Alejandro Avilés, el don del viento y la palabra

Por Fred Álvarez Palafox 


* Tomada del libro: “Un grito contra nadie. Aproximaciones a la obra de Alejandro Avilés”/ Fred Álvarez y Leopoldo González, coordinadores; publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura, primera edición 2016. 

«…Todos los sinaloenses nacimos a la orilla de un río 
(…) toda la vida estaba en las márgenes de los ríos y el agua,
el río mismo, se identificaba en nuestro subconsciente con la vida…»..»
AAI. 

Supe de Alejandro Avilés Inzunza (1915-2005) por mi amigo chiapaneco Francisco Gómez Maza, una tarde de principios de la primera década del Siglo XXI, cuando fui a visitarlo a su casa de la colonia Portales de la Ciudad de México. Charlamos largo, sobre todo de poesía y de periodismo. En ese entonces, tenía interés de que me comentara su relación de amistad con su paisano y amigo de juventud, el poeta Jaime Sabines, el sobrino de La Tía Chofi. Y por algún motivo —poético, quizá— brincamos de Sabines al poeta de La Brecha, Sinaloa, Alejandro Avilés Inzunza.

Me sorprendió Paco todo lo que sabía de mi paisano, me dijo que lo conoció en 1966 cuando acudió a la escuela Carlos Septién a estudiar periodismo, y el de La Brecha lo recibió como si lo conociera de toda la vida, quizá porque ambos hablaban el mismo lenguaje.

Dice Paco que a los pocos días de haberse iniciado el ciclo escolar el profe lo llamó para invitarlo a una conferencia en el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), oficina que entonces dependía de Conferencia del Episcopado Mexicano.

Y de inmediato encontró su primer trabajo en esa oficina que dirigía —y dirigió por muchos años— José Álvarez Icaza Manero.

Sin proponérselo el profe lo llevó a conocer a Paco a la que años después sería la madre de sus hijos: «Ahí aprendí lo que no aprendí en la escuela. Haciendo trío con Juan Bolívar y otro condiscípulo de nombre Mario Cedeño, comencé a practicar la entrevista. Y luego el reportaje. Siempre bajo la mirada, la corrección, la sugerencia de Juan Bolívar y, sobre todo, del profe Avilés. Así me hice periodista», confiesa.

Alejandro Avilés Inzunsa fue un sinaloense universal, hijo de Manuel Avilés y María del Rosario Inzunza. Nació el 31 de diciembre de 1915, en La Brecha, municipio de Guasave, en los márgenes del rio Sinaloa, «…Todos los sinaloenses nacimos a la orilla de un río (…) / toda la vida estaba en las márgenes de los ríos / y el agua, el río mismo, se identificaba en nuestro / subconsciente con la vida…», decía, y tenía razón.

En ese lugar del México rural cursó hasta cuarto año de primaria, el más alto grado escolar entonces, el maestro Cástulo Espinoza le enseñó las primeras letras. Después por decisión del gobernador —así era en aquellos tiempos— se hizo maestro; tenía 14 años y ya le decían «Alejandrón», por su enorme estatura y grandes manos.

De joven además de dar clases en la escuela moderna para adultos, participó activamente en el censo de 1930 y fundó un Club Deportivo Cultural.

A esa edad leía los clásicos gracias a los libros que publicó en esos tiempos el oaxaqueño José Vasconcelos, y fue en ese tiempo cuando hizo su primer poema de amor y publicó formalmente su primer artículo, dedicado a los precursores de la Independencia en El Rayo de Guamúchil y su primer poema, «Oda a Sandino».

Como dice el poeta chileno Pablo Neruda, en ese tiempo llegó la poesía a buscarlo:
«Y fue a esa edad…
Llegó la poesía a buscarme. No sé, no sé de dónde
salió, de invierno o río.
No sé cómo ni cuándo,
no, no eran voces, no eran
palabras, ni silencio,
pero desde una calle me llamaba..»

—Su poesía nunca me recuerda a nadie, ¿dónde cifra su originalidad? ¿Cuáles han sido sus aguas nacientes?—, le inquiere el reportero de la revista Proceso años después.

Y responde que esa locura —la de hacer poesía— comenzó en su adolescencia, «hacia los catorce años, como suele comenzar con los hombres muy jóvenes, con el conocimiento de una muchacha que lo traía a uno de cabeza y uno quiere decirle las cosas y entonces, como el amor requiere de algo semejante a la oración (…) empieza a hablar y de pronto, se encuentra con que esas expresiones están cargadas de significaciones extrañas, de un ritmo también misterioso que no se sabe por qué nació, pero como que hay un vuelo, una forma de convocar las palabras, una fuerza, una especie de imantación del lenguaje que hace que las palabras se agrupen de determinada manera para expresar el amor, para expresar la admiración, la belleza de un paisaje, de algo que estéticamente nos sacude, nos conmueve y desde entonces, desde esa adolescencia sentí necesidad de expresar esos estados de alma, así nació..»

De los 17 a los 20 años trabajó con su padre en su empresa empacadora de conservas alimenticias. Después se fue a Los Mochis a trabajar como profesor, al recién creado Centro Escolar del Noroeste, y durante cinco años fue secretario de la institución educativa. El Centro había nacido el 12 de Octubre de 1934, y su primer director fue el profesor Conrado Espinosa, quien a su vez invitó al joven poeta, junto con otros maestros como Manuel Moreno Rivas, Bertha Colunga y Adrián García Cortez.

Pero el brecheño tenía que vivir de algo más que las clases y decide estudiar por correspondencia la carrera de contador privado en la Escuela Bancaria y Comercial de la Ciudad de México. Era 1937, y Avilés tenía 21 años. En ese tiempo también trabajó de comentarista en la radio local con sus compañeros de la escuela.

El Debate

Tres años después, en 1940 Avilés y García alentaron al profe Manuel Moreno Rivas a crear el periódico para Los Mochis, que se denominó El Debate, uno de los mejores periódicos del Noroeste. El profe Moreno lo dirigió muchos años, y en los años setenta decide venderlo. El trabajo de Avilés en el rotativo fue efímero, ya que en 1941 decide emigrar a la Ciudad de México para trabajar como administrador de la Compañía Industrial San José; obviamente esa no su vocación y empezó a incursionar como redactor de la revista del Partido Acción Nacional (PAN): La Nación. Años después fue su director (1948 a 1963).

Su vínculo con Gabriel Méndez Plancarte

Debemos decir que desde Los Mochis el joven poeta decide escribir una carta al sacerdote michoacano Gabriel Méndez Plancarte (1905-1949), director la revista Abside, obteniendo una respuesta inmediata, dando inicio a «una amistad por correspondencia». De hecho el profe se convirtió en colaborador de la revista donde escribió algunos poemas. Quizá la revista y el sacerdote michoacano lo hayan inducido a leer a los poetas españoles como San Juan de la Cruz, a los hermanos Manuel y Antonio Machado, y a todos los poetas españoles de la generación del 27, como Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Debemos decir, que en ese momento Avilés era un activo del PAN, además de que muchos de sus amigos eran los fundadores de ese instituto político.

Su encuentro con el grupo de los ocho

Don Alejandro llega a México a la edad de 25 años y lo primero que hizo fue buscar a los hermanos Méndez Plancarte —Alfonso y Gabriel— que lo recibieron como si se conocieran de toda la vida, como viejos amigos: recordemos que él ya escribía poemas en la revista de inspiración cristiana y confesional.

En aquel tiempo los Méndez Plancarte y Alfonso Junco (1896-1974), Octaviano Valdés (1901-1991) y Emma Godoy (1918-1989), entre otros, se reunían «en torno al mate». Recuerda Avilés que fue el padre Alfonso Méndez quien sugirió que organizaran otra tertulia, que se reunieran «en torno al café».

Así lo hicieron cada sábado en la casa de alguno de ellos. «Muchachos, formen un grupo, sean amigos Creo que la poesía de América está en manos de ustedes, les dijo el sacerdote según cuenta Cabral del Hoyo.

Debemos reconocer que fue el fue una de las almas de ese grupo que los pudo unir por una doble devoción: el amor a la poesía y el milagro de la amistad.

Nunca le fallamos a la amistad y a la poesía le hicimos la lucha —explicó Avilés, años después en una entrevista.

El grupo tenía de invitados a Elías Nandino, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Salvador Novo, Octavio Paz y un largo etcétera. A todos ellos los entrevistó el periodista Alejandro Avilés para el periódico El Universal, en una sección semanal titulada Poetas Mayores. Durante 36 semanas Avilés publicó el mismo número de entrevistas tan importantes y enriquecedoras. En este libro, gracias a la generosidad de Rosario Avilés, se reproducen todas las entrevistas de los ocho y otros más, como una de Octavio Paz, Luis Cernuda, José Gorostiza, Sabines y otros.

¿Quiénes eran los ocho?

Además de Alejandro Avilés (1915), estaba Roberto Cabral del Hoyo (1913), Efrén Hernández (1904), Rosario Castellanos (1924), Javier Peñalosa (1921), Honorato Ignacio Magaloni (1898), Octavio Novaro (1910), y Dolores Castro (1923).

Cuenta Dolores Castro —quién se matrimonió con Javier Peña-Loza y tuvieron 7 hijos— que una noche conoció al de La Brecha en la casa de Rosario Castellanos en Tacubaya, Distrito Federal, donde normalmente se reunían desde que se ocultaba el sol hasta muy entrada la madrugada. Cenaban tomaban café y bromeaban, y sobre todo leían y comentaban poesía, principalmente la de los grandes clásicos de la lengua española y la propia, eran felices leyendo y creando poemas.

Ese lugar tenía una sala adornada sobriamente, de muros verdes y muebles claros, sobre los que se destaca un hermoso piano negro.

Dolores única sobreviviente del grupo —tiene 93 años— dice que se reunían cada ocho días y que los encuentros se realizaron regularmente durante cuatro años: 1952 a 1956. Después fue más espaciado cada 15 días, luego cada mes, cada casi medio año, hasta que los poetas se fueron muriendo.

El grupo de los ocho conoció —gracias al profe— al Padre Alfonso Méndez Plancarte quién «escuchó la lectura de nuestros poemas y nos invitó a escribir en la revista Ábside, una antología que tituló Ocho poetas mexicanos y editó más tarde como libro», dice Dolores Castro.

En efecto, la reunión mayor entre ellos fue la creación del libro: Ocho poetas mexicanos, antología editada por Méndez Plancarte, con un epígrafe de Dolores Castro: Cada uno su lengua, todos en una llama, el par de versos que culminan su poema «Herida», incluido en Cantares de vela.

En aquel tiempo el grupo fue criticado por sus amigos de la izquierda por ser católicos.

La verdad es que no fue así. Lo que pasó fue que en 1955 el padre Méndez lo único que hizo fue publicar «Los Ocho poetas mexicanos», bajo el sello de editorial Jus, y con el Signo de «Ábside», revista de inspiración cristiana y confesional: por ese solo hecho se les consideró poetas «católicos».

Efraín Huerta, sin pensarlo, decía: «Esos son mochos, publicaron en Ábside, son curas, curas destripados, beatos».

Pero la mayoría de ellos eran laicos, algunos eran gente de izquierda como Octavio Novaro y Honorato Ignacio Magaloni. En cambio Dolores Castro, Javier Peñalosa, Rosario Castellanos y Alejandro Avilés si tenía influencia cristiana, eran lectores de las sagradas escrituras, pero no eran militantes católicos como muchos creían. En Avilés si había una auténtica necesidad religiosa.

De hecho la antología poética «Poesía en Movimiento» de Editorial Siglo XXI, coordinada por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, no metieron al grupo de los Ocho quizá por ser «católicos». Sólo incluyeron a Rosario Castellanos.

Lamentable.

La llegada a México y el trabajar con el oficio de periodista llevo al profe Avilés a conocer a muchos poetas de la época tanto mexicanos como extranjeros; de hecho recibió la influencia de muchos de ellos, principalmente de su amigo José Gorostiza, «el mayor poeta mexicano», a quien entrevistó el 19 de julio de 1953, y sin duda le recomendó leer a muchos poetas no solo españoles, sino a los modernos como el checo Rainer Maria Rilke, al norteamericano Tomas Stearns Eliot, y al francés Paul Valery.

— ¿Algo acerca de la poesía contemporánea?—, lo inquiere Avilés.

— Yo soy una persona que vive aislada con sus autores permanentes. Yo vivo fuera del tiempo. Leo, aparte de mis clásicos españoles, a poetas modernos como Valéry, Eliot, Rilke y pocos más. En cuestión de poesía no leo las noticias; por eso le digo que vivo fuera del tiempo.

— ¿Alguna predilección entre sus clásicos?

— Predilecciones tengo varias. Pero depende del momento. Ahora pudiera mencionarle alguna, pero a lo mejor mañana estoy con otra. Leo con asiduidad a Calderón, a Lope, a Quevedo, a Sor Juana. Siempre en ellos encuentra uno cosas nuevas.

Como poeta, su primera obra, Madura soledad, data de 1948, once años después en 1959, dedicó a su mujer su segundo poemario, El Libro de Eva, a quien dijo: «entre las manos llevas el don de dar hecho de nuevo». Tuvieron que pasar 16 años para que volviera a publicar de nuevo, y su tercer obra fueron Los Claros días, en 1975; Don del viento en 1979, libro de poemas con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía del IV Centenario de Saltillo, en 1979, y La Vida de los seres, en 1980.

Años después, en 1994, el Club Primera Plana publicó su Obra Poética, y en el año 2000 el ISSSTE publicó En torno a claros días, dentro de la colección «Ya Leissste», que se ha vuelto un clásico.

En 2002, sale a la luz y para los amigos La vida de los seres y otros poemas una hermosa edición hecha por su hija María Eva, con fotografías de la familia e ilustrada por Gonzalo Tassier. Hay textos de Miguel Ángel Granados Chapa, Dolores Castro y Raúl Navarrete, la obra está auspiciada por El Colegio de Sinaloa, Adriano Producciones y Contacto en Medios.

Confesó el profe Avilés una vez que el poeta que más lo sacudió fue Dante Alighieri, «creo que es el poeta total». Se confesó ser un devoto de Saint-John Perse, «y lo fui mucho antes de saber que él lo era de Dante; pero hay alguna afinidad, algo que nos conduce a un viento, a un mar, a un mundo comunes.»

También recibió la influencia de Marcel Proust, autor de la novela «En busca del tiempo perdido», del mexicano Efrén Hernández (1904-1958), y sin duda de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y Francisco Quevedo.

Dijo una vez que de los mexicanos contemporáneos, al que consideró el más grande de todos fue a José Gorostiza.

«Puedo mencionar a Efrén Hernández —lo menciono siempre porque es un gran poeta casi desconocido y debe ser dado a conocer—, creo que los poetas mexicanos y los jóvenes y toda la gente de México, ganarían mucho con leerlo.

Dijo el profe que encontró a Hernández en una «de esas noches del espíritu, cuando todo semeja en torno cerrazón de nubes sombrías y secas; cuando, cegado el manantial de la dicha subyacente, cielo y tierra parecen ceniciento rescoldo; una de esas noches que nos llegan, tal vez, muy pocas veces en la vida. Fue entonces cuando llegó a nuestras manos la obra maestra de Efrén Hernández, Entre apagados muros. Y paulatinamente, bajo su clara lluvia, la resequedad interior se fue tornando en húmeda esperanza.»

Efrén Hernández «uno de los más altos valores de la poesía mexicana». Y por eso va a su casa de Tacubaya una noche de 1952 a entrevistarlo.

También el profe y el Grupo de los Ocho tuvieron una gran influencia del poeta y sacerdote queretano, quien fuera canónigo de la catedral de Morelia, Francisco Alday (1908- 1964). Alday le recomendó leer a San Juan de la Cruz, Santa Teresa, al Arcipreste de Hita, a Rubén Darío y a escuchar la música de Bach, Beethoven, Vivaldi y, sobre todo, de Schubert. Por esa gratitud que le tuvo el profe rescata su obra poética y la publica en la editorial Jus en 1993. Esos poemas habían sido publicados en Ábside.

También reconoce el profe la influencia que recibió de Rosario Castellanos y de su amiga y hermana Dolores Castro.

Cuando entrevista a Rosario Castellanos le pregunta acerca de la misión de la poesía, y Rosario le responde con seguridad: «He oído decir que la poesía es algo que se hace en los ratos de ocio. Otros creen que la poesía es el dedo con que Dios los ha señalado. Yo no creo ni una cosa ni la otra. Yo vivo la poesía como un oficio, con todo el entusiasmo y toda la constancia que exige un oficio libremente elegido. La importancia que tiene la poesía en sí misma es la de rescatar, del naufragio que es el tiempo y el olvido y la muerte, a las cosas, y dotarlas de una suerte de eternidad.»

De la poesía mexicana de nuestros días, ¿qué pudiera decirnos? —le pregunta el entrevistador a Castellanos.

— Enrique González Martínez fue de mis primeras influencias, por su lección de claridad y de equilibrio. Carlos Pellicer, por su gozo vital, por su alegría de los sentidos. (Xavier) Villaurrutia, por su inteligencia tan rigurosa. Salvador Novo, por su ironía y ternura. Octavio Paz, muy inteligente y lúcido, con una gran imaginación; es además un magnífico prosista. Y, para cerrar esta etapa, José Gorostiza, sobre todo en su «Muerte sin fin».

Dolores Castro le confiesa a don Alejandro que para ella la poesía «es esencialmente comunicación; pero no sólo de persona a persona, sino comunicación del poeta con todo. Mas para mí esa comunicación es un problema gravísimo, y creo que hasta los animales participan de ella. Hay ocasiones en que la expresión en los animales no obedece a una necesidad, sino que es gratuita y resulta como un coronamiento de todo lo que a su alrededor sucede. He visto a los caballos correr por mitad del campo mientras sopla el viento, y relinchar en el colmo de una alegría vital. He visto a los pájaros que, cuando están solos, cantan. Y creo que cuando escribo me sucede algo semejante a lo que les pasa a los animales.»

En suma el profe no solo leyó a muchos grandes poeta sino que tuvo la fortuna de entrevistarlos, y eso casi nadie lo ha hecho, salvo él.

Su contacto en Michoacán lo arraigó en esa tierra

En 1941, Avilés se mete de lleno al PAN, prácticamente es pionero de ese instituto político y entabla amistad con Alejandro Ruiz Villaloz, el sacerdote Francisco Alday, Miguel Estrada Iturbide, Luis Calderón Vega, Miguel Bernal Jiménez, Gonzalo Chapela, Alfonso Rubio, entre otros.

Gracias a su vínculo con ese grupo de hombres es que conoce a la moreliana Eva Sánchez Martínez, con quien se casa en 1948. Eva le cambio la vida al profe y por ella se hizo michoacano. Procrearon siete hijos. Cuatro mujeres y tres hombres: Alejandro, María Guadalupe, María Isabel, Francisco, María Eva, Manuel y María del Rosario.

La Carlos Septién

Un año después, en 1949, fue uno de los cuatro maestros fundadores de la Escuela de Periodismo de la Acción Católica Mexicana «Carlos Septién García». En 1953 muere en un accidente aéreo Carlos y Avilés asume la dirección de la Escuela.

Años después —1966 determina independizarse de la Acción Católica. A partir de ese momento la escuela se transforma en una institución plural donde existe libertad de cátedra, además de que impulsa objetivos académicos en la que se respetan todas las tendencias políticas, ideológicas y religiosas.

Don Alejandro fue miembro fundador también del Consejo Nacional para la Enseñanza e Investigación en Ciencias de la Comunicación; presidente de la Unión Católica Latinoamericana de Prensa. Fundó en la XELA el primer noticiero de radio cultural en México; participó en Noticinco de televisión, fue fundador del programa semanario Poetas de México en Canal 11 de TV-IPN; realizó con la UNAM el álbum Poesía religiosa de México; fundó las revistas Acento, Mensual de Cultura, Cuadernos de Comunicación Social.

También colaboró en el semanario Mundo Mejor, en la revista Trento, Trívium y en el semanario Comunidad Cristiana. Participó en la página editorial de Excélsior y en la revista Proceso, fue colaborador del Diario de México, El Universal, Diario de Yucatán, El Porvenir de Monterrey, El Día, El Imparcial de Hermosillo, La Voz de Michoacán, El Día, Guía de Zamora, entre otros.

Simultáneamente, fue director fundador del área de prensa del Cencos —que dirigió siempre José Álvarez Icaza, líder del Movimiento Familiar Cristiano. Muchos de sus alumnos se formaron ahí.

Fundó la asociación musical Miguel Bernal Jiménez, su amigo a quien conoció en Michoacán en 1941.

Recibió premios y reconocimientos en Michoacán, Saltillo, Zacatecas, Sinaloa, y en el extranjero en Argentina y Venezuela, entre otros.

También recibió los premios «Pío XII»; el Premio Latinoamericano de Prensa (el cual obtuvo en dos ocasiones); en 1977, el Premio Nacional de Poesía de Saltillo, Coahuila, por Don del viento; y, en 1980, el Premio Nacional de Letras «Ramón López Velarde», por La vida de los seres. En 2000 recibió el Premio Nacional de Periodismo por su destacada trayectoria en este ámbito.

Alejandro Avilés murió en 2005 en Morelia, Michoacán, sus cenizas están en una capilla moreliana al lado de Eva, su compañera de vida.

Cuando murió algunos de sus amigos y alumnos escribieron textos para recordarlo; Hugo Gutiérrez Vega, escribió en La Jornada Semanal, el domingo 4 de diciembre de 2005: «Alguna vez acompañé a Alejandro Avilés en uno de sus rituales viajes a La Brecha, Sinaloa, su minúsculo y muy bello lugar de origen. Estaba emocionado, reconocía todas las cosas y algunos árboles eran sus conocidos». Por su parte Miguel Ángel Granados Chapa, le dedicó La Plaza Pública —en Reforma, 20 de septiembre de 2005— y en una pregunta el columnista dice del profe ¿Fue más maestro que periodista, más periodista que poeta, más militante político que editor y director?

Y respondió: «Recorrió todas esas rutas con entrega semejante, con frutos magníficos, con perseverancia silenciosa y ejemplar».

«Avilés encauzó el desarrollo de reporteros como Horacio Guajardo (hoy prestigiado maestro en Monterrey) y como Manuel Buendía, de cuyo matrimonio con Dolores Ávalos fue Avilés padrino. (Y) Si bien el director de La Nación no rompió nunca con su partido, su celo militante disminuyó cuando en el PAN fue rechazada la opción democristiana en la que él creía y que era alimentada por su amistad con Rafael Caldera, que con esa fe política fue después presidente de Venezuela (en 1969) . Hoy, por cierto, Acción Nacional es integrante de la agrupación internacional de partidos de ese credo».

Hay otra versión de que Avilés si renuncio al PAN y a la dirección de La Nación, como consecuencia de una ruptura de los seguidores de la democracia cristiana con el dirigente de ese órgano político, Adolfo Christlieb Ibarrola.

Agregó Miguel Ángel Granados Chapa que el profe para irse de La Nación «sin ruptura y sin escándalo, contrarios a su talante (…) aceptó la dirección de la escuela de periodismo de que había sido, estrictamente hablando, el primer profesor. Con su clase de castellano se abrieron allí los cursos el 30 de mayo de 1949.» Y permaneció en la dirección hasta 1985.

Su amigo y alumno dominicano Juan Bolívar Díaz, escribió que cuando lo conoció en 1966 y «supo que yo procedía del Santo Domingo ocupado por el ejército de Estados Unidos, toda su inmensa anatomía pareció abrirse en un abrazo de recepción y casi sin dejarme hablar me dijo que tendría la misma media beca de la Ibero, más el trabajo que precisaba para sobrevivir…»

Dice Juan Bolívar que el profe fue un ser humano generoso, «dechado de humildad y serenidad aun en momentos de turbulencia», un don de la vida.

Sus alumnos…

Muchos. Algunos sólo fueron periodistas; otros más fueron periodistas, poetas y escritores. Entre los periodistas están Manuel Buendía —también fue su ahijado de bodas—, Miguel Ángel Granados Chapa, Horacio Guajardo, Sara Lovera, José Reveles, Carlos Marín, Guillermo Ortega, Aurorita Berdejo, Raymundo Riva Palacio, Antonio Quevedo, Refugio Haro, Alberto Barranco Chavarría, Blanche Petrich, Paco Gómez Maza, Vicente Leñero, entre otros.

A los que mando a foguearse al Noroeste están el veracruzano José Antonio Quevedo, quien curiosamente su columna de ese periódico denominó «Brecha», al mochitense Refugio «Cuco» Haro (1944–2014), quien además de reportero fue director editorial y defensor del lector, y al escritor Daniel Sada Villarreal (1953-2011), quien murió justamente unas horas después de que fuera anunciado como uno de los ganadores del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011.

Daniel trabajó durante cinco años en Culiacán y fue cuando empezó a escribir Lampa vida, su primera obra (Ed. Premia Editora, S.A. México, 1980).

Reconocimientos póstumos.

El sábado 24 de octubre de 2015 el alcalde de Los Mochis, Sinaloa. Arturo Duarte y varios amigos le hacen un homenaje póstumo en el marco del centenario de su natalicio, lo hicieron justamente en la casa de la Cultura Conrado Espinoza, viejo amigo del poeta y periodista.

Ahí develaron una placa que lleva su nombre de la calle que conduce al Centro Escolar del Noroeste, allá por el cerro de la Memoria.

También ese mes —jueves 15 de octubre—, se le hizo un homenaje en la Capilla Alfonsina del INBA, donde participaron Martín Rey Urueta, Raquel Olvera, Sergio Mondragón, Dolores Castro, Lucía Grijalva, Rosario Avilés, María Eva Avilés, Gonzalo Tassier y Jesús González Schmal, entre otros.

Y no podía falta el homenaje en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, realizado el 24 noviembre, 2015 por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.

Estuvieron la poeta Dolores Castro, la periodista Blanche Petrich, el escritor Francisco Prieto, el periodista Alberto Barranco, el diseñador Gonzalo Tassier, y sus hijas Rosario y Eva Avilés.

Dolores Castro inició el homenaje diciendo que el de La Brecha: «Era una persona con una gran capacidad de trabajo, movida por el entusiasmo. Junto con ella parte del grupo Ocho Poetas Mexicanos. «Era tan buen poeta como periodista… Era amigo, amigo como hermano, un verdadero hermano… Siempre me apoyó en todos los momentos de mi vida», afirmó casi con lágrimas en los ojos, y agregó que Avilés «amaba por sobre todas las cosas escribir poesía…»

Blanche Petrich recordó su etapa de estudiante en los años setenta, cuando fue alumna del maestro Avilés, y destacó que él «hizo de esta institución educativa un referente de la formación de los profesionales de la comunicación». Señaló que en sus clases se corrían todas las ideas y pensamiento críticos al estudio de cosas que se vivían en esa época; se hablaba libremente de política, cultura, música y poesía; temas ligados el quehacer práctico del periodismo. «Prevalecía la libertad de cátedra, como un principio vivo de la Septién», indicó.

Rosario Avilés rememoró cuando su padre y Fernando Diez de Urdanivia fundaron la Escuela de Periodismo en 1949.

Alberto Barranco Chavarría dijo: «Lo recuerdo con su abrigo o gabardina, siempre con su libro en la mano. Un hombre que miraba de frente fuera quien fuera y escudriñaba el alma, con su mirada. Alejandro Avilés un poeta inmenso, vivía intensamente lo que le rodeaba… Sus libros de poesía son una prueba digna de un hombre reflexivo, vivía las cosas intensamente para conocer su significado y plasmarlo en sus poemas».

El escritor Francisco Prieto dijo que: «Alejandro Avilés me hizo sentir la poesía como un alimento necesario. Tenía una capacidad de escuchar. Le agradezco cómo me abrió a la poesía como una necesidad, alimento necesario, amor a la palabra».

Por su parte, Gonzalo Tessier, quien ilustró los libros del maestro sinaloense, recordó que «tenía un amor renovado para dar. Siento mucho su muerte, fue muy grande su abrazo, a los que nos tocó su abrazo».

José Luis Vázquez Baeza anunció la creación del Premio Nacional de Poesía Alejandro Avilés, otorgado por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, en honor a quien fue su fundador, director y maestro, el cual se abrió en 2016.

«No me importa que todo se detenga,
que se derrumbe el sol y huya la vida.
No me importa que solo quede el humo
de lo que fue, y el polvo de las ruinas.
Lo que me duele es que perdí en la noche
aquella luz, aquella flor del día….»..

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