Cipriano no regresó, pero dejó su aroma

Por Rivelino Rueda

Foto: Mónica Loya

Habrían pasado trece días desde la celebración de San Judas Tadeo, que es cuando suenan recio los cohetones al otro lado de Viaducto, en la colonia Buenos Aires, y el hedor a mierda todavía se mantenía en el ambiente. Don Cipriano* sólo había estado en esa esquina una noche. Y en esas horas desparramó el cuerpo, las entrañas y la rabia de las buenas costumbres.

El olor punzante e indescifrable no pudo ser controlado ni siquiera por las tres paladas diarias de cal viva. La sepultura atroz de los mendrugos fecales de Don Ciprianoencolerizaron a las familias del área.

Unas ocho estirpes que viven de la apariencia encararon con furia a “El Chambitas”, el sujeto bigotón y de enorme barriga que se ostenta como líder vecinal, que más bien juega el papel de “oreja”, “chivato” y “matraquero” de los últimos gobiernos panistas en la Alcaldía Benito Juárez.

Y sí. “El Chambitas” y las familias atrincheradas con cubre bocas, con aerosoles de aromas variopintos y con rostros de indignación eleática, acordaron una solución acorde a los caprichosclasemedieros del barrio.

No. Nadie chistó siquiera la posibilidad de recurrir a un centro de ayuda para personas en condición de calle o a alguna organización civil dedicada a apoyar a personas con problemas de salud mental. No. Se determinó llamar a la policía.

¿Pero si Don Cipriano ya no estaba, ya se había ido desde hace tres días de ese lugar por su propio pie?

Ah. Los vecinos exigieron que si Don Cipriano se volvía a parar por ahí, se lo llevaran.

La aporía era excelsa. Monumental. Todos regresaron satisfechos a sus hogares. El hedor bíblico seguía ahí…

La cal viva jugó a favor de la naturaleza. Y de Don Cipriano.

***

Reducido a escombros óseos, jirones quiméricos de materia inextricable y trozos entreverados de cabellos cetrinos, Don Cipriano ocupó esa pared áspera y rugosa, en la calle de Concepción Méndez, en la Colonia Atenor Sala, en el atardecer del 27 de octubre.

Parecía más un amasijo de tallos secos y madera quebradiza, que un hombre en situación de calle.

Desparramó el cuerpo entre las poderosas, pero vetustas raíces de una jacaranda y un pirul. No pasó ahí ni un día completo. Cenó unos trozos de pollo ya a medio comer. Concentró el hambre en roer los huesos del animal que, más tarde, terminaron de devorar perros, gatos y ratas. Y en los siguientes días hormigas rojas y ejércitos endemoniados de asqueles carnívoros.

Emergió del sueño como de un desierto viscoso. Ahí amaneció. En el mismo sitio. Los delirios de la noche se arremolinaron en el único ojo visible de Don Cipriano. Desayunó puñados de arroz que antes trituraba con sus largas y percutidas uñas negras.

Algunos mendrugos llegaban a la boca hinchada de pus y costras. Otros granos aperlados rodaban hasta las horcajadas, donde enjambres de moscas se disputaban a muerte el banquete matinal. Pero gran parte de la ración se convirtió en una algara que invadió la banqueta enmohecida.

Ahí se quedó unos instantes. Con un aspecto belicoso y maniaco. Emitiendo balidos y berridos. Luego gimió y cayó de bruces como muerto.

Nadie supo su nombre porque, como en la mayoría de estos casos, las personas optan por bajarse de la acera, rodear “el problema” cubriéndose nariz y boca, y enfilar indiferente hacia “las cosas más importantes”.

Con el otoño se van acortando los días. También el sueño. El hambre. Los recuerdos. Las lluvias intensas del verano. No así los aromas. Esos como que se tatúan en el aire. Como que toman fuerza con los lodazales y con las hojas secas

En ese ambiente Don Cipriano aflojó el cuerpo de miseria. Exprimió las entrañas. El hambre. La Hidra de un hombre en la etapa terminal. Luego vino el caos.

***

Raras veces la ira aprieta tanto. Lourdes –la señora de poco más de sesenta que puntualmente sale de su casa a las 12:00 del mediodía a darles de comer a un félido de gatos sin dueño (unos siete aproximadamente)— fue la que primero se percató de la hecatombe respiratoria tan sólo cruzar la puerta.

A menos de dos metros yacía la gracia inmanente de Don Cipriano. El viejo abismal ya no estaba en el sitio que ocupó por unas horas. Pero la irradiación opaca de su silueta permanecía plasmada en la pared rugosa. Habrá sido cuestión de minutos cuando el anciano expulsó el infierno hirviente de las entrañas.

Todavía a las diez y media de la mañana,Don Cipriano se mostraba como un pequeño chacal herido. Con una risita atonal que formaba parte del volumen del silencio. Con unas gafas anaranjadas para natación ceñidas estrafalariamente a su cabeza, pero sin uno de los plásticos oculares. Con pies descalzos, pantalones raídos de mezclilla y playera ruinosa impregnados de lava negra incandescente.

Ya no estaba. Sólo dejó una cartografía de histeria. Hendiduras de cólera. Arqueos de náuseas remotas. Yedras de ira. Ojos secos y descoloridos. El núcleo del núcleo del núcleo de la peste.

***

“¡Esto no es posible!” ¡Esto no es tolerable!” “¡Llamen a una patrulla!” “¡Ese señor no puede regresar aquí!”

Los alaridos de la señora de los gatos desentumieron a todos los vecinos del perímetro. Alguien corrió por una pala, una cubeta y cal que había quedado de una remodelación reciente en su casa.

Nada alivió la densidad en el aire. La mierda al rojo vivo, expulsada por Don Cipriano a los pies de la jacaranda, se aferró al tiempo y al espacio. A la materia cósmica y al fulgor satánico.

Así trascurrieron los días y el hedor. No se trataban de sucesos hiperbólicos consumados. No. La sustancia nauseabunda ya habitaba en parte del barrio. La hipérbole más bien surgió de la histeria colectiva.

Trece días y el viento del otoño precoz no había dispersado el intrincado pacto entre la atmósfera, las entrañas de un hombre en sus últimas horas, la cal viva y la tierra seca, adolorida.

Si. Eso ocurrió después de trece días, porque en la noche los cohetones retumbaban en el cielo por la festividad religiosa y los perros no paraban de aullar desesperados por la tortura.

Los policías que llegaron al lugar del siniestro –como fue acordado por “El Chambitas” y los vecinos—se hablaban a gritos con la masa colérica. Los tronidos en el cenit de la bóveda celeste impedían una charla a tres pasos.

Los oficiales tomaron nota. Verificaron el aire. Observaron la sepultura de yeso. Todo de lejos. Prometieron que buscarían al responsable. Que sería bueno que fueran a presentar una denuncia para abrir una carpeta de investigación.

Recomendaron llamar al servicio de limpia de la Alcaldía Benito Juárez para “eliminar ese olor”. La tranquilidad regresó al rostro de los vecinos. Parece que un uniforme es un placebo eficaz para las personas de esta zona.

De Don Cipriano ya no se supo nada. Fue un espasmo violento que languideció y se fue difuminando en no más de quince días.

A veces los perros del barrio husmean con delirio en ese sitio. También a veces algún vecino con paranoia deposita unas paletadas de cal viva.

 

*No es el nombre original del señor. Cuando se le preguntaba por su nombre sólo carcajeaba o respondía con un diálogo incoherente.

 

 

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