Alrededor del Maíz

Por Gonzalo Sánchez Toledo

 

Querida Valentina:

 

Hace ya algún tiempo que no te he escrito, pero siempre estás presente en esta enorme ciudad aunque mis dedos no tecleen alguna letra.

El lugar común me obliga a decir que el terremoto que golpeó a este país y a esta ciudad siempre obliga a replantearse lo frágil que somos, la falta de control que tenemos en la mayoría de las cosas que atañen al planeta. Y más aún, a aquello que compete a nuestro interior.

Cuando un evento de esta magnitud nos sacude, lo hace con tal fuerza que aparte de tumbarnos al suelo, de empujarnos, de no permitirnos estar quietos, abandonando  lo que hacíamos, saca de nuestros rincones más alejados emociones que teníamos olvidadas o simplemente no sabíamos que existían. Como si trajéramos de fábrica partes y piezas que nunca usamos ni se nos ocurrió tampoco ver dónde y para qué sirven.

A quienes conozco y los que viven en esta ciudad no sufrieron lesiones aunque a todos nos golpeó el alma. Perfectamente alguno con los que he compartido, hemos bebido alguna cerveza o me ha abierto las puertas de su casa, pudo estar entre las víctimas y no estar más. Incluso yo. No es que quiera ser trágico, sólo quiero decirte que es tiempo de pausas y ver para dónde avanzamos, o avanza esta ciudad, para dónde se mueve. No es menor la coincidencia, la fecha del sismo fue exactamente la misma que la del terremoto anterior. ¿Por qué la tierra eligió sacudirse el mismo día 32 años después?

El paisaje ya no es el mismo, Valentina. La sacudida fue tal que algunos ya no están, y los que quedaron ahora son otros. De aquí en adelante el día de muertos no puede celebrarse igual.

Antes de venirme a esta ciudad, mucho antes, pensaba que la ciudad de México era un universo completo, donde yo construiría mi propia Nueva Jerusalén. Sin duda es un lugar diferente, mágico, seductor, como la mujer barbuda del circo, como dice Juan Villoro. Pero el azote de cada sismo es una especie de señal que las cosas no andan bien. Pueden y deben ser mejor. Para todos. Esa podría ser la invitación, y en especial para aquellos que no tuvimos la fortuna de nacer aquí, y digo la no fortuna, ya que de lo contrario, Valentina, sería más fácil comprender por qué nos enamoramos de la mujer barbuda.

Afortunadamente no estabas acá, pensé en llamarte para saber de ti, y era obvio, o casi obvio que estabas bien, era yo quien obligado se mecía. La pesadilla se filtraba por estos lados. Y como sucede en estos casos, la comunicación dejó de existir, las redes se apagaron por un rato eterno aunque en realidad no fue tanto. La pulsión por saber del otro, por saber de quién nos trajo al mundo o a quien trajimos nos ganó y entre todos hundimos la más moderna fibra óptica.

Los sismos se repetirán, como una prueba de amor, también de temple y fuerza, de esas que solo Ulises puede superar. Volverán no con la frecuencia con que se repite el Cascanueces cada fin de año, pero cuando venga, muchos ahí estaremos y también ahí quedaremos.

Diciembre nos acoge para paliar los afectos. Nos hace creer, entre peregrinos, posadas, noches buenas, navidad, cierre del año y la llegada de reyes magos, en nuestra inmortalidad, como un bálsamo de fiestas entre el dolor y la pena, para finalmente volver a estar de pie sonriendo alrededor del maíz.

 

Related posts