De chelas y ropas

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Mónica Loya Ramírez

¡Escójale güerita, bara bara,

si encuentra algo de su tendedero,

no me lo paga!

Todos necesitamos comer y nos encanta comer. En mi caso, soy un amante de la comida, me podría llamar un gourmet. Si me sobra esa salsita de un guisado o las papas o nopales del guisado, esas que se sienten solas porque ya no está lo fuerte, que es la carne o cualquier cosa, pues yo soy de esos que las aprovecha para hacer unos huevitos y aprovechar esa salsita.

Ahora me considero un “paladar exigente”. Ya saben que cuando pruebo un corte de carne cierro los ojos para sentir cómo los jugos recorren mi paladar y el sabor entra por mi garganta y sube a mi cerebro. Lo siento, soy carnívoro, espero no lastimar susceptibilidades.

Un fin de semana fuimos invitados a un desayuno a un lugar de Polanco. La comida muy rica y el ambiente agradable. Al día siguiente fui al tianguis a desayunar; micheladas y suvenires que nos aparecieron por el camino. No se digan los tacos de carnitas.

La ida a mear de cinco varos junto con el cigarro suelto. En Polanco pura gente bonita, en carros de lujo, en el tianguis, pura gente bonita con carros decentes, ¿la diferencia? Unos cuantos ceros, solamente, y ahí fue donde lo conocí.

Antonio Jiménez Alcázar, un vallet parking de ese restaurante de Polanco. Trabaja de seis de la mañana a ocho de la noche, sentado en un bote de pintura. Recibe tu auto, con mirada extraña, ve si tienes algún golpe en tu auto, por 150 pesos te lo lava. Lleva dos años, de lunes a sábado, trabajando para los quince años de su hija Susana.

Los domingos, en un tianguis, vende ropa de paca (esa ropa que viene en bultos que no se sabe exactamente su procedencia). Lleva ahorrados  23,000 pesos. Tendría un poco más pero los pasajes y una que otra jarra, que yo pienso que la tiene bien merecida.

Él tiene el tiempo encima. Los ensayos con los chambelanes también le han costado la comida y refrescos que esto amerita. Será una fiesta fenomenal, cerrará la calle y tiene padrinos hasta de hielos.

Me puse a reflexionar un poco en los eventos en los cuales he participado de chambelán y toda la gente bonita que se pasea por esos restaurantes, que puede ser que con dos meses de su paga pueden alquilar un salón para 500 personas y hacer una fiesta inolvidable en la playa.

Pero Antonio no tiene acceso a esas posibilidades y es el que estaciona tu auto y lo lava, esperando a que llegue marzo, para ver a su hija levantada por los brazos de sus chambelanes que son sus vecinos, primos y su novio Alexis. Esa sonrisa que vale la pena dos años de trabajo, esa sonrisa que lo hace levantarse temprano y mal comer, esa sonrisa que le va a durar el resto de su vida.

–Pero ahora con el Licenciado Andrés Manuel todo va a cambiar joven.

Él se expresa de esa manera conmigo porque no llegué en un auto propio, llegue en un Uber, ya que con mi carro tuve un accidente y ahorita me manejo en esas aplicaciones.

Entonces también, para acabarla de chingar, como no soy rubio ni de ojos de color y mi manera de vestir es informal, debe de pensar que soy de clase media, ¿media? Medio jodida o algo así… supongo y sí, sí lo soy.

En ese tianguis, cada domingo, esta Erika con su mamá, la chica que vende las micheladas. Gracias a los crudos que vamos cada domingo, sus estudios y su inteligencia, pagó su carrera de enfermería.

Erika es esa chica que si tú llegas crudo, te pregunta:

–¿Qué tomaste ayer, Carlitos?

Y según lo que hayas tomado te recomienda un trago para bajarte ese malestar. He ido muchos años con la doctora Erika. Así le llamo porque cura mis malestares de resacas, trabaja en hospitales y se dedica a darles bienestar a las personas. Tiene un buen corazón.

Recuerdo una ocasión que llegaron unos amigos por mí a mi casa, como a las ocho de la mañana. Venían en estado inconveniente. Fue un domingo. Me hicieron tomarme el resto de una botella de whiskey para emparejarme.

Llegamos con Erika. Apenas estaba poniendo su puesto de bebidas y nos instalamos. Mi amigo le pidió chance de preparar unas cervezas con lo que tenia ahí, yo apenado, dije que ya nos fuéramos. La doctora Erika dijo que sin problema. Estuvimos ahí como cinco horas, ellos ya en calidad de bulto y yo ya casi igual que ellos, Erika nos mandó en taxi a casa. Ella es de esas personas que te hacen sentir como en casa.

Recuerdo bien esos domingos con la familia. Ya cuando estaban recogiendo todos los puestos de ese tianguis, cuando ya es todo como gris, la gente se empieza a ir a sus casas, yo ya medio jarra y enfiestado, con un ligero sentimiento de que al otro día tienes que trabajar y levantarte temprano.

Antonio se levantó ese lunes con muchas ganas de hacer dinero, con todas las ganas. Se dijo que si trabajaba el doble de tiempo podría juntar un poco más de dinero y hasta contratar un mariachi o unos norteños, comprarle ese vestido que quería y no que su tía Lorena se lo fusilara y quién sabe qué tal quedaría.

Él se propuso: “Vamos a ir a la calle 20 de Noviembre y le voy a comprar ese vestido que vio en el aparador. Que su tía Lorena haga los recuerdos, poner en la mesa del compadre una botellita de Cazadores, quedar bien ante todos los invitados”. Él lo único que quiere es que todos hablen de esa fiesta y, sobre todo, que Susana nunca olvide ese día.

Faltaban dos semanas para los quince años de Susana cuando Antonio recibió esa noticia, la noticia que cambiaría toda su vida. Afortunadamente Antonio ese día recibió un cargamento de ropa de maternidad…

Antonio pospuso unos meses los quince años porque los va a juntar con el bautizo de su nieto Santiago y, ahora sí, no importa que no duerma pero va a aventar la casa por la ventana.

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