Cuando me lleve la Muerte

Por Astrid Perellón

Medianoche y heme aquí pensando sobre la muerte. No llegué a ese pensamiento por default, sino que amablemente se fue colando por asociación libre.

Todo empezó por mi abuela quien, ya cerca de los 90, no puede decirse que tenga una calidad de vida emocionante. Necesidades básicas físicas cubiertas sí, pero su senilidad le impide ser feliz. Eso se le ve en el gesto apretado de refugiada española; se lee cómo la mente bloqueó hábilmente el pasado hostil pero dejó la huella en un rictus que la hace intratable.

De pronto, se me ocurrió preguntarle a un libro (ya saben, como ese juego de hacer preguntas y abrir al azar un texto significativo o simbólico que pueda interpretarse juguetonamente o, como algunos asegurarán, mediante el fenómeno de la sincronicidad que explicaba Jung). <<Libro, ¿por qué mi abuela no se muere ya si no está pasándola nada bien?>>. Añadí mentalmente que además de ella, su entorno también padece la cadena de eventos desafortunados que parecen la trama angustiante y cíclica de Corre Lola, corre.

Fue curioso leer en la línea hallada a Eben Alexander, el neurocirujano estadounidense diciendo <<Considerar que este plano físico es lo único que importa es como encerrarse en un armario e imaginar que no existe nada más afuera de él>>.

Quedé perpleja. Así percibo a mi abuela; encerrada en un cuerpo como tantos otros estamos. Igualmente aislados dentro de una caja (torácica) con nuestras escasas referencias o creencias que aseguramos ciertas. Salimos de ese encierro sólo cuando llega la Muerte a quien tememos pero que, a decir verdad, nos remueve la venda de los ojos; nos quita un peso terreno de encima.

No podremos aclarar nunca qué nos espera tras tal acontecimiento ineludible (morir) pero sí podemos contarnos fábulas aquí y ahora que nos hagan la espera algo menos melancólica y más natural. Resignados a no saber la totalidad ni el meollo de la vida sino hasta conocer la muerte, seguimos andando, algunos cuerdos, otros seniles, unos más locos disfrazados de cuerdos pero, al final, engañándonos con un rictus o gesto practicado para aparentar conocimiento. Cuando, siendo sinceros, ni sabemos qué sigue ni qué haremos entonces.

Ideé entonces la precuela a mi epitafio: <<Cuando llegues por mí, Muerte, sé retórica. Abórdame con corrección y eficacia, embelleciendo el momento de abandonar este cuerpo terrenal. Quiero que me deleites, me persuadas y conmuevas. Qué a todos quede claro que no me llevas sino que yo me voy>>.

 

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