A 50 años del asesinato de Ernesto Guevara

Por Alan Fernández

Ernesto Guevara, el Che, a 50 años de su asesinato en Bolivia a manos de la CIA y el ejército local, está consolidado como una figura simbólica, mítica, para las izquierdas en todo el mundo.

Así lo demuestran los múltiples actos conmemorativos de su aniversario luctuoso realizados en diferentes geografías del globo terráqueo por partidos y organizaciones sociales, que cargan su imagen y obra como un elemento, tanto de identificación política e ideológica, como de inspiración que refuerza las convicciones revolucionarias para no cesar en la labor histórica de  construir un orden social superior, más justo, próspero, sin explotación y opresión, para no perder el horizonte.

Y es que precisamente son tiempos en que no basta con lamentar la muerte heroica del comandante de la columna 8 en la Revolución Cubana, porque ante la realidad que vivimos, se presenta como una obligación que en el seno de cada organización, partido, o movimiento que reivindica su obra, se nutran con su ejemplo para continuar pavimentando el camino que él forjó, el de la lucha de todos los pueblos para su liberación.

En reiteradas ocasiones el Che dejó en claro que su patria se circunscribía a toda la América Latina. Sus viajes juveniles le mostraron la profunda cara de desigualdad, pobreza y marginación que se vivían en los años cincuenta del siglo pasado en los diferentes países que conforman la región.

En Guatemala presencia la brutalidad del imperialismo que responde con un golpe de Estado a las reformas y expropiaciones efectuadas contra empresas estadounidenses por el gobierno progresista de Jacobo Arbenz.

Será en México dónde, inspirado por la determinación de Fidel Castro y los exiliados cubanos, emprenda ese viaje sin regreso en dónde dejará de ser aquel aventurero argentino para convertirse en la figura el Che, la del eterno rebelde, que tenía como una de sus frases favoritas a la de José Martí, que decía: “La mejor forma de decir es hacer”.

Estas palabras del libertador cubano las buscaba repetir Guevara de la Serna a cada oportunidad en las asambleas con los trabajadores y el pueblo cubano para motivarlos a inyectar todos sus esfuerzos en la consolidación de la revolución, cuando ostentaba la dirección del Ministerio Industria, el que Jean Paul Sartre, después de conocerlo en los primeros años de la revolución cubana, lo considerara como el “hombre más completo de nuestro tiempo” (sic), el comandante revolucionario, el héroe, el nuestro.

En los últimos años, en América Latina se ha venido viviendo una ola emancipatoria que, después del fracaso histórico que representó la implosión del bloque soviético, le regresó la esperanza al mundo de que es posible construir una realidad distinta, de levantar gobiernos populares que se desmarquen del imperialismo estadounidense, y que refrenden la necesidad de construir un proceso de integración latinoamericana que ponga fin a la larga época de subordinación y dependencia a la que hemos sido sometidos por el sistema-mundo capitalista.

Y para concretar esa obra histórica necesitamos del ejemplo y la inspiración de nuestros próceres latinoamericanos en dónde, sin duda alguna, se encuentra el Che, uno de los grandes, “quizá el más grande de los nuestros”, en palabras de Paco Ignacio Taibo II, quien ha realizado una de las más completas biografías de Ernesto Guevara, y que concluye con estas líneas:

“(…) En era de naufragios es nuestro Santo Laico, Más de 40 años después de su muerte, su imagen cruza las generaciones, su mito pasa correteando en medio de los delirios de grandeza del neoliberalismo. Irreverente, burlón, terco, moralmente terco, inolvidable”.

Los tiempos presentes son de incertidumbre, de disputa, donde se desnuda a la política y al poder y en dónde se resquebraja el proyecto histórico de la globalización neoliberal y se crean condiciones para la incursión de la excepcionalidad revolucionaria.

Por eso la relevancia de reivindicar al Che, desde la práctica incesante, con la lealtad a los principios, con entrega abnegada a la causa revolucionaria. Su mito está vivo, flamea. Y es que, como dice el inicio de aquella bella canción de Ali Primera, “Quienes mueren por la vida no pueden llamarse muertos”.

Hasta la victoria siempre, Comandante.

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