Carta a mi acosador

Texto y foto: Priscila Alvarado

Para Enrique Mandujano

He llegado a dudar de mí. He llegado a creer que no me conozco en lo absoluto. Que existe dentro de mi cuerpo un espacio maquiavélico capaz de articular escenas de poder o de dominio que escapan al entendimiento de la bondad.

He dudado de lo que creo, lo que soy y lo que siento. Me he preguntado si el dolor que siento es invento inconsciente de la maldad ¿o es que llorar, temblar, vomitar y desvanecer tras días de insomnio es Pandora de una identidad cruel y despiadada?

Te pienso. Te pienso mucho, pero no como tú creíste que lo hacía. Leo a los que te piensan. Intentan lacerarme con palabras y recuerdos. Me nombran. Dicen que lo hice sólo porque sí. Por odio. Hobbie o venganza. Pero ni siquiera te odio. Te temo. ¿Cómo se inventa una el miedo? ¿Cómo se inventa una el duelo? Podría odiarte. Podría dedicar días enteros a planear y ejecutar un teatro inestable para dañarte. Pero no tengo tanto ingenio. No te odio. No podría soportar todo esto si se tratara de inventos.

¿Te imaginas? Soportar la vida pública. El escarnio. La insensibilidad de les otres. El hambre. El sueño. El cuerpo temblando. El llanto de todas las noches. El silencio de muchos. Su rabia. El silencio. La indiferencia. Los ataques y el riesgo. Todo por un teatro. Por algo que, dicen, nunca pasó.

¿Me estoy volviendo loca? Te recuerdo a la distancia. Olvido tu rostro en algunos momentos. Te bebo hasta ahogarme en sueño. Te siento quemando mi espalda. Mi pelo. Mis labios. Fragmentando mi integridad o el poco respeto que a mis 20 años había logrado tener hacia mí.

A veces ya no encuentro la manera de explicarte cuánto dueles. No puedo  estar cerca de ti, mi cuerpo colapsa. Intenté detenerte con un tercero y te denuncié en un taller que no superaba los diez participantes, directamente con Víctor Villava. Pero no te llegó. O si te llegó no te importó. Seguiste. Ya no conmigo, con otras niñas. Intenté detenerte con un eco.

Durante estos años todes hablaron de lo que había pasado. En los pasillos, en el aula, en las puertas del auditorio. Pero seguiste. Ya no conmigo, con otras. Intenté detenerte a costa de mi tranquilidad. Estuve frente a las cámaras, micrófonos y personas que nunca había visto y que disponían su atención para comprobar si mentía o no, si me había dolido o no. Hoy hago lo mismo. Hacemos lo mismo.  Después del viernes todes elles midieron cuánto me habías lastimado.

Para algunos tengo la increíble capacidad de actuar la voz quebrada por el llanto y el cuerpo vibrante por el miedo. Pero también hubo quien pudo creer en mí, porque quizá algunes sí pueden reconocer la verdad. O reconocen el dolor profundo de la violencia.

Ayer me recomendaron no venir. Psicólogos, amiges, gente que cree en mí y me quiere. A la que le duele tanto, como a ti y a mí, esto que está pasando.

Pero quería hablarte. Quería decirte cara a cara lo que le hiciste a mi vida. Y claro, lo que después de este día quedará de ella.

¿Has llegado a imaginar lo que sigue después de esto? ¿A lo que me enfrentaré todos los días? Yo he imaginado lo que tú vas a tener que vivir y superar. Y me duele. Ojalá nunca hubiéramos llegado a esto. No sabes cuánto desearía no haberte conocido nunca.

Después de ese día, el día que me besaste, empecé a informarme. Me culpé y decidí prepárame para que nunca volviera a sucederme. Yo no sabía que tú me habías hecho tanto daño. Intenté minimizarlo y pensé que lo mejor era callar. Pero poco a poco, escuchando, estudiando, aprendiendo de otras mujeres que sufrían por lo mismo, entendí que lo que hiciste tiene nombre: acoso sexual.

Entendí que el miedo y la impotencia también tenían nombre: poder. Tenías poder y lo sabías. Mucho más que el que yo podía tener en ese momento. Me duplicadas la edad. Eras director académico, profesor y miembros de la asociación cultural de una de las escuelas más importantes de Periodismo. Pero ¿qué crees? No sólo fue eso.

A mis veinte años yo ya había cursado la carrera técnica de peramédico en Cruz Roja. Había salido de la prepa con promedio de excelencia y hasta había tenido una banda de rock.

¿Sabes por qué entré a la Escuela de Periodismo? Creo que nunca te lo dije. Dos meses antes de ingresar murió mi mejor amigo. Lo mataron tres balazos en la cabeza. Mi madre tenía cáncer de piel y le habían amputado un dedo. Iba a quimioterapia todas las semanas, pero tenía que seguir trabajando porque es mamá soltera y ella mantiene a mi familia.

Cuando Rodrigo murió dejé de ir a Cruz Roja, él también era paramédico…fue un gran paramédico. Mi madre me pidió que dejara la depresión y estudiara algo más.

Me dijo: “Hija, a ti siempre te ha encantado leer y escribir, ¿por qué no estudias periodismo? Yo sé de una escuela que te va a encantar”.

¿Ahora entiendes por qué no podía perder la carrera o resignarme a cualquier otra cosa? Tú tenías el poder de hacer lo que quisieras con mi licenciatura. Desearía haber tomado la decisión de ignorarte sin importar el enojo o las repercusiones. Pero a los 21 años, sola, confundida y asustada, decidí manejar diferente la situación.

Creí que podía controlarlo. Creí que podía contenerte y evitarte. Pero no pude. La bola de nieve se hizo más y más grande y no pude detenerla. Me aplastó.

Te denuncié públicamente. Di mi rostro, nombre y hasta ubicación escolar. Antes de hacerlo pensé en las consecuencias. Te conozco. Al menos en algunas cosas.

Durante tres años me he dedicado a observarse y estudiar tus reacciones y estrategias… todo para protegerme.

Sabía que guardabas las pláticas. Estoy segura que guardas todas las que has tenido con tus alumnas.

Sabía que tras la denuncia buscarías cualquier cosa que pudiera interpretarse en la imaginaria pública como cinismo, desfachatez o putería. Lo tienes todo a tu favor y estás consciente de ello. En este país las mujeres siempre perdemos. Incluso aquellas que son asesinadas por su novio son estigmatizadas y juzgadas con una crueldad absoluta.

Cuando una niña de 20 años desaparece, la gente no piensa en un secuestro, de hecho lo primero que dicen es: seguro se quedó embarazada o se fue con el novio. Yo soy mujer. Conocía mi posición y desventaja. Sabía que denunciar el acoso y el abuso de mi director académico. De Enrique Mandujano. Del periodista sagrado dentro de la Escuela de Periodismo Carlos Septién, me iba a joder la vida.

Me esperaba esto. Incluso esperaba más. Y lo hice.

Hace unos meses la hermana de una mujer asesinada habló conmigo después de lograr que, tras un año de lucha, el feminicida fuera juzgado (por cierto, era el esposo de su hermana). Cuando la felicité por el logro me dijo: a mi hermana ya nadie nos la devuelve, pero al menos hay un feminicida menos en la calle.

En ese momento entendí que en algunas ocasiones hay que sacrificar la vida, la tranquilidad e incluso exponer a quienes te quieren, para evitar que esta maldita violencia siga enraizada, corrosiva y tan profundamente dolorosa.

Te denuncié sabiendo quién eras y cómo ibas a actuar. «De ésta no me voy limpia», pensé. Buscarías destruirme junto contigo. Pero  estas son las consecuencias del cambio y las acepté

Quiero dejarte algo claro, yo no lo hice por mí. Lo hice por todas las alumnas con las que chateas. Por todas a las que has tocado con la «mandumarca». Por todas las que reciben un mensaje tuyo con un «qué guapa te ves en esa foto» o «se te ve muy bien ese color de pelo». Por todas las que has invitado a salir por un trago a la Ópera o a cualquier restaurante que tu salario elevado te permita costear.

No te denuncié para ganar algo. Ni por satisfacción personal. Créeme, esto me causa todo menos felicidad o satisfacción. No lo hice para arruinarte la vida. Créeme Enrique es lo que menos  deseo o hubiera deseado. Odio estar en esta situación. Odio que estemos perdiendo una buena parte de nuestra vida en esto. Pero no podía seguir así. No podías seguir así.

A veces desearía estar equivocada. Que pudieras comprobarnos a todes que fui yo quien se equivocó. Desearía estar mintiendo. Desearía tener la capacidad de inventarlo todo. Para que el dolor, la transgresión y la violencia fueran ficticias.

Porque de ser un invento o una locura podría asegurarme que no has lastimado a tantas. Que todas las que me han hablado para compartir y sintonizar dolores son espejismos.

Enrique, ojalá fueras producto de una mente retorcida. O un personaje que he imaginado. Porque así, con creatividad, podría controlar el daño que ejerces «otras» identidades y, de paso, determinar el fin de una metáfora. Ojalá todo esto fuera una historia con moraleja, ¿no crees?

Ojalá fuera tan fácil.

Después de la denuncia. Después de este día nada va a ser igual. Ni para ti, ni para mí. Fuimos víctimas de la violencia machista que dirige a nuestra cultura. Tú, como un violentador que normaliza los abusos. Yo, como una víctima que se culpó hasta el límite y tomó la decisión de hacerse pública para decir: Ya basta.

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