Cinco de enero

Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Mónica Loya Ramírez

 

Cuando era niño me encantaba que empezara el año, tal vez porque los Reyes Magos venían en camino y no podía esperar para tener más regalos, además de los de navidad. Esas noches de no poder dormir por los nervios y los nervios de mis papás porque no nos dormíamos.

 

Mi hermana y yo nos íbamos durmiendo ya como a eso de las tres de la mañana y teníamos como regla que el primero que despertara tenía que despertar al otro, así que a las cinco de la mañana corríamos a despertar a mis papás para darles la noticia de que ya habían llegado los Reyes Magos y leíamos esas cartas que ellos nos dejaban, las sillas movidas, el balcón abierto y un polvo como de oro regado en el piso, ese polvo que se caía de sus capas.

 

De haber podido, hubieran dejado caca de camello, elefante y caballo en los sillones para hacer más realista el escenario. Mis padres con cara de emoción para ocultar su cara de sueño y desvelo, pero era muy bonito eso. Después, mientras vas creciendo, te enteras de algunas verdades y piensas ¿cómo es posible que dos personas, en algunos casos sólo una, tenga tanta imaginación para poder hacer feliz a unos niños?

 

Recuerdo una noche de 5 de enero en los ochenta que Jacobo Zabludovsky, en su noticiero, dijo que estaba muy nublado y que los Reyes Magos podían perderse. Mandaron un helicóptero con sus luces prendidas para que los Reyes Magos encontraran el camino y pudieran dejar sus regalos a los niños que se portaron bien. Esa noche me sentí más tranquilo porque ya les estaban indicando el camino.

 

También una ocasión que yo ya empezaba a sospechar, les dije a mis papás mis suposiciones. Mi papá me dijo que si dudaba de ellos no me iban a traer nada. Yo sólo tenía 28 años, ah no, como siete, y pues tuve que editar mi carta y ponerles un postdata en el que les pedía disculpas, diciéndoles que no volvería a dudar de ellos.

 

Cuando los Reyes Magos llegaron a mi casa una noche de 1987, me dejaron un tráiler a control remoto “Ensueño”. Al otro día nos reunimos con unos conocidos de mis papás y el imbécil de su hijo llevó sus juguetes y yo mi tráiler nuevo. El pendejo me rompió el volante del control remoto y mi tráiler nuevo dejó de servir. Un día me duró el gusto.

 

Al año siguiente llevé mis Tortugas Ninja que me habían traído los Reyes Magos a la escuela y la maestra me las quitó. Tuvo que ir mi papá por los juguetes y me los castigó un tiempo, un tiempo que duró como diez años.

Pero el día que me acordé (y él también) los sacó de una cajita, junto con unos Micro-Machines, esos carritos en miniatura que estuvieron de moda y unos Gi-Joe, muñecos de acción. Sentí como si volviera a ser niño.

 

Ahora ya mayor, la depresión post fiestas decembrinas me dura como una semana, además de que viene la quitada del árbol y tratar de cumplir con los propósitos que hice atragantándome con las 12 uvas y la sidra, pero siempre es bueno empezar, tienes ese dejo de esperanza en que todo lo que viene será mucho mejor, que todo lo malo del año pasado se ha olvidado.

 

Sigue como un mes en lo que te acostumbras que estamos en el 2018 y dejas de escribir 2017. Te haces un año más viejo. Muchos quieren empezar el año comiendo menos, dejar de fumar, dejar de tomar, tratando de hacer menos corajes, haciendo ejercicio. Claro que hay gente que sí lo cumple.

 

Ojalá que este año sí pueda con algunos, como el de engordar más para que me quede la ropa que mi papá me dejó de cuando era gordo, porque él si cumplió el de adelgazar en el año 2016. Pero todos esos son propósitos personales. Voy a dejar de hacer… Voy a tratar de… Voy a hacer menos…

 

Podría ser una buena idea una lista que diga: “Voy a ceder el asiento 50 veces en este año. No voy a tirar ni un papel en la calle en este año. Le voy a dar de comer a cien perritos de la calle en este año. Voy a abrazar a mis familiares y amigos a diario. Este seis de enero voy a traer en mi mochila 15 juguetes para regalarlos a niños de la calle”… Pero solo son suposiciones.

 

Esa temporada en la que viví solo, ese cinco de enero por la noche, me fui al tianguis cercano a mi casa. Era la una de la mañana y había mucha gente con bicicletas, muñecas y demás juguetes cargando con prisa, además de muchos puestos donde vendían, café, botanas, hamburguesas, tamales. Todo era como una fiesta.

 

La gente regateaba por el juguete de moda y yo sólo me paseaba por ahí, con una michelada de esas de un litro con madre y media, porque también venden micheladas para esos Reyes Magos que andan sedientos. Observaba y tomaba nota para cuando necesitara andar en una situación de ese tipo.

 

Me fui caminando a mi casa, solo y mirando al cielo, donde se veían esas tres estrellas que son los Reyes Magos, esas tres estrellas que, si no me equivoco, son el Cinturón de Orión, pero para mí siempre fueron Los Tres Reyes Magos.

Afortunadamente los Reyes Magos siempre nos trajeron lo que pedíamos.

 

Cuando pedí el Nintendo, los Reyes Magos no sé por qué razón no iban a poder pasar por mi casa. Entonces lo dejaron días antes con mis papás en el closet donde mis papás guardaban su ropa.

 

¡Qué buena onda! Ellos previenen todo, bueno, al menos eso me dijeron mis papás esa vez, pero lo que más me sorprendió es que mis viejos tenían contacto directo con los Reyes Magos, o sea, ellos fueron a mi casa días antes del cinco de enero y hablaron con mis padres y les pidieron el favor de guardar mi Nintendo. Se siente como si tus papás fueran compadres de Santa Claus o algo así.

 

Todas esas historias y recuerdos me van a servir mucho para cuando tenga hijos. Ojalá les sirva algo de lo que les comparto para sus hijos, sobrinos, nietos, etc.

 

Nos vemos en la Rosca de Reyes.

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