Armando Quintero pone fin al virreinato de Elizabeth Mateos en Iztacalco

Por Guillermo Torres

Las elecciones del pasado 1 de julio mostraron el grado de conciencia y politización del pueblo mexicano, así como su más agudo sentido de solidaridad con una causa, que en este caso resultaba crucial. Todo ello dio como resultado una rebelión, una insurrección electoral, civil y pacífica como siempre lo ha evocado el partido que fundó Andrés Manuel López Obrador.

Esta revolución de conciencias, mentes y corazones ha marcado un antes y un después en la vida y espectro político electoral de México. Es decir, los moldes convencionales de ejercicio de la política se han roto en añicos a partir de las elecciones recién llevadas a cabo.

Un voto masivo, en cascada, que pone a la izquierda mexicana en una coyuntura propia de una refundación de la misma, con total legitimidad, pero muy en particular en la posición de reconfigurar el rostro del tejido social.

Ello responde al hartazgo popular de un sistema corrompido, inoperante, decadente y en etapa terminal, donde los escombros de la ahora oposición de derecha, ultraderecha y sus patiños autodenominados de izquierda, tendrán que reinventarse desde sus escombros, aspirando ahora a al menos conservar sus registros.

En un momento sensible por la ya complicada situación propiciada y alimentada por los regímenes del PRI y del PAN, aunque con un ingrediente muy peculiar que ha sido la aún mayor sensibilización social a causa del sismo del pasado septiembre, en donde una vez más la sociedad civil rebasó a las autoridades del régimen, para abrirse paso de manera organizada de entre la dificultad de las circunstancias.

Es probable que esto haya generado una catarsis y una reflexión a profundidad, euforia y momento que puede resultar interesante si se encausan para reconciliar y unificar esfuerzos colectivos, que reconstruyan el tejido social.

En medio de todo este proceso que vive México, la candidatura de Armando Quintero en Iztacalco ha significado el triunfo de un proyecto de nación por encima de la gerencia mal improvisada que se impuso en los estertores del PRD, en la titularidad de dicha demarcación.

El crimen reivindicado como gobierno, el tráfico de influencias, el desvío de recursos, los delitos electorales, y una descomposición social galopante de la mano con la de sus autoridades tuvieron rostro nombre y apellido en los últimos seis años y son Elízabeth Mateos y Carlos Estrada Meraz, su pareja sentimental, de la mano de la línea central de todo ello, que emanaba del gobierno de Miguel Ángel Mancera.

En el trienio por concluir alternaron, ella como asambleísta y él como delegado (el anterior ella como delegada y él como su funcionario). Reprimieron la militancia de base de Morena a punta de abuso de autoridad, cárcel, persecución, violencia e intimidación, y luego de todo ello la voluntad y conciencia popular se impusieron al crimen y el desgobierno de los Mateos.

Esos grupúsculos de mafia politizada representada por personajes como estos, significaron la subjetividad política en el espectro electoral mexicano, una desconfiguración del mismo.

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