Centros de vacunación anticovid; el retorno de nuestros muchachos de una cruenta guerra

Texto y fotos por: Rivelino Rueda 

Es irremediable. A la mente se vienen esas las imágenes del retorno de los soldados sobrevivientes de las dos grandes guerras mundiales del siglo pasado a sus respectivas naciones. Es inevitable ese pensamiento.  

La puerta de salida de Arena Ciudad de México, en la Alcaldía Azcapotzalco, uno de los centros de vacunación anticovid para las personas adultas mayores, en esta primera etapa de dosis, es hoy lo que fueron esos colosales barcos y trenes que arribaban a puertos y estaciones de Europa y Estados Unidos, cargados con los que vivieron para contar uno de los capítulos más oscuros de la humanidad. 

Aquí ocurre lo mismo. Son escenas de la postguerra. Es la llegada de nuestras heroínas y nuestros héroes.  

El nudo en la garganta por verlos vivos, inmunes a la letal peste de nuestros tiempos. Es el primer frente que ha plantado la cara, a lo largo de un año, a la plaga implacable. Salen en tandas y buscan a los suyos, a los que aún quedan.  

No queda de otra. Hay lágrimas. Hay prolongados abrazos. Hay besos. Es el arribo de nuestros muchachos de una alucinante guerra, cruel y desigual.  

Y se siente hondo, en el centro de las entrañas, esa poderosa secuencia de la película The Wall, de Alan Parker y Gerald Scarfe (1982), específicamente la secuencia de la canción Vera/Bring The Boys Back Home, de Roger Waters.  

Y se tatarea la melodía con el llanto atorado en la tráquea. Y se piensa en ellas y ellos, los sobrevivientes.  

Los que salen de ese centro de vacunación con el orgullo del deber cumplido, de haber ganado esta primera batalla. Y se estremecen las entrañas al recordar a los que quedaron en el camino. A los que no están aquí… 

Does anybody her remember Vera Lynn? (¿Hay alguien aquí que recuerde a Vera Lynn?) 

Remember how she said that (Recuerdo cómo ella dijo) 

We would meet again (Que nos veríamos de nuevo) 

Some sunny day (En algún día soleado) 

Vera, Vera 

What has become of you? (¿Qué ha sido de ti?) 

Dos anybody else in here? (¿Hay alguien más aquí,) 

Feel the way I do? (que se sienta como yo?) 

Ellas y ellos, con ese alivio en sus rostros, con ese brillo vigoroso en sus retinas. Unos en sillas de ruedas, otros en andaderas, muchos remando en el pavimento chintololo con bastón o muletas.  

Sí. Son los sobrevivientes de ese flagelo invisible que ha costado la vida a 2.6 millones de personas en el mundo, y a casi 200 mil en México. 

Hace apenas treinta años esto era el Rastro de Ferrería. Deambular por esta zona en aquel tiempo era meterse en un pasadizo de chillidos infernales de animales siendo destazados en vida. El hedor, por lo menos a medio kilómetro a la redonda, era irrespirable.  

Avenida de las Granjas era un ir y venir de camiones de redilas repletos de cerdos hacinados, gruñendo su desdicha; de reses gimiendo el sabor de una muerte macabra; de gallinas cacareando una pesadilla quimérica.  

Aullidos monstruosos. Olores nauseabundos. Huesos quebrados. Ríos de grasa y sangre púrpura. Vísceras estampadas en paredes de ladrillo y adobe.  

Dicen que los animales presienten su muerte. Parece que así era en este corredor industrial de Azcapotzalco, donde los nudos de vías de ferrocarril aún están tatuadas sobre el asfalto.  

Aquí, a un lado, estaba la Terminal de Pantaco. Aquí llegaban y salían todas las mercancías, vía ferrocarril, para abastecer a la Ciudad de México.  

Aquí el olor era insoportable en tramos y alucinante en otros, sobre todo esa particular fragancia que desprendía el aceite negro que los ferrocarrileros colocaban en las juntas de rieles y durmientes de madera, pero también el aroma celestial que se generaba con la perpetua caída de granos a un costado de las vías, de fugas en los vagones de carga, mezclado con el petróleo que goteaba de los vagones cilíndricos. 

Hoy ya esta zona no es lo que fue. Aquel rastro es ahora un centro de espectáculos, propiedad de Ricardo Salinas Pliego, el impresentable empresario dueño de Tv Azteca y aliado del presidente Andrés Manuel López Obrador.  

La Terminal Pantaco es un interminable corredor en el olvido, con millones de toneladas de materiales pudriéndose bajo sol y bajo las lluvias, luego de la privatización de Ferrocarriles Nacionales de México (NdeM) en el sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León. 

Pero aquellos recuerdos hoy son nostalgia. Los muchachos de la primera línea de guerra, nuestros sobrevivientes, entran nerviosos y emocionados a ese moderno complejo de estructuras extrañas, ajenas a la memoria.  

Llegan en taxis, en transporte público; caminan desde las estaciones del Metro más cercanas (Ferrería, Azcapotzalco, Norte 45 o Politécnico), o de la Estación del Tren Suburbano La Fortuna.  

Llegan manejando o en los autos de sus hijos, amigos o familiares. Parecen muchachitos de escuela en el primer día de clases. La emoción les electrifica el rostro, los surcos de la piel, las cabelleras blanquecinas. 

Arriban a la cita acariciando la esperanza de aferrarse a unos años más de vida. Y lo hacen como se debe: impecables en sus atuendos, en sus peinados, en su estado de ánimo, en el perfecto maquillaje de ellas y en el cabello engominado de ellos.  

Hacen fila en orden. Reciben las últimas instrucciones de sus acompañantes. Voltean y sonríen. Se pierden de vista entre la enorme fila. Toman distancia, como en los tiempos de escuela. Se difuminan en un vaho de invencibilidad. 

En treinta o cuarenta minutos cumplen el trámite, el simple trámite de vivir para contar sobre una fulminante peste que le pegó a todos, pero que se ensañó con ellas y con ellos.  

Ahí están las cifras. De las 194 mil 460 defunciones registradas en México por la pandemia de la Covid-19 –hasta el sábado 13 de marzo de 2021–, 122 mil 384 corresponde a mujeres y hombres entre los 60 y 99 años de edad. 

Los adultos mayores en México, en el rango de los 60 años o más, de acuerdo con el último Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi), son ya 15 millones, es decir, el 12 por ciento de la población.  

Y sí. Revolotean en la mente, agrias, devastadoras, descarnadas, las palabras del filósofo esloveno, Slavoj Zizek, en una entrevista que concedió a la periodista Patricia Gonsálvez, del periódico español El País: 

–Si los muertos (en la pandemia) hubieran sido mayoritariamente jóvenes, ¿nos habríamos tomado esta más en serio? 

–Es tan triste. Sin decirlo, todos lo hemos aceptado: sacrifiquemos a los viejos. Practicamos la barbarie de la supervivencia. 

Son imágenes que remiten a las dos postguerras mundiales del siglo pasado. Los sobrevivientes, nuestros muchachos, cruzan la puerta de salida ubicada en la calle Matlacoatl.  

Afuera los esperan sus familias. Emocionadas. A punto del llanto. Temblorosas. Son los soldados de la primera línea que resistieron desde sus trincheras el embate de una plaga inmisericorde.  

Salen en orden. Levantan los brazos para que los identifiquen. Saben que falta una segunda dosis y que las caretas de acrílico, los cubrebocas, la sana distancia, el estornudo de etiqueta, el lavado de manos, el gel antibacterial, todavía formarán parte de las secuelas de esta guerra inacabada.  

Pero se sienten vencedores. Y es así como son recibidos. A pesar de que decenas de miles quedaron en el camino. A pesar del pedernal clavado en el pecho por los que no llegaron en este desembarco, en este arribo de tren… 

Bring the boys back home (Regresen a los muchachos a casa) 

Bring the boys back home (Regresen a los muchachos a casa) 

Dont´t leave the children on their own, no, no (No dejen a los chicos solos, no, no) 

Bring the boys back home (Regresen a los machuchos a casa) 

@RivelinoRueda 

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