El arte urbano, el que todos se niegan a ver, pero el que es de todos (Segunda Parte)

Por Alejandra Ayluardo

Fotos: Carlos Froylan y Carlos Wence (Cortesía)

El arte urbano en la Ciudad de México está atestado de claroscuros por los prejuicios sociales, la inseguridad y en cierto modo la falta de profundidad que se tiene en la veloz y monótona vida cotidiana en la capital.

En la década de los noventa, el choque político-social y cultural entre México y los países aledaños a causa de la migración y el desarrollo tecnológico sostenido por la globalización, causó, entre otras cosas, el surgimiento de revolucionarias manifestaciones artísticas en el país.

La concentración demográfica en las grandes urbes funcionó como imán para el hoy conocido como arte urbano, el cual se entiende como una serie de expresiones artísticas que toman como escenario principal a la vía pública con el objetivo de transmitir mensajes que, en muchas ocasiones, son distintos al arte aceptado y digerido por las masas.

Este tipo de expresión artística busca un lienzo o escenario para reproducir el arte e incluye al graffiti, el teatro, el malabarismo, la música, entre otras demostraciones.

 

 

street art animation GIF

 

Algunas veces el acto es remunerado con una cooperación voluntaria de los espectadores que transitan en las calles de la ciudad, lo cual no es considerado como limosna, ya que el espectador se lleva la experiencia del trabajo artístico y el mismo artista no sale a las calles con el afán de recibir dinero a manos abiertas, sin más.

El hecho de salir a las calles a expresarse artísticamente requiere un esfuerzo de años para poder lograr un valioso trabajo. Los artistas urbanos son parte de la cultura mexicana desde finales del siglo XX, cuando explotó la serie de manifestaciones artísticas en nuestro país.

Con respecto a los últimos datos del Consejo Nacional de Población en el informe “Proyecciones de población de las entidades federativas de México”, recabados a mediados de 2017, la Ciudad de México cuenta con 8 millones 811 mil 266 de habitantes y, de acuerdo con los datos del último censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en 2015 un total de 4 millones 759 mil 215 automóviles transitaban en las más de 30 mil calles de la Ciudad de México, registrando un incremento aproximado del parque vehicular del 200 por ciento en los últimos 15 años.

El aumento de vehículos, la falta de trabajos con salarios dignos y el deseo de expresarse son tres factores fundamentales que han ocasionado un alza en el número de artistas urbanos en la Ciudad de México. Durante un día en una buena ubicación, un artista urbano puede alcanzar a ganar entre mil y dos mil pesos.

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Carlos Froylan, de 22 años, practica golos.

 

“Mi vida ha sido cercana al arte, iba a clases y competencias de danza. Después fue la experiencia malabareando en la calle y hubo una temporada en la que unos amigos y yo tocábamos música en las plazas públicas, pero dejamos de hacerlo porque nos pedían dinero por parte de la delegación o los policías. El malabar en la calle siempre lo vi por necesidad, aunque con el tiempo vas aprendiendo que no en todas las calles se puede, a veces hay mafias entre limpiadores y vendedores, y te quieren pedir renta por trabajar en el semáforo, ya sea ellos, los policías o la delegación, Yo veo el malabar como una forma de vida, mi objetivo es sorprender a los demás…”, declaró.

Mario Wence, graffitero de 35 años es egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la carrera de diseño gráfico.

“Utilizo mi segundo apellido porque el rollo de que te conozcan con un apellido extranjero me ha abierto puertas. Creen que por tener apellido español o alemán, tienes pedigree. En mi caso la línea hereditaria es alemana, pero pues nada que ver. Tengo una especialidad en Gráfica, aunque siempre me ha interesado experimentar con otras técnicas, sobre todo no tóxicas. Apesar de las herramientas que brinda la academia, también te coarta mucho.

“Empecé a pintar gráfica con las reglas de la academia y mis contenidos fueron perdiendo peso y valor para mí porque tenía más prejuicios artísticos. Desde mi pre-adolescencia hacía títeres y figuras de varios materiales. La primera vez que vi un graffiti fue en una escena de la película de los finales de los ochenta, Un príncipe en Nueva York, sale Eddie Murphy como protagonista. Recuerdo la escena en donde están en el Metro y aparece un vagón totalmente grafiteado. Me pareció una expresión tan libre y se me hacía increíble poder llegar a crear una tipografía tan estilizada, tan fresca, diferente, nueva… es una escena muy pequeñita, pero me impactó tanto que siempre lo tuve en mente, nunca salió de mi cabeza la idea de crear algo así.”

Al preguntarle acerca de la primera vez que graffiteo, comentó que “fue a los 13 años, con un aerosol que tenían mis papás en la casa, íbamos tres amigos, era un día lluvioso, fue algo muy emocionante porque era difícil atrevernos… yo creo que los primeros muros que pinté fueron los más horribles aunque los recuerdo con mucho cariño.

“Una cosa es hacerlo en papel y otra es atreverte a llegar al muro porque no sabes que necesitas una cantidad increíble de pintura, curar el muro, hacer una escala del papel a la pared y sin duda hay quien sin necesidad de hacer el dibujo a escala tiene la capacidad de adecuar el espacio y plasmar la imagen de su mente. Cada quien utiliza su lenguaje, el graffiti es infinito.

“Lo más complejo es que tienes que esforzarte para lograr algo, invertir, practicar, ser constante y crear algo que nace de tu interior. Cuando descubrí la calle me di cuenta de que me gusta, me viene muy bien el formato, no me tengo que preocupar por un soporte limpio… Es pesado, cansado, sucio, arriesgado, caro. Teníamos un dicho entre amigos, ‘si pintas en el DF y no te mientan la madre, no pintaste’, hay un enojo social que creo que tiene que ver con la ignorancia tanto del pintor de graffiti como de las demás personas.

“Se tiene una idea errónea que las artes son para locos, muertos de hambre, ignorantes… Cuando realmente no es así. Hoy en día se vende el concepto de street art porque lo han hecho un negocio, existe un bombardeo de recorridos y publicaciones de arte urbano que están concentradas en puntos turísticos estratégicos como el Centro Histórico o el Centro de Coyoacán.

“El tema de tomar las calles para el artista urbano, en general, es dar a conocer esta serie de expresiones al público, llamar la atención, buscar y crear un vínculo con un público que de entrada no planea salir a la calle a ver tu trabajo. Mi obra no tiene un valor político fuerte, nunca ha sido contestataria, es un trabajo egoísta, pinto por necesidad creativa y si a alguien le gusta mi trabajo pues es todavía más egoísta, porque lo hago también para un reconocimiento, se siente bien.

“Todos los artistas nos creamos un personaje, Brozo aparece con su peluca verde, Cantinflas con su sombrero… porque estar en personaje artístico todo el tiempo sería muy difícil porque también somos humanos, hacemos cosas comunes y corrientes”, comentó Wence.

 

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