A 51 años, sus memorias viven

Por Mariana Madrid

“Parecían balazos, aunque el impacto sonaba muy fuerte desde donde estaba.

“–Ve al movimiento de estudiantes en Tlatelolco, ¡cúbrelo!

“Eso fue todo lo que me dijeron, aunque, en ese punto siento que hacía un mejor trabajo cubriendo mi vida. Todo lo que pensaba era que, con suerte, esa columna me jugaría de escudo un par de horas más, o hasta que el fuego hubiera cesado.”

Tenía, si acaso, siete años cuando en esas palabras de mi abuelo me di cuenta que él tenía seguras dos cosas. La primera, que en su corto tiempo como reportero jamás había experimentado un miedo tan feroz haciendo su trabajo.

La segunda, que no cambiaría su profesión por nada, porque él no lo había elegido. Había sido el periodismo el que lo había elegido a él.

“Era muy joven, con hijos pequeños, tu mamá era un bebé todavía, y todo lo que podía pensar era en si ya no volvería a verlos. Qué estarían haciendo y si un día podría verlos triunfar. Quizá era un pensamiento exagerado, pero cuando, en un instante, pude ver la cara de otros reporteros corriendo, supe que estaban pensando lo mismo”.

Mi abuelo decía que parecía que la orden había sido general. Disparar a quien fuera. Estudiantes, profesores, reporteros o civiles. Si había madres con niños en brazos o embarazadas, cualquier persona parecía peligrosa y cualquier persona podía ser un potencial enemigo. Con uniformes de militares o vestidos de civiles, el Estado no conoció el límite. Miedo y desesperación se podían respirar en Tlatelolco y sus alrededores.

“Comencé a escuchar el discurso de los estudiantes. Qué valor, qué bueno, ojalá que nadie calle las voces que denuncian la injusticia y que denuncian los abusos, eso pensaba; poco duro ese pensamiento en mi cabeza. El tiroteo se soltó de un momento a otro, y lo siguiente que estaba haciendo era correr para protegerme, correr hacía donde los demás lo hacían, hacía donde te abrieran una puerta amiga, correr hacia donde el miedo te dejara”.

Año tras año, cuando era 2 de octubre, mi abuelo me sentaba en la sala o en la cama. A veces era mientras me llevaba a caminar y me decía “México tiene cosas increíbles, pero aquí te va uno de los capítulos negros de nuestro país, esos que nunca debes de olvidar, hija”.

En su momento no lo entendía, o quizá no le podía dar la importancia que tenía, pero año tras año, la historia era la misma, las palabras cambiaban, pero el sentimiento y el recuerdo en sus ojos, eran los mismos.

“Aquí, un día sales de casa, pensando que te tocará cubrir, qué lado de México conocerás, pero a veces, no se sabe con certeza si volverás”.

El país no estaba pasando por su mejor momento en lo que a movimientos sociales se refiere. Teniendo auge en los 50 y continuando en los 60, el país registró una serie de movimientos que provenían de diferentes estratos. Médicos, ferrocarrileros, electricistas, campesinos y, por supuesto, estudiantes. Aunado a esto, el régimen del momento, más que autoritario, era represor.

Esta serie de manifestaciones que tuvieron fuerte impacto durante el verano y el otoño del 68, sumado a la situación política que se vivía en Estados Unidos, donde grupos de estudiantes también se manifestaban contra el abuso de los derechos humanos, terminó por crear una fuerza, no sólo estudiantil, pues otros sindicatos, incluso civiles se unieron a la causa.

El mensaje era uno, y era sencillo: no más represión. En todos los movimientos mencionados, las movilizaciones y las protestas terminaron por disolverse en manos del ejército.

“Todo ese año me tocó seguir los movimientos que surgieron aquí en la ciudad, y otros tantos en otras ciudades del país. Ese 2 de octubre parecía como un ultimátum para saber qué pasaría”.

Pese a mi corta edad, mi abuelo trataba de explicarme las cosas como mejor podía para que las entendiera. Me explicaba que, las Olimpiadas estaban muy próximas y que periódicos de otros países ya estaban centrando su atención en los movimientos estudiantiles, y que eso no le convenía al gobierno en turno.

“Era la cabeza matando a sus partes. Era la voz que te tiene que representar, callándote, diciéndote que lo si lo pusiste a cargo, te jodes y te callas. Era México dándole la espalda a su futuro.”

 

Después de las horas con el miedo sobre el cuello, Ángel Madrid entregó su nota y regresó a casa. Abrazó a su familia y se fue a dormir pensando que había sido un buen día para ser periodista, pero un mal día para ser ciudadano mexicano.

Cincuenta y un años después, la verdad de dónde se originó todo, de quién dio la orden, de toda la gente que murió, sigue en el aire si que nadie pueda respirarla.

Lo que sí se tiene por seguro es que ese 2 de octubre cimbró algo en el colectivo social que jamás se olvidará. Dejó nombres marcados en la piel de México, nombres que duelen y dan orgullo, y otros nombres que siempre serán recordados como el villano y que serán odiados.

“Diez días después, ‘El Chango’ (Gustavo Díaz Ordaz), inauguró las Olimpiadas, con el rostro lleno de hipocresía. Y con un México de luto, que a mí me sigue doliendo”.

El último relato que tuvo de su boca, poco antes de que mi abuelo muriera, sin duda, fue el mejor.

Me dijo que jamás permitiera que alguien callara mi voz, que nadie me suprimiera, que la injusticia se grita y ésta, tiene eco.

También me dijo que el periodismo es la carrera más bella, pero que en México, es de las más peligrosas, “pero si un día lo quieres, que se caigan mil balas, pero que la verdad siga saliendo”.

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