidentes en turno, “se abrieron las grandes alamedas” a las que se refería el presidente chileno.

Hacia allá, hacia el poniente de la Ciudad de México, desde las nueve de la mañana se abre una de esas “grandes alamedas”, la Residencia Oficial de Los Pinos, vedadas para el pueblo, herméticas para quienes dotan de poder a los poderosos, según dicen.

Más para acá, para el Centro Histórico, otra de las “grandes alamedas” quedan despejadas de retenes, de arcos detectores de metales, de soldados revisando a niños y mujeres, de tanquetas blindadas, de muchachitos nerviosos de casquete corto vestidos de civil, de gases lacrimógenos, de murallas de acrílico filoso y letal, de parafernalia de nuevo rico, de tolete ensangrentado, de fusil amenazante.

La historia se coló a la Plaza de la Constitución este sábado 1 de diciembre, y se coló con fuerza por los cuatro puntos cardinales, por Avenida 20 de Noviembre, por Francisco I. Madero, por 16 de Septiembre, por Donceles y Tacuba, por la calle de la Moneda, pero también cayó desde arriba, desde ese techo turquesa y ese aire nostálgico y pétreo de los otoños moribundos en la Ciudad de México.

Corre la historia en fuertes ráfagas, en nítidos recuerdos de medio siglo de picar piedras, de rayar los días en una celda, de contar las horas para la nueva orden de preparar las bayonetas, de levantar puños y sudar lágrimas, de frustraciones y burlas, de tenues sonrisas y de endémicas esperanzas, de lluvias, de soles, de afrentas, de noches estrelladas ondeando banderas, de himnos y consignas. La historia se aferra al no olvido, a la perpetua memoria.

“¡Llegamos!”, se repite aquí y allá, frente a Catedral o debajo de los arcos del antiguo Palacio del Ayuntamiento.

Y ese “¡llegamos!” se transmite de boca en boca, y luego se fija la vista en la monumental bandera que ondea imponente en medio de la bóveda celeste. La historia corre deprisa este 1 de diciembre; con un presidente que se arrodilla ante un indígena en llanto; con un presidente que pide ayuda para gobernar obedeciendo; con un pueblo parado en donde antes había una valla, una tanqueta, una camioneta blindada, una bayoneta… con un pueblo que recuerda que “más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas”.

***

Hace apenas seis años, esta esquina por donde hoy pasa una marea de gente, en Eje Central Lázaro Cárdenas y Francisco I. Madero, era un campo de batalla.

Los enfrentamientos entre fuerzas de seguridad y grupos inconformes con la llegada del priista Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República habían comenzado desde muy temprano en las inmediaciones de la Cámara de Diputados, luego se extendieron hacia el Centro Histórico y la avalancha de violencia caminó sangrienta e implacable a lo largo de Avenida Juárez y Paseo de la Reforma.

Allá los bunkers y acá la rabia acumulada durante seis años de muerte, de un país en ruinas por la violencia desatada tras la declaración de guerra al crimen organizado de un presidente, Felipe Calderón Hinojosa, que llegó al poder con la mancha de un fraude electoral cínico y descarado, con una legitimidad pendida de alfileres, con sed de venganza hacia los detractores.

En este nuevo primero de diciembre de cada seis años en México, las cosas son distintas, al menos en los protocolos, en el ambiente, en la actitud de las mareas de mujeres y hombres que van y vienen por este corredor con harta historia, con hartos recuerdos, con hartas nostalgias.

Y es que hoy aquí, en este punto del primer cuadro de la Ciudad de México, la ciudadanía observa, entre alegre y sorprendida, como tanteando las cosas, que los símbolos herméticos del pasado se van trasformando.

Mucho dice este corredor abierto al público, cuando antes había una valla. Mucho dice esa calle transitable, cuando antes había un cerco. Mucho dice la actividad cotidiana, cuando antes esto era una zona con un virtual toque de queda.

***

Es cierto lo que comentan dos señoras a la altura de la monumental asta bandera. Desde el día del desafuero de Andrés Manuel López Obrador, el 8 de abril de 2005 –aquella ocasión donde remató su discurso con un “¡los quiero desaforadamente!”– no se había colocado de nuevo un templete, en un acto del tabasqueño, frente a la Catedral Metropolitana.

Ahí se desarrolla el ritual de la entrega del bastón de mando de 68 pueblos indígenas y afromexicanos. No faltan las lágrimas de quienes recuerdan (siempre el recuerdo) las tristes y frustrantes jornadas tras los comicios presidenciales de 2006; el “plantón” de mes y medio en el corredor Zócalo-Alameda-Paseo de la Reforma; la gélida y melancólica toma de protesta como “presidente legítimo”, a unos pasos de ahí, el 20 de noviembre de ese año.

Tampoco falta el que rememora –en medio de la consigna que ha marcado el devenir político de México en los últimos 13 años, ese que reza “¡Es un honor, estar con Obrador!”– que los dos cierres de campaña de AMLO, el de 2006 y el de 2012, se desarrollaron allá –señala un señor hacia el oriente–, frente a Palacio Nacional.

Los últimos estertores del sol decembrino impactan, diáfanos, las cúpulas de iglesias, conventos, casonas y museos en el Centro Histórico.

Y de pronto las estrofas que han marcado las luchas de América Latina en las últimas décadas se levantan imponentes, nítidas, poderosas, desde el centro del ombligo de la luna hacia el cosmos, y todos los que se dan cita este sábado a la hora histórica, corean:

De pie, cantar

Que vamos a triunfar

Avanzan ya

Banderas de unidad

Y tú vendrás

Marchando junto a mí

Y así verás

Tu canto y tu bandera florecer

La luz

De un rojo amanecer

Anuncia ya

La vida que vendrá

De pie, luchar

El pueblo va a triunfar

Será mejor

La vida que vendrá

A conquistar

Nuestra felicidad

Y en un clamor

Mil voces de combate se alzarán

Dirán

Canción de libertad

Con decisión

La patria vencerá

Y ahora el pueblo

Que se alza en la lucha

Con voz de gigante

Gritando: ¡adelante!

¡El pueblo unido, jamás será vencido!

¡El pueblo unido, jamás será vencido!

A las 20:00 horas, bajo el penacho de estrellas que se posan impávidas sobre el primer cuadro de la capital del país, AMLO culmina su discurso y en la Plaza de la Constitución no cesan los recuerdos.

***

A muchos pequeñines, acompañados de sus padres y hermanos, les tocó madrugar. No era para menos, quieren estar en la primera fila de la historia. Los accesos a las estaciones del Metro Hidalgo, Pino Suárez, Allende y Bellas Artes muestran el fervor en el día cero de Andrés Manuel López Obrador.

Todos avanzan por los corredores que llevan al Zócalo capitalino. Conocen bien el camino, se lo saben de memoria. Hoy celebran un sueño negado por dos décadas. Algunos tratan de esconder algunas lágrimas de felicidad, otros guardan el sollozo, unos más explotan en esos minutos el llanto contenido.

Hoy el #AMLOFest, la fiesta, el saberse parte de la historia, ayer el oprobio, la descalificación, el cobarde ataque, la calumnia, la mentira, la soledad, el racismo. Es el fin de un largo camino, en donde en muchas ocasiones se estuvo al borde de la claudicación.

Ayer el acompañamiento en las movilizaciones del desafuero, en las protestas contra el supuesto fraude electoral de 2006, la toma de protesta como “presidente legítimo”, la renuncia al PRD y la conformación de Morena… el festejo del pasado 1 de julio.

Hoy también aparecen los colores guinda y blanco con toda su fuerza, con todos sus asegunes, con esa delgada línea entre lo partidista y el ser gobierno. Y es que esas tonalidades son las mismas de aquella toma de protesta como “presidente legítimo”, las mismas que se consolidaron en la constitución de Morena, aquel 2 de octubre de 2011 en el Auditorio Nacional; esas que hoy son la insignia de la nueva administración.

Allá en el templete la actriz y primera senadora lesbiana en la historia de México, Jesusa Rodríguez, habla de “abolir el patriarcado”. Frente a ella, colgando en enormes pendones de las fachadas de los edificios del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, los héroes patrios hombres, los machos de siempre, que determinó AMLO fueran el símbolo de su gobierno (Miguel Hidalgo, José María Morelos, Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas).

Pero parece que a alguien se le ocurrió la “cuota de género” de último minuto y Sor Juana Inés de la Cruz, nuestra Juana de Asbaje, nuestra rebelde y perpetua poetisa, nuestra  Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, acompaña, hasta la izquierda de la formación, a los machines héroes patrios.

Las paredes de Palacio Nacional y los campanarios de la Catedral Metropolitana pintan su cantera de un rosa inmenso, casi violeta.

Los últimos estertores de esta jornada otoñal provocan esa metamorfosis en lo material y en lo inmaterial de este sitio, en donde los 68 pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas siembran hacia los cuatro puntos cardinales, hacia el centro de la tierra y hacia el cielo turquesa, unas palabras certeras en esta nueva etapa de la vida pública: “Todos nos necesitamos a todos”.

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Cuarentaicinco años después de aquel mensaje apocalíptico de Salvador Allende por Radio Magallanes; a 6 mil 606 kilómetros de distancia de donde pronunció esas palabras; con fusil en mano, con el trepidar de las bombas que caían sobre el Palacio de La Moneda; con un casco militar sólo detenido por sus gruesos anteojos; a unos minutos de su muerte por el golpe de estado fascista, en México se abrieron por fin las grandes alamedas a las que se refería el chileno.

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