El arte urbano, el que todos se niegan a ver, pero el que es de todos (Primera parte)

Por Alejandra Ayluardo

Fotos: Bruno Díaz y Nicho González (Cortesía)

El arte urbano en la Ciudad de México está atestado de claroscuros por los prejuicios sociales, la inseguridad y en cierto modo la falta de profundidad que se tiene en la veloz y monótona vida cotidiana en la capital.

En la década de los noventa, el choque político-social y cultural entre México y los países aledaños a causa de la migración y el desarrollo tecnológico sostenido por la globalización, causó, entre otras cosas, el surgimiento de revolucionarias manifestaciones artísticas en el país.

La concentración demográfica en las grandes urbes funcionó como imán para el hoy conocido como arte urbano, el cual se entiende como una serie de expresiones artísticas que toman como escenario principal a la vía pública con el objetivo de transmitir mensajes que, en muchas ocasiones, son distintos al arte aceptado y digerido por las masas.

Este tipo de expresión artística busca un lienzo o escenario para reproducir el arte e incluye al graffiti, el teatro, el malabarismo, la música, entre otras demostraciones.

Algunas veces el acto es remunerado con una cooperación voluntaria de los espectadores que transitan en las calles de la ciudad, lo cual no es considerado como limosna, ya que el espectador se lleva la experiencia del trabajo artístico y el mismo artista no sale a las calles con el afán de recibir dinero a manos abiertas, sin más.

El hecho de salir a las calles a expresarse artísticamente requiere un esfuerzo de años para poder lograr un valioso trabajo. Los artistas urbanos son parte de la cultura mexicana desde finales del siglo XX, cuando explotó la serie de manifestaciones artísticas en nuestro país. 

Con respecto a los últimos datos del Consejo Nacional de Población en el informe “Proyecciones de población de las entidades federativas de México”, recabados a mediados de 2017, la Ciudad de México cuenta con 8 millones 811 mil 266 de habitantes y, de acuerdo con los datos del último censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en 2015 un total de 4 millones 759 mil 215 automóviles transitaban en las más de 30 mil calles de la Ciudad de México, registrando un incremento aproximado del parque vehicular del 200 por ciento en los últimos 15 años.

El aumento de vehículos, la falta de trabajos con salarios dignos y el deseo de expresarse son tres factores fundamentales que han ocasionado un alza en el número de artistas urbanos en la Ciudad de México. Durante un día en una buena ubicación, un artista urbano puede alcanzar a ganar entre mil y dos mil pesos.

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Bruno Díaz de León, sociólogo de la UAM Xochimilco, de 23 años, tuvo como primer acercamiento un taller de malabarismo en el Centro Cultural Tiempo Nuevo, de la delegación Tlalpan, hace aproximadamente cinco años.

Al darse cuenta que era bueno y le gustaba, incursionó con un grupo de amigos en los semáforos de las colonias Miguel Hidalgo, Santa Úrsula Xitla y Tlalpan Centro.

“Una expresión artística que cambia el escenario y eso lo vuelve más complicado por el tiempo del semáforo. Si fallas, la gente te va a señalar”, dice Bruno mientras observa el trabajo de unos malabaristas en la esquina de Calvario e Insurgentes Sur. 

“Comencé malabareando en el semáforo porque vi una opción de trabajo, ganar dinero haciendo algo que me gusta. La calle es un lugar importante en donde se puede hablar y decir las cosas, crear… Mucha gente transita el espacio y el arte se vuelve visible, logras comunicarte”.

Nicho Gonzalez, malabarista urbano de 23 años, comenta que su primer acercamiento al malabarismo fue en un semáforo. “La calle fue mi primer escenario”.

Actualmente Nicho sigue malabareando en el semáforo después de más de siete años.

“El arte callejero para mi es, fue y será un camino más en el mundo de la creatividad, de la expresión, del arte. En mi área, el arte circense callejero, creo siempre me ha motivado el acercamiento que existe con el público. No hay paredes ni butacas que predispongan al espectador. Por lo tanto ganarse al público es fundamental. Yo empecé a tomar las calles porque en ellas descubrí el sentir de la gente, su estrés, enojo, alegría, tristeza, toda clase de sentimientos. Ves a las personas en su estado humano y no en estado al que van cuando llegan a ver algún tipo de expresión artística”, dijo.

 

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