Albert Camus… sesenta años del nobel de literatura

Por Armando Martínez Leal

@armandoleal71

 

Libros sucios…

necrosados

¿malsanos?

¡Malsanos!

 

No, no. Esas cosas tienen que

permanecer y permanecerán secretas.

Genet (El Balcón)

El escritor y filósofo francés Albert Camus, recibió un 10 de diciembre de 1957 el premio Nobel de Literatura. Sesenta años se conmemoran que Camus recibiera el premio. Sesenta años de aquel célebre discurso donde Camus da cuenta de la experiencia que significó la Segunda Guerra Mundial, el colaboracionismo galo, la República de Vichy, los juicios contra los colaboracionistas, su divorcio con la Famille Sartre, así como su posicionamiento político frente a la izquierda francesa respecto del socialismo real.

Cada época nos ofrece un balcón desde el cual poder ver lo que es. Cada época debe ser evaluada no sólo por sus “triunfos”; sino singularmente por lo contrario, sus fracasos. Nuestra contemporaneidad puede ser vista a través de los millones de pobres que ha producido. La extrema desigualdad que genera el actual modelo civilizatorio es la huella inefable de nuestro fracaso. Los 702 millones de humanos que viven en la extrema pobreza, son fracasados y a la vez, son la muestra del fracaso de lo que somos.

Sesenta años han transcurrido desde que la Academia Sueca, el Comité del Premio Nobel le entregó al escritor, novelista y filósofo francés Albert Camus, la máxima distinción que un hombre de letras puede obtener. El discurso de Camus, como el total de su obra, es también un balcón privilegiado para reflexionar sobre nuestro presente. Camus fue un argelino-francés que militó en la Resistencia y dirigió su periódico: Combat,. Desde allí iluminó el oscuro camino por el que atravesaba su contemporaneidad.

Camus es considerado el moralista de lo absurdo. Fue miembro destacado de la familia sartreana, de la cual acabó deslindándose, lo mismo que a su militancia al Partido Comunista Argelino. Camus escribió sobre la experiencia de la “ocupación” alemana y el colaboracionismo de sus compatriotas. ¿Cómo ser partícipe de la barbarie?, ¿cómo ser cómplice del verdugo?. Para Camus se trató de una crisis de la humanidad. Una crisis de un pueblo, que no podía resolverse bajo la distinción amigo-enemigo (Resistencia-colaboracionismo); sino en una evaluación, primero individual y luego colectiva donde cada uno asuma su responsabilidad.

1957 es el corolario de un esfuerzo intelectual y de una férrea militancia a la verdad. Camus, a diferencia de las mujeres y hombres de su generación se distanció de las posiciones predominantes. Creó en los hechos un nuevo flanco político, podría parecer a primera vista que se ubicaba en medio de la izquierda y la derecha francesa, pero no fue así, su trinchera la aperturó desde la izquierda misma.

Las reflexiones ético-morales de Camus lo llevaron a condenar la pena de muerte, que la izquierda promovía como instrumento “pedagógico” frente a los traidores colaboracionistas. No compartía el espíritu galo de la justicia como venganza, que recordaba al Comité de salut public, dirigida por el termidor… Robespierre. Su visión crítica respecto de la condición del socialismo real, su condena a la situación Rusa, a los GULAG, al totalitarismo stalinista fueron el punto de quiebre para su divorcio con la Familia Sartre. En los hechos este combat lo aisló de la izquierda francesa que no permitía el debate y fundamentalmente, el disenso.

En 1957, Camus llega a Estocolmo con una vasta obra publicada, el filósofo novelista, había ya publicado El Extranjero, El mito de Sísifo, La Peste, La Caída, El hombre rebelde, entre muchas más; uno de los puntos de quiebre con la Familia Sartre fueron: La Peste y El hombre rebelde; para Castor (Simone de Beauvoir) el diagnóstico sobre el colaboracionismo francés, reflejado en La Peste no estaba bien representado, diluía la responsabilidad histórica del colaboracionismo aplicándolo a todo el pueblo galo. Las críticas a ambos textos fueron lapidarias. Se trataba de una condena a muerte intelectual. El amo de la izquierda francesa y su compañera, Castor, enviaron al patíbulo a la joven mente crítica de su generación: Camus.

Para Camus, lo importante no era distinguir quienes fueron los enemigos de Francia, sino cómo salir de aquella crisis moral y civilizatoria. Francia había sido cómplice de su ejecutor. Para el autor de La Peste, la crisis moral que confrontó el pueblo galo, es el reflejo de su decadencia; es decir, la evaluación no parte sólo del colaboracionismo del pueblo, sino de que éste es la manifestación de una enfermedad anterior.

Los tiempos de crisis sirven a los colectivos para ver sus deficiencias, su decadencia, pero fundamentalmente para después de ello, evaluar y transformarse. En la actualidad se les llama tiempos de oportunidad. La posibilidad de crear un nuevo pacto social, un nuevo orden colectivo donde los límites de lo permisible y lo imposible se recreen. México ha confrontado en las últimas décadas una crisis profunda, económica, política, de valores, una crisis que se refleja en la guerra contra el crimen organizado que en poco más de una década ha producido la fantasmagórica cifra de casi 300 mil mexicanos muertos, más de 32 mil desaparecidos. De la mano de ello, ha experimentado la decadencia de sus instituciones, los políticos se han enriquecido inexplicablemente, lo mismo que decenas de empresarios son beneficiarios de la corrupción.

El erario público se ha convertido en la fuente de riqueza de políticos y empresarios. Diversos estudios a nivel mundial, demuestran que a mayor corrupción mayor desigualdad. La miseria de millones de mexicanos es extremadamente conveniente para el corporativismo mexicano. Estos son algunos de los síntomas de nuestra enfermedad. Colectivamente hemos sido cómplices de ello, permitimos negligentemente que sean asesinados millones de compatriotas. Hemos sido cómplices de la brutal corrupción de los políticos, que no se reduce a la experiencia cotidiana de la mordida, sino a la impunidad con la que los funcionarios públicos extraen carretadas de dinero del presupuesto público.

Septiembre es el mes de la patria, pero también está marcado en la conciencia de la historia colectiva como el mes en que partes del país sufrieron catástrofes, huracanes, terremotos, para los cuales no hemos podido generar estrategia asertivas. Las crisis develan nuestra fragilidad, pero también sacan a la luz la corrupción. Somos un colectivo que se mantiene en el quebrantable equilibrio. Vivimos en zona de huracanes, vivimos en zona de temblores, pero la única estrategia viable es una alarma sísmica y protocolos para ordenadamente, salir corriendo.

La debacle de la Patria está comprobada. No podemos avanzar, aspirar a una anormalidad-normalizada con los miles de muertos a nuestras espaldas. Hoy tenemos la oportunidad de modificar el orden existente. No regresemos a una normalidad con la debilidad de nuestras edificaciones, de nuestras instituciones, con la corrupción de nuestros políticos. Hoy podemos aspirar a refundar la patria. Somos un país desgarrado por el miedo, es momento de expiar nuestros errores. El presente nos hace enteramente responsables; o las colectividades salimos a las calles a barrer con los errores del pasado o no habremos aprendido de cada una de nuestras catástrofes.

México ha demostrado ser una nación que vehementemente desea un cambio, una revolución pacífica. Es tiempo de la depuración de la patria. Los franceses llamaron a los juicios contra los colaboracionistas el proceso de Épuration, los juicios sacaron de nueva cuenta la barbarie del pueblo. Es cierto es necesario llevar a juicio a los delincuentes, que la justicia opere, sea ciega. Que los miles de muertos en la guerra contra el narcotráfico, que los cientos por las catástrofes humanas sean el punto de quiebre que nos lleve a un futuro distinto.

Camus aquella mañana que recibió el Nobel en Estocolmo señalaba que el escritor tiene una responsabilidad social, estar al lado de los caídos, los muertos, los pobres, aquellos que demuestran nuestro fracaso civilizatorio. Para Camus no podemos callarnos frente al silencio del prisionero, frente al humillado. La libertad es no olvidar al humillado y al silenciado, hay que recoger su mutismo y hacerlo un alarido de esperanza.

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