¿ES CORRECTO SER TAAAAAN POLÍTICAMENTE CORRECTOS?

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Ser, decir y actuar en lo ‘políticamente correcto’ nos está mutando a que nos volvamos seres humanos más respetuosos, tolerantes y como más prudentes. En apariencia parece que es así, los que venimos de familias en donde el respeto es básico lo hemos entendido siempre, pero si además de esto, provenimos de familias en donde el humor, el sarcasmo, la burlita -en el puro estilo mexicano- es parte de la convivencia (como la mayor parte de las familias mexicanas), sabemos que no siempre se puede ser ‘políticamente correcto’.

Recuerdo que antes si a alguien se le salía un cuento en donde estuvieran involucrados negros, homosexuales, señoras fodongas, gordos, niños con mocos, ‘inditos’, borrachos, mujeres, acostumbrados a esa risa fácil al más puro estilo Polo Polo, escuchábamos y repetíamos estúpidos o adiestrados chistes que sólo los mexicanos entendemos. Y ¿qué creen? No pasaba nada, el gordito podía escucharlos y no se ofendía, lo mismo el borracho y el indito. Nunca fue personal, no se recurría a una humillación directa, al menos no en los ochenta.

Con los años y por los diferentes casos de bullying, acoso, respeto mundial, las marchas a la comunidad LGTBTTTI, racismo  y tantos terribles tipos de violencia explícita, los mexicanos hemos tenido que aprender a este respeto universal que aún sigue costando vidas. No nos ha sido fácil, ahora en tooooodos los entornos públicos, llámese fiestas familiares, de amigos, en facebook y twitter,  no se debe hablar mal de nadie, quizá, sólo con indirectas a enemigos propios.

El humor mexicano es, a mi parecer, de los más encarnizados del planeta, nos burlamos hasta de la muerte y de las situaciones más dolorosas,  así que por años nunca habíamos visto mal burlarnos de alguien, hasta que, llegaron estos tiempos en donde ser políticamente correcto es ‘cool’ y necesario. También es necesario, lo aclaro.

Ante esto: ¿Perderemos los mexicanos este humorcito? Les compartiré una experiencia que viví hace ya algunos años. Fue en Friburgo, una ciudad universitaria, bella y tranquila en un país en donde cada año se lleva a cabo un foro económico mundial. Periodistas de muchos países fuimos convocados a esos seminarios en donde un orador de un país de primer mundo les dice a los demás ponentes del  tercer mundo que son solidarios y que hay mucho qué hacer, que es horrible ser pobre, tener hambruna y bla bla bla. Al final, todos se abrazan, comparten e-mails y los problemas mundiales siguen igual o peor.

En un tiempito libre que tuvimos entre convencióin y convención, todos los latinoamericanos nos pusimos de acuerdo y nos fuimos a un agradable barsillo ubicado en el centro del pueblo.  Ya se imaginarán, reunidos éramos el gritadero del lugar, bailábamos salsa y todo tipo de ritmos, pero de pronto a alguien se le ocurrió comentar que había sido testigo en las regaderas comunitarias en donde le tocó hospedarse,  que los compañeros de origen africano tenían un pene enorme, bastó para que mujeres y hombres provenientes de Argentina, Colombia, Perú y México, entre risa y risa, soltáramos de repente la palabra “negro” como si nada, y nunca de forma ofensiva, sino hasta un poco vanagloriándolos.

Todo éramos miembros de un organismo católico internacional (además católico, ‘madre de dios!), y de África nos acompañaban varios colegas. El único suizo presente en el bar, un buen chico que se veía sacado de un episodio de Heidi, se molestó inmediatamente y se cambió de mesa. Horas después nos estábamos enterando que en Suiza está prohibido utilizar siquiera la palabra ‘negro’ y que era altamente agraviante. De esto ya tendrá como veinte años, ¡imagínense! ¡Cómo en el Primer Mundo ya hay un respeto implícito a base de las prohibiciones!, supongo que así se tuvo que hacer ante la migración de población mayoritariamente  africana.

Todo muy bien, pero respondiendo a mi propia pregunta: ¿Perderemos los mexicanos el humorcito? Claro que no, seguimos siendo burlones y mordaces, pero quizás si llega la república moral (¿o cómo era?) nos empezarán a prohibir de todo por ser tan malos.

Yo la mera neta no puedo evitar mi sentido del humor medio acidito, de hecho hace apenas unos días hice uso de él, cuando alguien aseveró que le agradó mucho la película Pantera Negra y yo enseguida comenté: “demasiados negros”. Debo reconocer que lo pensé, pero enseguida actué y me dije a mí misma, esta chica sabrá que es una broma, no sus seguidores, claro está. Obvio no soy racista, mi esposo es prietito y mi hija apiñonada, pero entonces ¿ya no podemos ser sarcásticos?, ¿les cae?, ¿tampoco me puedo mofar de ese amorío tan viscoso entre un hombre pez y una mujer?

 

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