Amarse sin matarse

Por Astrid Perellón

 

¿Cuántas no hemos adoptado alguna práctica que parece ancestral? Ya sea para el éxito, amor o salud, tendemos a probar filosofías a medias, porque están a la mano o porque estamos desesperadas. Digo a medias porque nunca verás a algún practicante auténtico de tradiciones místicas forzando la máscara sonriente o palabras positivas por miedo a lo que atraerá. O rechazando a la gente por «tóxica». En cambio, ves en su mirada una ecuanimidad que interpretamos como sabiduría. No sabemos qué piensan y creemos saber que todo se trata de pensar positivo y ya. ¡Pues no!

 

¿Por qué te digo esto yo precisamente?

Llegó un día en el que me cansé tanto de la Ley de Atracción como del Calendario de Planeación de Stephen Covey. Había pasado décadas probando cuanta técnica me pusieran enfrente, mientras asegurara resultados. Para cuando tenía 29 años conocía desde adentro las clásicas (religión organizada, psicoterapia, PNL, Coaching, hipnosis), las prácticas (Covey, Kiyosaki, Ziglar), las alternativas (bio-decodificación, EFT, constelaciones, regresiones, escuelas esotéricas, cabalísticas, neo paganas), las artísticas (arte-terapia, tejido, terapia ocupacional), entre otras muchas. ¡Basta!, dije un día y reuní toda mi investigación en mi libro «44 Formas de cumplir un sueño». Lo hice porque todas me resultaron pero por fin había hallado el factor que las hacía funcionar…

 

¿No basta con el pensamiento positivo?

 

Cuando empiezas cualquier cosa, técnica o curso o incluso cuando te adhieres a un gurú tu cerebro comienza a sobreescribir tus viejos patrones. Pero también, al empezar a hacerlo, tu cerebro «jalonea» para recuperar su equilibrio; es decir, aquello que ya tenía practicado. Por eso tanta gente no consigue resultados constantes con sus decretos o sus seminarios.

De hecho, muchas prácticas te distraen de prestarte atención. Ya no sabes distinguir si se siente bien o no repetir una afirmación. Sólo sabes que es «lo correcto» pero no percibes si se siente agradable en tu organismo. Dejas de prestar atención a que, químicamente, puedes estar produciendo una emoción contraria a las palabras tan bellas de tu libro de pensamiento positivo. Usas las palabras y detonas la emoción (químico) contrario.

 

CUIDADO CON LAS HERRAMIENTAS

 

Toda herramienta puede ayudarte o distanciarte de lo que deseas. Pero si eliges una porque parece correcta, sin percibir la naturalidad con que la usas, debes tener cuidado. Tu cerebro siempre saboteará lo nuevo y, si no pasas de esa fase, aquella nueva técnica que practicas puede destapar muchos problemas. Algunos describen que el mundo se les derrumba o, de la nada, resurgen sus miedos, problemas y cosas peores del pasado. ¡Qué me estoy atrayendo!, gimen. Nada de eso. Cuando cambias tu enfoque, tu cerebro busca forzarte a regresar. Compáralo con un drogadicto tratando de recuperarse.

 

¿Qué puedes hacer ya mismo?

En lugar de buscar las palabras correctas o positivas, tiende a buscar en tu imaginación los escenarios que causen alivio. El resultado será evidente pues tu organismo se relajará. A veces imaginar que explota la cabeza de tu jefe, te trae alivio químico, en lugar de luchar con tu idea pesada de que le puedes causar un daño por pensar.

Sugiero que no fuerces nada, ni siquiera el pensamiento positivo. Toma tu cerebro como tu laboratorio privado donde, lo que ocurre, es tu ensayo y error, ensayo y error hasta que por fin hallas lo que te funciona.

 

EL PRIMER PASO: IMAGINACIÓN. Si lo que imaginas trae alivio, estás produciendo un resultado evidente a nivel químico en tu cuerpo. Aún si lo que imaginas parece violento o negativo. Date permiso de imaginar y podrás medir resultados constantes. ¡Yo te entreno en mi libro gratis!

 

Lee más en mi blog:

https://www.astridperellon.com/amarse-sin-matarse

 

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