Columbine, el terror en casa

Por Murielle Sánchez Montoya

 

Abril 1999. En la foto escolar aparecen, arriba, del lado izquierdo, Eric y Dylan. El primero lleva una gorra y lentes negros, el segundo abraza a una joven rubia.

Ambos apuntan a la cámara con falsas armas creadas por sus manos y dedos. Sonríen. Sus compañeros de generación posan y sonríen también.

 

Dos semanas después Eric Harris y Dylan Klebold dispararían armas verdaderas. 15 muertos, 24 heridos. Con eso grabarían para siempre el nombre de Columbine en la memoria de los estadounidenses. Memoria que se escribe en los medios de comunicación, con todo y las exageraciones y mentiras propias de un suceso en donde se piden culpables a gritos.

 

Eric y Dylan ya habían tenido rozes con la ley. En 1997, la policía se había interesado en Eric por los violentos escritos y amenazas de muerte que publicaba en su blog. Los padres de uno de los jóvenes amenazados, Brooks Brown, amigo de infancia de Harris acudieron a la policía, inquietos. Sin embargo, y a pesar de que ya se había creado un expediente, los padres de Brown no demandaron y el joven Eric cerró el sitio web. “Brooks, ahora me caes bien. Sal de aquí. Ve a casa.” Sería lo que Harris le diría a Brown minutos antes de los primeros disparos.

 

En 1998, menos de un año antes de la masacre, fueron detenidos y enjuiciados por robo; obligados a trabajo comunitario y visitas con un psicólogo. Harris asistió también a clases de control de la ira. Ira.

La palabra que Klebold portaría, escrita con letras rojas sobre su camiseta el día de la masacre mientras Eric usaría una con la expresión selección natural en letras blancas.

 

Eric y Dylan escuchaban música, tomaban antidepresivos y jugaban videojuegos. Como muchos otros. Pero Eric y Dylan habían ordenado un pequeño arsenal por internet. Hi-Point 995 y Springfield para Eric quien se suicidaría con un tiro de la última en la boca. Stevens 311-D y TEC-9 para Dylan que acabaría también con su vida al dispararse en la cabeza.

 

“Uno, dos, tres”, serían las últimas palabras que escucharía Patti Nielson, profesora que se escondía de ambos en un salón de descanso, antes de la descarga suicida.

20 de abril de 1999. 15 muertos, 24 heridos y los culpables no estaban presentes para explicarse. En el banco de los acusados: los videojuegos, la música, el acoso escolar y hasta Marilyn Manson. ¿Y las armas?

 

Las armas fueron ordenadas y conseguidas por los menores de edad con la ayuda de dos amigos, Robyn Anderson y Philip Duran. Además de éstas, fabricaron bombas de propano que  colocaron en la cafetería de la escuela.

 

Su plan original era dispararle uno por uno a los estudiantes que huyeran heridos después de la explosión. Afortunadamente -pues en ese momento se encontraban 488 estudiantes comiendo- las bombas fallaron y Eric y Dylan cambiaron de planes.

 

Le dispararon aleatoriamente a sus compañeros. Perdonaron a unos. Condenaron a otros. Sin sentido.

 

Los medios repitieron que Eric y Dylan odiaban a la sociedad, que estaban enfermos y, como siempre, cuando de tragedias se trata en países extremadamente religiosos, se cuestionó la falta de fe de los asesinos.

 

Aún hoy, los motivos precisos son desconocidos, quizás porque no los había. Quizás porque Harris y Klebold habían acumulado ira durante años y decidieron, de manera lógica, racional y planificada con un año de antelación, descargar toda su ira en la institución escolar. No fue un ataque repentino. No fue una explosión de odio. Fue, como algunos medios afirmaron, un ataque terrorista más que un tiroteo.

 

Infundieron terror en la base misma de la estructura estadounidense y cuestionaron sus valores más fundamentales.

 

¿Qué papel tiene la escuela en la vida de los estudiantes? ¿Por qué los profesores no hicieron nada al ver como eran acosados Eric y Dylan durante toda la secundaria? ¿Por qué ni la policía, ni los psiquiatras, ni los padres se dieron cuenta de su inestabilidad? ¿Cómo pudieron acceder a tales armas?

 

Eric y Dylan no provocaron una crisis en Estados Unidos. Mostraron a qué punto ya estaba en crisis el país y, quizás, también mostraron el precio de hacer que la violencia forme parte de la identidad nacional.

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