Carta a mi hija

Por Karenina Díaz Menchaca

¡Qué privilegio ser tu madre, hija mía!,

pero tienes que saber que nunca creí en el papel de madre abnegada y que en mis molestias constantes en el embarazo me sentí inútil y culpable de que yo tuviera que resistir tanto dolor, es decir, culpable de que no era necesario un cuerpo extraño. Entonces te rechazaba, adelgazaba más y mi semblante era el de ‘el cadáver de la novia`’. Nunca fui una embarazada regordeta con antojos de alimentos condimentados, picosos, a medianoche y molestando a los vecinos con peticiones de azúcares o frutas traídas de la selva. Bajé diez kilos, con 30 años y 4 meses tú adentro de mí, pesaba 45 kilos. No era una niña en lo absoluto, pero mi rostro parecía de 20. Escuchaba mucho jazz en ese entonces, por radio, con la idea que a ti te llegara a gustar, me preparaba un vaso lleno de hielos con una mezcla polvosa que la ginecóloga me recetó para mejorar mis estado nutricional. “Tú niña no me preocupa, me preocupas tú…nunca había presenciado un embarazo tan complicado, etc. Alimenté tambiénmis ratos de ocio con estúpidas historias de la televisión farandulera: ¿Quién diablos era Niurkay a quién carajos le importaba?, en ese momento, a mí. ¿Quién podría  desperdiciar su tiempo viendo a Paty Chapoy?,  Pues a quién creen. Tenía la necesidad de evadirme, no necesitaba leer a Camus para atormentarme más. (Qué ocupación absurda: no parece un juego, ni un rito, ni una costumbre. Creo que lo hacen para llenar el tiempo, simplemente. Pero el tiempo es demasiado ancho, no se deja llenar. La Nausea. Albert Camus).

Por fin estaba en descanso, toda mi vida trabajé y venía del duelo de haber dejado España y esa nostalgia densa compartía un feto en crecimiento que me iba consumiendo lentamente. Alcanzaba a ver, medio a lo lejos, a otras preñadas en las tiendas de artículos, ¡tantos que hay!, enloquecidas por lo más costoso, ¡porque qué altísima y absurda es la industria de los pubertos, neonatos y demás! Yo no compraba nada. Vivía en un departamento de la colonia Roma y me iba caminando hasta el Parque México para comprarme paletas de hielo. Lo frío inhibía mis nauseas derivadas, lo supe más tarde, del Síndrome de Hiperémesis Gravídica.

Tu padre, quien se creía en ese entonces Marlon Brando, no perdonaba la rociada de loción del dedo chiquito del pie hasta su casi calvicie cabello de ahora. ¡Los hombres que poco entienden de las molestias de una citadina y además embarazada! Oler aquello todos los días y so-por-tar-lo, me llevó, tarde, a la decisión de un curso de psicoprofilaxis que libró el cometido principal: sensibilizar.

Tuve que renunciar a una plaza de maestra en la Universidad Intercultural del Estado de México. Un proyecto innovador, en el cual comenzaba a entender a las diversas culturas indígenas tan cercanas a nuestra ciudad. ¡Todo era tan bello!Ahí en San Felipe del Progreso necesitaba tan poco. A pocos metros, me esperaba cada mañana largas hectáreas de maizal a donde me iba a correr. Me dormía  a las ocho de la noche y no tenía televisión, ¡ni quien necesitara esa basura! Rentaba un cuarto en la casa de una señora que hablaba mucho, era desconfiada, pero cocinaba rico. Siempre tenía mi desayuno listo después de mi baño. Me decía: Maestra y eso en un pequeño pueblo, es un privilegio. Vivíamos las dos solas. El frío era mi única molestia, me parecía demasiado en un lugar con tan pocas comodidades, pero estaba dispuesta a habituarme a ello. Pero, llegaste tú.

Y seguramente tu padre tendrá su historia, pero fíjate, habló de todo esto como si hubieras llegado a nuestra vida por una sorpresa molesta e incómoda. ¡Qué va! A pesar de nuestroevidente egoísmo, deseo por los viajes, la individualidad por encima de todo y una gran vanidad, en el momento que decidimos unir nuestras vidas, lo primero que planeamos fuiste tú. Fuiste completamente planeada, y eso, hija mía, es doblemente un privilegio. Yo que siempre he sido dura con el pensamiento de algunas mujeres que hacen lo que sea por adquirir un hijo –a costa de las advertencias de esos hombres que tampoco se responsabilizan de usar protección– , y cuando lo logran culpan al hombre que nunca las apoyó, con un odio y un constante reclamo de la responsabilidad porque no sabes asumir la propia y tienen que andar por la vida como ‘madres solteras’. ¡Uff! Esa doble moral mexicana, las mujeres todo lo podemos, pero los hombres son unos perros. No siempre las cosas son así mi pequeña hija. Sé de algunas que dijeron tomarse la pastilla y era una mentira.

Pero tú no, fue un 14 de febrero y naciste ocho meses después, el mismo día en que tu padre nació. ¡Vaya casualidad!

También te rechacé cuando me pidió la enfermera que te diera de comer. Por qué nadie entendió mi bajo umbral de dolor, creo que ni yo lo conocía en ese momento. Me estaba partiendo. La césarea ha sido hasta ahora, el trauma más grande. ¿Exagero?, pues cada quién, pero me valió para no tener más hijos. No lo pude soportar. Mi madre me dijo que eras la más hermosa del cunero, te estirabas y te estirabas, ya eras largucha, tu padre te tomó una foto y te veías linda, pero los primeros meses no me lo parecías tanto y además tu cabeza había quedado como un cono y los doctores me decían que era normal que con el tiempo maduraría la forma de tu cráneo. Entonces tuve que soportar cantidad de creencias raras, como la de acomodar la mollera con actos barbáricos que han matado bebés. No te preocupes, nunca les hice caso.

Para el cuarto mes yo ya estaba más que enamorada de ti. Comenzaste a cambiar y a ir exigiendo menos, pero a veces más. Es raro medirlo. Tenías reflujo y yo comencé desde entonces hasta ahora a preocuparme por tu seguridad y a protegerte como una perra, como una loba, como una leona. Pasaron los meses, los días, las estaciones de los años. Los privilegios se acumularon, pude cuidarte y ese fue mi trabajo de todos los días. ¡maldita sea qué privilegio! Estar contigo día y noche, llevarte a la escuela, ir por ti, darte de comer, buscar siempre lo mejor para ti, para tu salud. Actividades de aquí para allá. De pronto echaba de menos mi vida profesional, pero ahí estabas tú y desprenderme de ti nunca ha sido una opción.

¡Ay! no seas sentimental, no me reclames por decir la verdad. No todas las madres vamos por el mundo diciendo las mismas peroratas que todas. Yo no sé mentir, mi padre me enseñó dos cosas: a no robar y a no mentir. Yo te enseño lo mismo. La verdad fue así y no la puedo cambiar. Sin embargo, sabes porque te lo digo todos los días que eres mi luna, mi sol, mi estrella. Diario te doy las gracias por ser mi hija, porque veo tus ojos moros y tu porte de sevillana (recordando de nuevo a mi España querida), tu piel apiñonada y la hermosa jovencita en la que te has convertido y le digo a la vida: Muchas gracias por este privilegio.

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