Mi vida con el baño

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Recordando el bello cuento de Octavio Paz ‘Mi vida con la ola’, les comparto ‘Mi vida con el baño’. Las malas jugarretas que me ha hecho pasar mi intolerante vejiga.

Mi esposo ha insistido: deberías de tomarle foto a todos los baños a los que vas. Obvio lo dice con burla, como un poco (¿o un mucho?) harto de esos momentos en los que estamos a punto de salir de casa con prisa o no, y yo me detengo en ipso facto, para decir: ‘tengo que ir al baño’. “Pero si ya fuiste”, murmuran al unísono. “Te esperamos abajo”. Y se van. Tristemente amigos, nadie me ha entendido nunca. Ni a mí, ni a mi vejiga.

La sugerencia de tomar fotografías me parece un tanto absurda, aunque no tan descabellada, ahora que todos tenemos Instagram podría ser un gran pretexto. Pienso, si todos les toman fotos a lo que comen, pues mi propuesta de lo que sale después de comer…mmmm, bueno no, demasiada información, creo que sólo con tomar foto del baño que hospede mi urgencia, quizá, sería suficiente. La verdad hubiera sido una maravillosa idea, sí, haber llevado una bitácora desde hace muchos, pero muchos años de todos los baños que he conocido.

Desde que era niña no salía en las fotos principales de la familia o me perdía de algún momento importante, ya saben de esos pequeños instantes en donde las cosas graciosas o más inverosímiles suceden y yo no estaba ahí. Sobra decir que además siempre salgo apresurada o se me hace tardísimo, ahora lo diría acompañándome de una moderna frasesita con hashtag: porque #yolo; sí, porque Karencita está en el baño. ¿Qué pensaría Freud de esto?

No sé si sea cultural, si sólo sucede en México, o incluso, si sea una cuestión de género, pero a las mujeres no enseñan que entre más te “aguantes” para ir al baño y sólo hagas en tú casa, es mejor, porque puedes evitar infecciones, que en realidad tiene que ver por la vía en que nosotras las mujeres tenemos evacuar y además de que se “ve mal ir tanto al baño”. Bueno, pues yo nunca entendí esta lógica materna y que va de generación en generación, la única vez que “me aguanté” y eso por el exceso de trabajo que tenía en ese momento cuando trabajé como reportera en el periódico Excélsior, lo que seguro me gané fue una mega infección en las vías urinarias que me hizo llorar de verdad, así que me prometí nunca más permitir “aguantar”, no importando en qué letrina tuviera que hacer.

Pues lo he cumplido a pie juntillas, les voy a compartir, aunque me da cierta penita ¡ay, qué van a pensar de mí! Cuando solía ser una joven mochilera, ya saben, medio trotamundos, en una ocasión cuando andaba de turista por tierras italianas, un domingo cualquiera se me ocurrió visitar la famosa e inclinadísima torre de Pisa, bueno, pues también me acompañé de mi botellita de agua, ¡mala idea! Ya casi al salir de aquel sitio ya no podía más. No recuerdo si había baños cercanos a la zona turística, según yo, ahora que lo pienso, tendría que haber, pero el caso es que yo ya estaba afuera, caminando sola por las calles, en domingo, estaba todo cerrado. Encontré de casualidad un cafecito abierto y les pedí que me dejaran pasar para ir al baño, pero no me lo permitieron. En mi desesperación me metí a un edificio que encontré abierto, pero conste que estaba dispuesta a todo y a atropellar a quien sea. Bajé unos escalones y me topé con un pequeño cuarto en donde estaban los medidores de la luz, pues ya no les cuento más, ni modo, fue el hoyo funky que me abrigó. Por supuesto que me salí como cohete, por el miedo a que me “cacharan”. ¡Arrivederci!

En otra ocasión, en medio de la madrugada, en un autobús peor que los de la Ruta 100, con un montón de gente a pie, jaulas con gallinas y pájaros, olores a maíz y a mucha gente, en medio de un recorrido de 24 horas de Lima a Cuzco, en Perú, mi dolor de cabeza seria sin duda, el baño, ya desde antes lo sabía, pero qué le vamos a hacer porque #yolo #yoera #mochilera (a mi edad, no lo haría nunca más) así que #aguanté hasta que “algo pasara”. El autobús se detuvo, serían como las cinco de la mañana, la costumbre del lugar dictaba que por fin llegaba el momento de estirar las piernas, un descansito y obviamente para descargarlo todo. No crean que había un Oxxo o unos baños públicos, no ¡qué va!, ahí está la carretera señores y nada más. Las cholitas me enseñaron a cómo hacer pipí, ellas se levantan las enaguas y listo, es más, siempre me quedé con la duda de si usaban calzones porque sólo levantaban sus varias capas como de cebolla que usan como faldas, tan llenas de color y telas. Lo malo: yo no llevaba falda. ¿pero, eso importó? No, pero al lugar al que fueres, haz lo que vieres.

En el estado de México conocí las letrinas y ahí es muy difícil hacer de aguilita por la tabla de madera que sobresale, he conocido sólo hoyos, sin nada más, que son de hecho, las letrinas más ecológicas, idea que estoy segura pronto irá colonizando nuestros hogares, quizá sólo con implementos modernos, pero sin la necesidad de agua.

Me conozco todos los baños, de pueblos, de centros comerciales, de iglesias, de hoteles, de hospitales, restaurantes, fonditas, públicos, de las casas de quién sea, probablemente conozca también tu baño. Todo esto lo cuento no con mucho orgullo, sino más bien como catarsis de que yo sin un baño no puedo vivir, a donde quiera que voy lo primero que debo ubicar es: ¿dónde está el baño? No se preocupen por la pregunta obligada: ¿Ya te vio un doctor? Digamos que así es mi naturaleza, meona, porque #yolo.

 

@kareninadiaz

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