Baricco, Tres veces al amanecer

Por Rivelino Rueda.

Tres historias Tres. Tres veces al amanecer, del escritor italiano Alessandro Baricco, forma un triángulo narrativo perfectamente delineado en donde un mismo hombre y una misma mujer se encuentran en épocas, ciudades, edades y situaciones distintas. Una novela imposible que el turinés traslada magistralmente a lo posible.

Una atractiva mujer madura y un desconcertado vendedor de básculas. Una chiquilla inocente, su amenazante novio y el portero anciano de un hotel. Un niño de 13 años consternado por lo que ocurrió horas antes y una mujer policía rechoncha que en su juventud fue una belleza incomparable.

Todos los mismos de siempre. Todos en la eterna y desgarradora espera de cambios. Buscándose sin proponérselo y con la firme voluntad de ayudarse en las penurias cotidianas, en la incesante desgracia, en la inmundicia humana, en la permanente soledad.

Los caminos se cruzan en tres estaciones, y en cada encuentro se intenta renacer de nuevo, empezar de cero… Pero los tres acercamientos tienen algo en común, la alborada, las primeras luces del alba que sugieren una oportunidad nueva, un cambio incierto.

“¿Por qué no deja correr todo, el contrato, las balanzas, todo? No me irá a decir que nunca lo ha pensado. Dejarlo todo y volver a empezar de nuevo. No estaría nada mal, ¿verdad?”, pregunta la atractiva mujer madura, semidesnuda, al contrariado vendedor de balanzas.

Y la mujer lo hace desde la cama de la habitación del agitado hombre… Esas palabras, de paso, dejan tambaleando al negociante en una cuerda floja, con la interrogante del permanente cambio.

Luego en el segundo relato el portero anciano aconseja a la temerosa chiquilla inocente que “hay que ir con cuidado cuando uno es joven, porque en la luz en la que se habita de joven será la luz que va a vivir para siempre (…) muchos, por ejemplo, son melancólicos de jóvenes y entonces lo que se les ocurre es que siguen siéndolo siempre. O han crecido en la penumbra y la penumbra los persigue luego durante toda su vida”.

Para la tercera historia, Baricco le da la palabra a un extraordinario personaje, la mujer policía rechoncha que en su juventud fue una belleza incomparable: “Ella miraba aquella casa y pensaba en la misteriosa permanencia de las cosas en la corriente nunca quieta de la vida. Pensaba que, viviendo con ellas, uno acaba dejando siempre algo con una ligera mano de pintura, el tinte de ciertas emociones destinadas a decolorarse, bajo el sol, en recuerdos”.

Y el novelista turinés narra, y la mujer narra: “Se volvió hacia el hombre y vio el mismo rostro de tantas otras veces, los dientes torcidos, los ojos claros, los labios de chiquillo, aquel pelo esparcido por la cabeza. Tardó un poco en decir algo. Pensaba en la misteriosa permanencia del amor, en la corriente nunca quieta de la vida”.

 

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