Así es el día de una médica en el área de covid19

Por Melba Salazar González

El Hospital en el que he trabajado 12 años de mi vida como médica luce diferente. Ya no se escucha el barullo de la consulta externa repleta de pacientes y familiares que les acompañan, ya no se observan las filas y grupos de familiares en espera de noticias en el área de Urgencias, todos y todas usamos cubrebocas.

Para entrar al Hospital nos toman la temperatura con un termómetro infrarrojo y nos dan alcohol gel. Los integrantes de la Guardia Nacional que
rodean el Hospital se han convertido en una presencia familiar a los que decimos “buenos días”como saludamos a cualquier otro compañero.

El Hospital se ha convertido, hay una área adaptada para pacientes con diagnóstico de Covid-19, los “estables” y los graves, aquellos a los que sus pulmones están tan agotados que requieren ser intubados y conectados a un ventilador artificial.

El área de quirófanos ha disminuido de forma significativa su trabajo, solo se operan urgencias. Como parte del Programa de Reconversión Hospitalaria, diseñado por la Secretaría de Salud del Gobierno Mexicano, los y las anestesiólogas debemos apoyar a los médicos intensivistas asignados al área Covid-19.

Esto no solo ocurre en México, también fue necesario en España, así que dejamos nuestros quirófanos, a las máquinas de anestesia y entramos a esa área.

Recibo mi equipo de protección personal (EPP), reviso todo, esta completo (de acuerdo a lo indicado por la Organización Mundial de la Salud), es de buena calidad. La Jefa de Enfermeras que vigila que me vista en orden correcto el EPP me dice: “Bienvenida a Chernobyl”, adivino su sonrisa y agradezco la pequeña broma.

Uniforme quirúrgico, zapatos cerrados de plástico, overol impermeable, dos pares de guantes, dos gorros para el cabello, mis gafas graduadas, gafas de protección, cubrebocas N95, careta plástica, una bata de manga larga impermeable sobre el overol, me siento como astronauta, si es que las astronautas se ponen nerviosas y tiemblan un poco al cruzar una puerta.

Una enfermera monitora me espera tras la primera parte del área Covid-19, es joven y esta de excelente humor, su función principal es revisar que todo el EPP este bien puesto, me explica hacia donde ir.

Llego a donde están los pacientes, cuento y calculo, está a un 40% de capacidad. Me presento con el personal de enfermería, uno de ellos me reconoce, hemos trabajado juntos en quirófano y escribe en mi bata externa con un marcador “Dra. Melba”.

Me presento con el médico intensivista, me pongo a sus órdenes y él, extremadamente amable, me explica que debemos hacer esa mañana, vemos a cada paciente y me comenta los datos más relevantes de cada uno, el resto lo encuentro en el expediente.

Todos los pacientes en esta área están graves, están sedados, en un estado de coma inducido para que sus cuerpos se concentren en sanar y no les moleste el tubo que tienen en su garganta ni el movimiento del ventilador mecánico que insufla aire rico en oxígeno a sus pulmones.

Todos ahí saben que hacer, como una orquesta que ha ensayado mil veces, los y las enfermeras toman muestras sanguíneas de los pacientes, preparan los medicamentos y sueros que requieren, los movilizan para acostarlos boca abajo o boca arriba (siguiendo una maniobra que ayuda a este tipo de pacientes a mejorar), el médico intensivista modifica los parámetros de los ventiladores según vaya respondiendo el paciente, me siento afortunada de verles trabajar.

Las compañeras de intendencia entran y hacen su trabajo como siempre, con la única diferencia que portan también todo el equipo de protección personal. Lo que más me sorprende es la tranquilidad y seguridad con la que trabaja el equipo humano del área Covid-19, todos y todas están atentos a los pacientes y a sus compañeros, la higiene es extrema y los descuidos nos pueden costar un contagio, pero el ambiente no es catastrófico ni
negativo, es el ambiente que se genera cuando un grupo de personas hace su trabajo con la calidad que da el conocimiento y con la calidez que se requiere para cuidar a seres humanos que quizá estén viviendo sus últimas horas.

Trabajar dentro del equipo de protección personal es fisicamente agotador, se siente mucho calor, leí que llegas a los 50 grados, sudas mucho, es como estar en un sauna. No ves bien, los lentes, las gafas de protección, la careta se empañan y no puedes quitarte nada mientras estas en el área Covid-19, eso te expondría a contagiarte, así que solo queda acostumbrarse.

Los cubrebocas No.95 impiden que el dióxido de carbono se expulse de forma adecuada, así que lo estas reinhalando, lo cual produce mareos, nauseas, dolor de cabeza y sueño. Mientras estas en el área Covid-19 no puedes tomar agua ni ir al baño.

Las horas pasan y mi turno termina, me despido del equipo que ahora admiro más, la enfermera monitor me espera en la puerta, con mucha calma me va explicando como me debo retirar y desechar el equipo de protección personal, cada paso debo limpiar mis guantes con alcohol gel,
quiero quitarme todo y salir, pero debo hacerlo despacio y de forma concentrada, porque puedo contagiarme al retirarlo.

Salgo, los goggles me dejan marcas visibles rojizas por la presión en la frente y en los pómulos, creí que se quitarían rápido, pero no, la última desaparece hasta la mañana siguiente.

Me baño en el Hospital y aunque se que solo se requiere agua y jabón para eliminar el virus, mi mente me atormenta haciéndome sentir “contaminada”.

Soy muy afortunada, puedo aislarme sola en mi casa, tengo miedo de contagiar a quienes amo.

Por favor, respetemos y valoremos a quienes están trabajando en los Hospitales cuidando y acompañando a los pacientes con Covid-19, hacen su trabajo lo mejor que pueden, al igual que todos tienen temores y extreman precauciones para no contagiarse ni contagiar a quienes aman.

Lo menos que podemos hacer por ellas y ellos es dejarles llegar a casa a descansar sin agredirles.

La mejor forma de ayudarles es, si puedes, quedándote en casa.

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