Bolaño: La ejemplar y justa civilización debajo de las alcantarillas

 

Por Rivelino Rueda

 

La fetidez de las alcantarillas es nauseabunda. Entre las cloacas, los desperdicios humanos y los túneles del subsuelo se desarrolla una organización más justa que la de los seres humanos y, en muchas ocasiones, con términos más civilizados de convivencia.

 

Las ratas buscan la subsistencia en las entrañas de cualquier ciudad del mundo, cualquiera, la que sea. Los asquerosos roedores identifican códigos y se respetan. Hay reglas y límites en lo más profundo de la podredumbre. En el núcleo de la pestilencia se labora sin descanso, se protege el uno al otro del “depredador” al acecho, pero nunca, por ningún motivo, una rata hace daño a otra.

 

En el cuento El policía de las ratas, que integra el libro El gaucho insufrible, del extinto escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003), la vida en el epicentro de la inmundicia se altera tras el descubrimiento, por parte del agente “Pepe El Tira”, de una serie de asesinatos en las profundidades de los desagües, que inician con la desaparición de la bella joven Elisa y de una rata bebé.

 

Aquí abajo no hay una lucha entre Apolo y Dionisio, aquí el vencedor sólo es Dionisio. Pero allá arriba la ley que impera es la de Dante Alighieri, la de las estaciones del infierno.

 

Aquí abajo, entre la pestilencia uniforme, cotidiana, los peligros para la organización de las ratas son las serpientes, los caimanes ciegos, las comadrejas…

 

Allá arriba los depredadores son los banqueros, los políticos, los empresarios, los militares, el policía, el músico y el escritor; el periodista; el vecino y el vendedor del mercado; el chofer del taxi y el cartero; el usurero y el ladrón…El peligro soy yo, eres tú, es el nosotros. Todos.

 

Y el entrañable Bolaño, el de 2666 y el de Los detectives salvajes, pone a lanzar interrogantes al incorruptible “Pepe El Tira”: “¿En qué momento se hizo demasiado tarde? ¿En la época de mi Tía Josefina? ¿Cien años antes? ¿Mil años antes? ¿Tres mil años antes? ¿No estábamos, acaso, condenados desde el principio de nuestra especie? (…) ¿Te has enfrentado alguna vez a una comadreja? ¿Estás dispuesto a ser despedazado por una comadreja?”

 

Los asesinatos se suceden unos a otros y todos tienen la misma marca: la de haber sido cometidos por una rata, con las huellas de las dentelladas de roedor en los cuellos cercenados de sus víctimas y abandonados, todos, en las “alcantarillas muertas”, donde la pestilencia es madre, reina y señora. La esencia y el núcleo de la descomposición.

 

La búsqueda de pistas es infructuosa a lo largo de jornadas de veinticuatro horas. Los rondines de “Pepe El Tira” van más allá de los lugares conocidos. El sueño y el hambre desaparecen, pero más allá de todos estos crímenes lo único que permanece como la incógnita más profunda y como la indignación más lacerante es la de la rata bebé.

 

Y Bolaño describe la desgarradora obsesión de su increíble personaje: “El bebé había sido secuestrado hacía un mes y probablemente tardó tres o cuatro días sin morir. No obstante, ningún depredador se había sentido atraído por los ruidos. Regresé una vez más a la alcantarilla muerta. Esta vez sabía lo que estaba buscando y no tardé mucho tiempo en encontrarlo: una mordaza. Durante todo el tiempo que duró su agonía, el bebé había estado amordazado”.

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