“Cuando estás en Nueva York, eres neoyorquino”

Por Daniel Lara Hernández

NUEVA YORK.– Nueva York, Nueva York, eternamente Nueva York. La gran manzana. La ciudad que nunca duerme. Es quizás por demás el tratar de hablar de este lugar sin caer en los clásicos adjetivos, recomendaciones y descripciones de siempre. Sin embargo, por supuesto que es tentador hacerlo. A decir verdad, me cuesta un poco de trabajo el alejarme de todos esos conceptos que, ciertas personas denominan como los aterradores “lugares comunes”. Créanme, no es fácil.

Al momento en que mi avión aterrizaba, en mi cabeza solamente había una cosa, el escalofriante pensamiento de la inmensa fila migratoria a la que uno se debe enfrentar cada que llega aquí.

Para mi sorpresa no fue así. No podía creer mi asombro al ver casi desolada esa sección. Por supuesto que es importante, pensaba, el tomar en cuenta que quizás la situación turística en los Estados Unidos había decrecido en los últimos meses debido al precio del dólar y la inevitable comezón que la sombra de aquél copetudo con bronceado falso provoca.

Pero no, lo cierto es que no había ningún conejo en el sombrero. Se trataba únicamente del lugar al que el avión había llegado. Y es que, aquí les va un tip: busquen una aerolínea que ancle en la terminal 4 del JFK. Lo van a agradecer.

Antes de salir a la intemperie, extraje de mi maleta un abrigo que ha sido fiel acompañante en distintos periplos. Es un abrigo delgado, no apto para invierno sino para la suave y aún presente despedida de los blancos fríos. Y de pronto, calor. Humedad. Realmente no podía dar crédito.

Era aún semana santa. Se supone que en esta época todavía debería de plantar cara el gélido viento. Pero no. Todo lo contrario. Le dije a mi abrigo al tiempo en que me lo quitaba: “Amigo, supongo que éste no será tu rodeo”. En ese instante, y ya con la desolada bienvenida de migración, me predispuse por completo a abrazar cualquier sorpresa que se dejara venir.

Me dispuse a tomar un taxi, ya saben, de esos que son conducidos por algún personaje de nacionalidad dudosa, con jeta y, que se la pasa fingiendo el suficiente interés por hacer conversación para después creerse acreedor a una bondadosa propina. Sin embargo, en ocasiones la plática que hacen es entretenida, siempre y cuando no sean interrumpidos cada tres minutos por su furiosa esposa que le reclama que no ha ido a su casa en días. ¿Cómo lo sé? Siempre ponen el altavoz.

Después de la media hora que dista a la ciudad del aeropuerto, los gigantes de Manhattan comienzan a hacer su aparición. Como si fueran inquebrantables centinelas que pretenden siempre ahuyentar a los curiosos con su inmenso continente.

A medida que se recorre la vía principal de acceso al túnel George Washington la postal se va haciendo cada vez más imponente. Se siente como si aquellas secuoyas de acero y hormigón tuvieran la capacidad de aumentar aún más su tamaño. A pesar de haber sido ésta la quinta vez que voy, la entrada sigue siendo un momento digno de apreciar.

Cláxones, helicópteros, aviones, vapor saliendo de las alcantarillas, puestos de hot dogs y pretzels, y el incesante y ensordecedor sonido de las sirenas. Así te saluda la que nunca duerme. No te da la mano de manera cordial, no, te azota con toda la fuerza de su dominio. Como sentir una patada de una bota militar en la mandíbula y sonreír porque te encanta.

Y sí, me encanta, así se siente. Formidable. Cómo hacer el amor con una amazona. Rudo. Excitante. Y bueno, mejor paso a otra cosa antes de que escriba algo lo suficientemente gráfico como para que me veten de por vida del medio y me amarren las manos para siempre.

Después de realizar el check in en el hotel, subir al cuarto, hacer la pertinente para técnica, estoy listo para salir a enfrentarme a la “citá”. Salgo, camino unas cuantas cuadras, con la nuca en la espalda de tanto voltear hacia arriba y me encuentro con mi primer bocadillo visual del día: la plazuela del Citi Group Center.

Aquí es el momento. Uno debe siempre de estar preparado para esto. Saco de mi mochila una singular bebida, un “jugo”, para fines prácticos. Le doy un trago, y al tiempo en que siento como mi garganta se abre, caliente, agradecida, con un gran y profundo suspiro digo “Hola Nueva York”.

La ciudad cobra vida. Manhattan y su perfecto trazo cuadricular únicamente se puede disfrutar de una manera, andando. De arriba abajo, de un lado para el otro. Sintiendo con cada paso un nuevo renacer en la curiosidad eterna que nos hace ser hombres.  Escuchando la respiración de la gran metrópolis, viendo a su gente, oliendo sus aromas, desde el desagradable hasta el seductor. Sintiendo los latidos de la ciudad. Así se vive este lugar. Haciendo honor a un dicho común entre los habitantes: “Cuando estás en Nueva York, eres neoyorkino”.

Y sí. Cuando uno recorre grandes avenidas como Madison, Park, la Séptima o Broadway, se enfrenta a un inacabable mar de diversidad de lenguajes, de color, de miradas. Una plétora infinita de culturas. Una Torre de Babel horizontal. Aquí no hay estadounidenses, italianos, irlandeses o mexicanos. Aquí hay neoyorkinos.

Los grandes edificios recrean perfectamente lo que se siente transitar por un gigantesco laberinto. Son paredes. Son murallas. Acariciando con el viento que repelen, de manera un tanto brusca, a los andantes que se dirigen a todas partes. Siempre con prisa. Siempre rápido. Hablando por teléfono, silbando o con la mirada vacía. Incansables, con el espíritu en la boca, en las piernas, en los ojos. Alguna vez, un tipo que gustaba de tocar el piano y usar lentes de cristal redondo dijo: “En Nueva York nada sorprende”.

Cual ave fénix, Nueva York ha resurgido de entre las cenizas una y otra vez. Ya sea a causa de las guerras de alma que se solían sostener en las entrañas de sus calles, los feudos de los grandes y muchas veces idolatrados capos italianos, o por las catastróficas y fatales apuñaladas que su pareja favorita recibió, Nueva York ha caído y se ha levantado. Reiterando lo que mencioné anteriormente, aquí el espíritu no es algo que se encuentre en el interior, aquí son las personas las que se encuentran dentro del espíritu.

El exhalar de la ciudad es un constante trajín de vibraciones. Desde su inmensa red de transporte subterráneo hasta los cielos surcados por el tránsito aéreo de seis aeropuertos. A veces pienso que la única ocasión en la que este plantea fue testigo de cielos tan ocupados fue cuando los majestuosos pteranodontes surcaban las inacabables planicies de aire.

Pero dejando atrás todo el estrépito de los gritos urbanos, y deslizándose cabalmente hacia el sur, uno da con barrios como Soho, como el Village o como la sonriente Pequeña Italia. En estos lugares la vida es distinta. Es menos acelerada. Digamos que es el lugar al que te podrías ir cuando te acaban de partir el corazón a la mitad y andas en busca de un buen vino para zambullirte con todo y ropa y olvidarte del mundo por unas cuantas horas. O bien, también es ideal para pasear a tu perro.

Este lugar tiene como un toque de limbo entre lo que es el dominio del dinero, hacia el sur, y el trajín del comercio, hacia el norte. ¿Pero saben qué?, aquí hay algo que ninguno de los dos reinos anteriores posee. Aquí está el pan. Aquí está la comida. De todo, desde las bohemias delicias mediterráneas de los grandes conquistadores de la antigüedad hasta las modernas y absurdas porciones que te sirven en los restaurantes de categoría Michelin.

Hay de todo. Lo que quieras. Claro, hay que saber dónde buscar, porque, por ejemplo, el mejor restaurante de hamburguesas de la ciudad se encuentra escindido en un oscuro callejón en el más inesperado de los lugares, además es del tamaño de un salón de clases. Ojalá cuando vengan puedan encontrarlo. Un consejo, si lo encuentran entren, no se espanten, de verdad. Confíen en mí.

Y de noche, la ciudad se viste con sus mejores galas. Porque, claro, ¿para qué otra cosa puede servir la noche sino para deslumbrar? Una tras otra, las destellantes luces comienzan a desfilar por el negro abismo de la oscuridad. Pareciera que bailan, que compiten entre ellas para descubrir cuál es la que se endulza más con las miradas de los mortales que, enamorados las observan.

Es entonces cuando se debe de pasar por alguno de los muchos puentes hacia el otro lado. Hacia Queens, hacia Brooklyn, y dar un paseo por todo lo largo del malecón del Río Este. Sintiéndonos Alfie en busca del sentido de la felicidad, o Woody Allen en algún momento de reflexión romántica.

Y es ahí, donde seductora, la urbe se presenta ante ti en toda su cegadora magnificencia. Me detengo y observo. A veces los ojos no nos son suficientes para apreciar aquello que nos da alegría. A veces nuestra boca no nos es suficiente para expresar aquello que nos hace sonreír. A veces nuestros pies no son suficientes para soportar aquella dicha que nos aplasta.

Es aquí, también, donde uno debe de sacar de nuevo su – ejem – “jugo” y tomárselo junto con la bella dama que se tiene en frente. Salud.

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