La magia de viajar al inframundo

Por Gonzalo Sánchez Toledo

 

Estimada Valentina: 

 

Espero que al recibir esta nueva carta te encuentres bien. Tu respuesta anterior me dejó esperanzado con los nuevos rumbos que le das a tu vida. Espero que pronto nos reunamos acá o allá tal vez, y con un buen vino me des detalles de tus decisiones.

 

A menudo me imagino en una conversación contigo, especialmente cuando me traslado en la ciudad. Cada viaje, independiente del medio de transporte, toma un tiempo nada despreciable por lo que hay que aprovecharlo o simplemente despilfarrarlo de la mejor manera.

 

Tomé el metro rumbo al centro, esa parte de la ciudad donde converge todo; la historia, los antepasados, los extranjeros, los migrantes, también aquellos que buscan oportunidades para tener otro día de vida. Están los que ofrecen lentes para leer mejor, celulares, programas para computadoras, copias de dvd con los últimos estrenos del cine y un sinfín de tortas, tacos, carnitas o cochinita que allá sólo podríamos apreciar en contados restaurantes.

 

Moverse bajo la superficie es trasladarse en otra dimensión cuando vas de punta a punta de la ciudad y eso acá es bastante decir. Cuando salgo a la superficie experimento una sensación que imagino parecida a la de un buzo experto en apnea. Necesito una gran bocanada de oxígeno para decirle a mi cerebro que hemos llegado a destino, como regresar al aquí y ahora. Claro que depende en qué parte de la ciudad uno emerge. A veces pienso que he salido en el siglo 21, obviamente, en un estado de consumo pleno, todos satisfechos. No sé si felices, pero plenos aparentemente. Automóviles del año, jardines, flores, edificios modernos que decoran la ciudad, circuitos gastronómicos con platos de todas partes del mundo, gente paseando a sus mascotas con bolsitas para recoger sus heces. Pero también he aflorado en sitios donde imagino que hubo una catástrofe; todo café, terroso, sucio, abandonado, árboles ausentes y si los hay ya están por caer desfallecidos. En unos cuantos años más podría semejarse al Sector 9, en Johannesburgo, de la película de Neill Blomkamp. Es posible encontrar una que otra flor acompañando la imagen de algún Cristo. Perfectamente pude tomar una línea que me llevó a otro país, en otro tiempo.

 

Pero volvamos al metro. Es tanta la cantidad de personas que utilizan este medio a diario que equivale, más o menos, a ciudades completas como San Petersburgo o Milán, por nombrar un par. Es casi imperceptible, al menos para mí, la diferencia de pasajeros entre horarios de punta y horario “normal”, especialmente en algunas líneas, que hasta en domingos cuesta encontrar lugar dentro de un vagón. A veces el viaje resulta tan apretado que hay mujeres que al bajar del tren lo hacen sin alguno de sus zapatos. Ya dentro, el viaje te lleva a un lugar bizarro. El tren se transforma en un gigante mercado andante donde puedes encontrar de todo; cantantes de rock (algunos muy buenos, por cierto), poetas, escritores, tipos que se entierran vidrios, representantes de editoriales o importadoras que sólo por esta ocasión tienen en oferta algún producto, y como es oferta hay que llevarlo aunque no lo necesite o no sirva para nada. Todo lo que China fabrica, especialmente juguetes que al tocarlos o moverlos, se enciende una luz o suena una melodía, acá en el metro lo encuentras. Sólo ten el cuidado suficiente de no mirarlos demasiado, de lo contrario, seguro se desarma.

 

Las estaciones también son puntos de encuentro de amantes y amores de todo tipo. Quizás la ausencia de sol los traslada a una noche imaginaria que les desata pasiones y les hace creer que están solos en el universo. Algunos se besan con tanta dedicación, que en una ocasión, en la estación Pino Suárez a la hora punta, en realidad puede ser cualquier hora ya que casi siempre es punta, o se ve como punta, una pareja veinteañera transportados quién sabe dónde, era tal su pasión que sólo les faltaba la lluvia para empaparlos y quedar como Nola y Chris, en Match Point.

 

El metro es la gran plaza pública, todos caben, todos son invitados, todos nos encontramos, todos somos coristas. En el metro todo se transa, todo se permite aunque esté prohibido. Da igual, de cualquier forma todos tenemos que vivir.

 

Viajar en metro en la Ciudad de México, definitivamente Valentina, es una real aventura que por ningún motivo te debes perder.

 

 

 

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