A propósito del Día del Niño…

Por Astrid Perellón

 

Siempre he dicho que lo que único que hace falta para que los niños gobernaran al mundo sería desarrollar una elocuencia comprensible para el adulto. Nos podrían en nuestro lugar, nos ayudarían a crecer; pero no a través de nuestra interpretación de sus bellos gestos, sino de sus frases directas que aún no saben articular aunque las sienten en ebullición en su mente curiosa.

 

¡Qué aterrador resultaría hallar un niño con la claridad mental del primer año de vida, y además que pudiera expresarnos punto por punto lo que observa de nosotros! Se me ocurren algunas:

 

-No tengo prisa por caminar. Déjame caer para acostumbrarme a la vida.

-¿Si vengo en un empaque individual por qué me tratas como si todas mis experiencias debieran serme interpretadas por ti, como si no fuera natural construir mis propias conclusiones?

-Cuando me gritas que me calme, quisiera rodar los ojos y echarme a reír.

-Agacho la cabeza no por evadir mis problemas, sino porque es natural desconectarse de lo que incomoda.

-Todo lo que entra por mi boca, tiene que salir. Yo me ocuparía menos de evitármelo y más de preguntarme a qué sabe el color azul. ¡Esas son las cuestiones que iluminan el pensamiento humano!

-Te urge que cumpla etapas de mi sano desarrollo. ¿Por qué la prisa? ¿Qué hay a tu edad que es tan urgente alcanzar?

-Me dices qué hacer cuando yo no te he preguntado nada. ¿De dónde crees que viene el aprendizaje? ¿Del monólogo o de la curiosidad?

-Te preocupa que sufra la separación de mis padres o dejar el pañal o cualquier cambio. ¿Cuándo puedo aprender a lidiar con lo único que es constante en la vida: el cambio?

-Percibo que te desvives porque no falle. Mejor muéstrame cómo superas tú la adversidad para que yo sepa cuál es la manera útil de lidiar con mi frustración.

-Yo me apunté a esta experiencia por la diversidad. Me desconcierta tu miedo a que algo se salga de tu plan para mí.

-Te impacientas porque quieres que yo haga las cosas con cuidado. ¿Qué hacerlas con cuidado no es precisamente hacerlas pacientemente?

-Te escucho, te veo pero nada es tan llamativo como lo que percibo de ti. Quiero imitar no lo que es correcto, ni lógico, sino lo que percibo que trae emociones agradables. ¿Qué sientes cuando fumas? ¡Lo sé! Puedo percibirlo.

-Insistes en que comparta pero nuestra casa tiene barda. ¿Tú eres el único con derecho a decidir cuándo quiere disfrutar de algo sólo para sí mismo?

Tras estas poderosas reflexiones que observar a los niños me inspira, se me ocurre que es un buen día para celebrar con una fábula del aquí y del ahora pero esta vez sí dirigida a los chiquitos, a quienes llegará a través del lector.

Éste era un adulto que nunca terminó de conocer el universo. Se volvió maestro para compartir lo que hasta el momento había reunido de información pero lo más valioso que pudo aportar a sus alumnos fue asegurarles que siempre una respuesta lleva a una siguiente pregunta.

 

 

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