Corredor Roma-Condesa; entre el turismo sísmico y las formas de autogobierno

Por Argel Jiménez

Foto: Eréndira Negrete

26 de septiembre del 2017. La avenida Álvaro Obregón luce mojada por un aguacero. A exactamente ocho días  del primer terremoto que ha vivido la Ciudad de México en este siglo. El edificio derrumbado con el número 286 luce sitiado por personal de rescate, militares y policías. Desde la Avenida Insurgentes  se puede apreciar  la enorme grúa color azul con blanco que ayuda a remover enormes lozas de concreto.

Al adentrarse por la calle que lleva el nombre del “Manco de Celaya” en dirección al derrumbe, se puede observar sobre el amplio camellón el centro de acopio que los voluntarios  montaron, los cuales, llenos de determinación y  entusiasmo (como en otras zonas del país), suplen las graves carencias que tiene el Estado fallido mexicano. Muchos de ellos son adolescentes y jóvenes. Discuten qué es lo que mejor conviene en ese momento y lo llevan a cabo.

Metros más adelante, unas vallas metálicas y una fila de granaderos con escudo tapan toda la calle, debido a que un día anterior los familiares de  las personas atrapadas en ese edificio les reclamaron fuertemente a las autoridades del gobierno local y federal (que suelen hacer mancuerna para reprimir y deslegitimar cualquier acción de protesta en su sexenio) su falta de transparencia y la nula información que daban.

Un día después de este incidente los ánimos lucen  calmados. Los familiares de las personas atrapadas cargan acuestas zozobra, impotencia e insomnio. Sus caras lucen con ojeras muy marcadas y la mirada perdida. No es para más.

Se tiene que rodear la calle Álvaro Obregón para poder llegar a ver de frente el edificio derrumbado. Sobre la avenida Oaxaca,  la imagen impone  y un escalofrío recorre el cuerpo. Lo que antes albergaba  una vida laboral cotidiana, ahora solo tiene sobre esos derrumbes  rescatistas que quitan meticulosamente concreto.

Sobre la avenida Oaxaca lucen instaladas tres lonas que sirven a los familiares para resguardarse de las inclemencias del tiempo. A esta hora la lluvia forma parte de su martirio (la demás familia se encuentra cerca de la zona de rescate para recibir primero que nadie cualquier información).

Los curiosos que se acercan a ver las labores de rescate quedan impactados. Sus rostros denotan angustia, miedo, y la mirada fija en algún lugar del derrumbe. Las reflexiones internas  pasan por todos ellos. “Yo pude haber quedado en una situación similar”, le comenta  una señora de unos cincuenta años a su esposo.

La lluvia cae con gran intensidad y se quita de repente. Los que observan buscan refugiarse en los locales cercanos o en las carpas de los familiares que rara vez quitan la mirada de la mole derruida. Algunos usan binoculares para ver más de cerca los trabajos. Nada los mueve.

En los ratos que no llueve los voluntarios ofrecen café, galletas, atole, tortas y jugos en envase tetra pack a todos los ahí presentes. Los policías  y militares aceptan los ofrecimientos y comen de manera rápida para saciar el hambre.

Todo el tiempo es un ir y venir de rescatistas, policías, militares y voluntarios, pero llama la atención  un pequeño grupo de militares con macana que pasa a cada rato por los lugares donde los familiares se resguardan en este momento de la lluvia. Los mal pensados y tendenciosos dirán que es para recordarles a los familiares que no tolerarán ninguna protesta más, los otros dirán que algo se les perdió y lo andan buscando.

En el terremoto de 1985, ante la inacción de militares, marinos y policías, la ciudadanía decía que estaban ahí, a un lado de las zonas de desastre, “cuidando que no viniera otro temblor”. 32 años después pasa algo similar.

En Álvaro Obregón 286 la noche y el día no existe para nadie. Unos escavan, otros cuidan, otros reparten comida y otros, los familiares, esperan que no les administren noticias.

***

28 de septiembre del 2017. La estación del Metro Chilpancingo luce con vida. Largas filas de usuarios buscan un boleto o recargar su tarjeta que los lleve de regreso a su casa. La gente entra y sale con cierta prisa. Aquí todo parece que vuelve a normalidad, contrastando con los días posteriores al terremoto del 19 de septiembre de 2017, en donde solo se veía uno que otro trabajador de la zona y una mayoría de jóvenes con cascos, chalecos de colores fluorescentes y cubrebocas, que se dirigían ayudar a la zona siniestrada.

Pero solo a las afueras del Metro se respira un aire de cierta “normalidad”, porque al adentrarse por la colonia Condesa se percibe la vida trastocada por los habitantes y comensales asiduos de los diferentes bares y restaurantes.

Hay listones por toda la colonia de color rojo y amarillo que indican que una construcción está dañada. Muchos de esos edificios lucen ladeados, con las ventanas abiertas, vidrios rotos y pedazos de concreto en el suelo. Los  edificios, en su mayoría viejos y uno que otro de tiempos no tan lejanos, fueron víctimas del movimiento de las placas tectónicas. Algunos otros listones se han caído y la poca gente que pasa no parece importarles el peligro que representa pasar por ahí.

Esos departamentos y casas que lucen abandonados a su suerte regalan estampas de una zona por la que pudo haber pasado una epidemia que alejó a la gente de ahí, o como los que huyen de una guerra.

El día luce nublado y desde las calles se alcanza a ver por los departamentos los muebles que alguna vez sirvieron en la vida diaria y que ahora el polvo y agua de lluvia los cubren sin que nadie se preocupe por ellos.

Los bares y cafés lucen con poca gente. La mayoría de los clientes se observan despreocupados. Platican, ríen, se emborrachan. Parece que ya pasó su preocupación.

El Parque México poco a poco vuelve a cierta normalidad gracias a los paseos obligatorios que les dan las personas a sus canes. También porque en la plaza principal jóvenes y niños juegan cascaritas de futbol, mientras un grupo de Jazz conformado por adolescentes endulzan el oído con sus melodías  sacadas por una guitarra, un bajo y una batería.

No muy lejos de donde juegan futbol, hay tres carpas que brindan atención psicológica. En ese momento atienden a dos mujeres que cuentan sus desventuras a partir del terremoto. Las especialista hacen gestos de comprensión a lo contado, después ellas darán una orientación esperando confortar a las pacientes.

Cerca de ahí una señora vestida de blanco le pasa a una muchacha joven que está acostada en una banca de color blanco, una olla por todo el cuerpo que hace sonar de vez en vez mientras su novio observa el rito.

El grupo de jazz  termina de tocar la melodía y los pocos que se encuentran ahí reunidos aplauden tímidamente. La triada continua con su música por largo rato, mientras un convoy de camionetas de la Policía Federal  hace rondines por el parque y sus alrededores (esperando que estos rondines sean de manera temporal por la emergencia nacional debido al terremoto y no una nueva fase en la que ahora se vea llena la Ciudad de México de policías federales y militares como otras partes del país).

El convoy se dirige a la calle de Ámsterdam, que se ve envuelta en un “turismo” peculiar (al igual que toda la colonia), que provoca el ver casas derruidas, edificios inclinados o coches aplastados por grandes planchas de concreto, y que parejas, grupos de amigos, hombres y mujeres solitarios, ubican por medio del buscador Google y que inmortalizan para la posteridad con fotos y videos en sus celulares.

“Vamos al de Ámsterdam y Laredo, ahí se cayó un edificio”, le dice una mujer de unos treinta años mientras ve su celular a su novio, para inmediatamente después dirigirse a la dirección contraria a la que iban.

Los letreros puestos mayoritariamente en departamentos con la leyenda “En venta”  o “Se renta” por parte varias de inmobiliarias y otros que ofrecen trato directo, son una constante en una de las colonias más afectadas por el terremoto.

Unos metros más adelante del derrumbe en la calle Ámsterdam, yacen sin que nadie les haga caso, los cubos de agua de las casas aledañas que fueron “testigos” de primera mano de la solidaridad coyuntural de los mexicanos, ayuda que fue valiosa para salvar vidas humanas no solo aquí, sino en todos los estados que se vieron afectados por el terremoto, mientras el Estado fallido mexicano se despabilaba para ejercer alguna acción de gobierno coherente que diera alguna certeza ante el desastre natural.

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