Che Guevara, el mismo irreverente de hace 50 años

 

Por Rivelino Rueda

“Prepara a los muchachos”, dijo. “Nos vamos a la guerra

Gerineldo Márquez no lo creyó.

–¿Con qué armas?—preguntó

–Con las de ellos—contestó Aureliano Buendía.

Gabriel García Márquez/Cien años de soledad

Raúl Vázquez Rojas padece hasta los huesos el crudo invierno de Europa del Este. La capital de Checoslovaquia, en el invierno de 1966, es un duro sitio para ese hombre calvo, de gafas y más bien bajo de estatura. En su pasaporte dice que es de nacionalidad española y él abiertamente comenta que es fiel hincha del Real Madrid, que no le disgusta la dictadura franquista y que es comerciante de maderas “duras y nobles”.

Fuma pausado para no despertar sospechas y su paciencia es infinita cuando trata de encender sus cigarrillos con cerillos soviéticos. Hace unas semanas este hombre sufría de una diarrea que se había prolongado por cuarenta días en el corazón de la selva del Congo. Había comido “ensalada de mariposas” que casi lo llevan al ahogo, si a esto se le suman las constantes crisis de asma, que carga como fardo desde los dos años de edad, cuando fue zambullido por su madre en las heladas aguas de un río argentino.

“¡Formidable madre, Celia querida!: sabiamente me alimentabas de muerte, me amamantabas con mi propia muerte (…) Asma para siempre. Como quien dice, muerte de por vida…”

Las reflexiones en ese cuadernillo continúan si un orden lógico. Pretenden ser apuntes filosóficos y se convierten en confesiones propias, en el recuento del reciente fracaso en el Congo para internacionalizar la lucha armada, en el primer descalabro de la Guerra de guerrillas a manos de su mismísimo escultor. Son las casi ilegibles letras de un médico que asume una posición crítica ante la Unión Soviética por el nulo apoyo hacia los movimientos de liberación nacional en todos los continentes.

El Vázquez Rojas de Praga es el Ramón Benítez que viajó al Congo y el próximo Sergio Mena que irá a Bolivia como empresario uruguayo. Pero si uno se detiene en las fotografías de estos tres personajes y analiza con cuidado el arco de las cejas, la profunda mirada y las protuberancias en la frente –producto del constante uso de inyecciones de cortisona por el lacerante asma–, va reconociéndose al principal ícono de la revolución mundial y al símbolo mundial de la rebeldía ante la injusticia: Ernesto Che Guevara.

En el libro Cuadernos de Praga, el escritor argentino Abel Posse aborda una de las etapas más difusas (e incluso mejor guardadas) del llamado guerrillero heroico.

El estrepitoso fracaso en la lucha armada en el Congo y la imposibilidad de regresar a Cuba por los hechos consolidados meses antes, sobre todo la carta a Fidel Castro, que hace pública en un acto masivo (“Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi responsabilidad de ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de cubano”. “Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos”) orillan a Guevara de la Serna a estacionarse por tiempo indefinido en esa ciudad medieval, en donde recorre sus calles góticas planeando el siguiente frente de lucha y dialogando a ciegas con Kafka.

Ahí determina –rodeado de sus hombres más cercanos y con el disfraz de burgués español—que el nuevo foco insurreccional sería en Bolivia, no en Perú, y todo ello escabulléndose de los servicios secretos de inteligencia de Moscú, Washington, Pekín, La Habana y Praga.

Y en esos diálogos taciturnos del exilio voluntario, Posse pone a hablar al Che en un hipotético diálogo interior de esos días, y al Comandante le surge la pregunta: “¿Estás seguro de que éste es el mundo que quieres imponer? Seguramente éste no”.

 

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