Boxeo y arte

Por Melissa Romero

El arte es definido por la Real Academia de la Lengua Española como una “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”.

El artista emplea de medios visuales, auditivos, táctiles y, en ocasiones, olfativos para generar y despertar el interés del público. El boxeador, como artista, tiene su técnica. Ésta es la manera específica y única en la que golpea, marca el ritmo del combate, danza con su bending y se desplaza con piernas estratégicamente separadas a para evitar una caída inoportuna.

Boxeo y arte, términos hasta hoy tangentes, distantes e incompatibles. Sin embargo, detrás de cada par de puños hay un cuerpo que está en constante evolución para poder desarrollar su potencial al máximo. El artista y el boxeador se someten a cambios radicales, entregan el alma por amor a su arte y, sin buscar una retribución, se inmortaliza en los escasos 30 minutos del combate.

Muchos se preguntarán qué hay de arte en el enfrentamiento entre dos cuerpos danzantes que, sobre la planicie cuadricular, enmarcan los pasos finamente detallado.

La respuesta es sencilla: el boxeo es el arte de golpear al oponente sin salir dañado, con la clara condición y convicción de subir con una estrategia en mente, con entrenamientos previos que enseñen al artista a ejecutar su técnica para evitar daños mayores al rival

La defensa, movimientos de cadera, fintas, y desplazamiento de piernas son los puntos más importantes para evitar el mayor daño posible en un combate de boxeo. Es un verdadero deleite ver como un púgil es capaz de responder instantáneamente a los ataques del oponente y, como diría Muhammad Alí, “volar como mariposa y pinchar como avispa”.

Un estilista y artista del deporte, reconocido campeón mundial y ejemplar guerrero azteca, Juan Manuel Márquez, dejó al mundo boquiabierto con el devastador y peligroso recto de derecha que mandó, fulminante e inconsciente, a la lona a Manny Pacquiao.

El “Dinamita” recibió millones de comentarios sobre su técnica, los cuáles más allá de enriquecer críticamente el potencial del púgil, enfatizaban los errores más evidentes y comunes de éste. No obstante, un pequeño sector de los medios informativos se encargaron de elogiar la gran hazaña del vencedor, pues no sólo mostró “la casta”, fue un fiel espejo del trabajo, arduo y constante, en el Romanza.

Además de la estrategia finamente establecida por él y todo su equipo de trabajo, al igual de la gran empatía y sincronización con su entrenador, don Ignacio Beristaín.

Ambas actividades demandan, de igual manera, una ardua disciplina y compromiso, pues el éxito sólo puede ser alcanzado empleando esas vías. Tal y como Nacho Beristaín dice, pues es muy riguroso con el método empleado en su equipo boxístico:

“El boxeador se queja de que parezco militar y que soy grosero. (…) la gente no entiende que el boxeo no es una clase de ballet. Es cruel. Digo leperadas para que mis boxeadores despierten. Unos se espantan. (…), estoy en el Salón de la Fama. Hemos ganado muchos títulos del mundo y en la esquina uno no puede ser la Madre Teresa”.

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