Ciclismo, comunicación y naturaleza, un asunto de equilibrio

Por Rodrigo Bengochea 

Hace más de dos décadas que practico ciclismo. Muy al inicio probé con el ciclismo de montaña, me llamaban mucho la atención los senderos. Me emocionaba la posibilidad de internarme en la montaña y perderme por algún tiempo dentro de zonas boscosas pedaleando y viendo árboles, pasto, animales, piedras, tierra, hasta lagos y ríos. 

El aprecio que siento por la naturaleza con toda seguridad tiene algo de su origen en el ciclismo: al llegar al lugar donde íbamos a pedalear empezaba la emoción detonada por infinidad de experiencias sensibles difíciles de describir por escrito, como la humedad en el ambiente, el sonido del bosque, el viento, el frío de la mañana, la ilusión de empezar a recorrer paisajes, el gusto por ver a los colegas que poco a poco llegaban y se preparaban para el viaje…  

Al narrar cómo descubrí mi aprecio por la naturaleza de la mano del ciclismo sin duda soy un poco egoísta, es decir, puedo narrar la satisfacción que me producía vivirla, disfrutarla.  

Sin embargo, no es sino hasta varios años después que hoy reflexiono en la forma como entendemos la naturaleza las sociedades modernas y en qué estamos fallando a la hora de pensarla: creo que entre otras cosas estamos fallando en nuestra comunicación con ella. 

Es decir, hemos pasado siglos viendo a la naturaleza como una fuente de recursos para el desarrollo y hemos utilizado de manera más o menos eficiente esos recursos pensando que la naturaleza es generosa y nos da todo eso que necesitamos de manera desinteresada, pero como sus códigos de comunicación no son los nuestros no hemos hecho el menor esfuerzo por “escucharla” y actuar en consecuencia de sus mensajes tan contundentes. 

Las sociedades crecen y requieren cada vez de más recursos naturales, por eso han dejado de funcionar los pensamientos medianos que argumentan “siempre se ha hecho así”.  

Efectivamente, el desgaste de los servicios que nos dan los ecosistemas quizás no es perceptible en la medida de vida de una persona, pero como civilización tenemos la facultad de contar historias, de hacer historia, de conocer esa historia y entender las tendencias de diferentes fenómenos a lo largo del tiempo. 

Es por esto que resulta tan preocupante que nuestras acciones individuales y colectivas no sean contundentes en términos de buscar contrarrestar los efectos evidentes que hemos tenido en el desgaste de los servicios naturales que nos brinda la biodiversidad.  

Y no es inocente llamarlos servicios naturales, porque desde nuestra perspectiva utilitarista sólo veremos la lógica del agotamiento de la naturaleza si la entendemos como un servicio, un servicio que requiere estudiarse, afinarse y pagarse, para mantener su funcionamiento en estado óptimo. 

Hay una frase que se atribuye al filósofo Michel Serres que sirve para referirse a lo que me interesa exponer en este texto:  

«Si usted tiene un pan y yo tengo un euro, y yo voy y le compro el pan, yo tendré un pan y usted un euro […]. Este es, pues, un equilibrio perfecto.

Pero si usted tiene un soneto de Verlaine, o el teorema de Pitágoras, y yo no tengo nada, y usted me los enseña, al final de ese intercambio yo tendré el soneto y el teorema, pero usted los habrá conservado.

En el primer caso, hay equilibrio. Eso es mercancía. En el segundo, hay crecimiento. Eso es cultura.«

Así pues, se trata de comenzar a encontrar esos espacios donde los intercambios con la naturaleza a cambio de sus servicios naturales consigan un equilibrio perfecto, en términos de negocios o mercancía, pero también en términos de esos espacios donde esa naturaleza, su aprecio y cuidado regresan a formar parte de nuestra cultura, para encontrar esos equilibrios que nos lleven también al crecimiento, como lo describe Serres. 

Aunque ya hace tiempo me he decantado por el ciclismo de ruta, la experiencia de recorrer bosques en bicicleta tiene un precio: pedalear, pedalear durante varias horas hasta llegar a los lugares donde uno quiere disfrutar, relajarse y pensar. 

Pero también tiene el precio comprometerse a no alterar o afectar negativamente ese espacio que disfrutas porque, aunque no sea perceptible, quizás en la medida de vida de las personas, ese espacio detonante de tantas satisfacciones y sorpresas podría convertirse en un basurero que sólo produzca pena, nostalgia y pocas ganas de subirse a la bicicleta. 

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