Deambular en la ciudad

Por Víctor Del Real Muñoz

Foto: Eréndira Negrete

Salir a caminar en la Ciudad de México implica encontrarse con una peculiar imagen de apariciones y escenas de desesperanza, de incertidumbre, de ansiedad, de movilidad inaudita, de estrés, de olores y tufos, de personajes decrépitos y miserables por culpa propia y del sistema, de ruidos molestos, de accidentes viales y de otros aspectos y problemas.

En la Ciudad de México podemos encontrar una gran variedad de pasajes comerciales construidos con lona y tubo, pero también con todas las de la ley en términos arquitectónicos y de diseño estructural, con lo último de la tecnología de vanguardia y lo más chafa de la fayuca china rematada; lo mejor de la ropa gabacha, pero también con las réplicas austeras de los jerseys de Messi y Cristiano, incluida la palomita y la leyenda “just do it”.

Coexiste una versatilidad de moda en las pasarelas urbanas de la calle y el Metro de esta gran ciudad capital, que va desde las chicas que visten, peinan y hablan con la novedad de la época para incentivar y cautivar los anhelos masculinos más sanos, pero también más perversos, de aquellos galanes que osamos posar ante ellas con lo propio de nuestro género. Todos actuamos en este gran teatro. Un teatro que, por cierto, se vive en otras ciudades del mundo a su manera.

Sin embargo, en la ciudad existen problemas de fondo, aquellos que los gobernantes esconden por los intereses a los cuales responden y rinden cuentas, problemas que a las industrias financieras e inmobiliarias les tiene sin cuidado, y que a la ciudadanía en general pareciera que les vale madre o les pasa desapercibido.

El desempleo, por citar un ejemplo, es bien claro y sobre todo visible. Esas caritas de angustia, de incertidumbre, esos lomos de espalda, llenos de presión, que la gente carga en el camión.

Es posible mirar de reojo esas carteras con pocos pesos y billetitos chiquitos, a veces arrebatadas por algunos maloras (pero seres humanos también), que ante la falta de expectativas la única chamba disponible está en tomar la fusca y salir a amedrentar y romper madres, para sacar lana y otras cosas de otros perfiles en similares condiciones de adversidad.

La ciudad deambula como puede. La ciudad a veces agoniza. No aguanta que más de treinta millones de hormiguitas le demos lata todos los días, que la ensuciemos, que la degrademos, que la contaminemos y que inclusive la sobreexplotemos.

Sin embargo, en términos de responsabilidades compartidas, aquellos rufianes poderosos y gobernantes burgueses cargan con más culpa que nosotros los ciudadanos comunes. Ni modo.

¿La ciudad tiene solución? No sé. ¿Existe voluntad popular para darle medicina y calmantes a la ciudad? Tampoco lo sé. Creo que en algunos de sus ciudadanos sí, en otros la apatía y la despolitización les nubla la capacidad de poder hacer algo.

Por ahora, lo único que queda es disfrutar de sus paisajes urbanos. Disfrutemos de sus montañas, desde los montes de Milpa Alta, pasando por el Ajusco y el Valle de Guadalupe, y que terminan en las serranías de Villa Nicolás Romero y Chapa de Mota.

Hagamos lúdico nuestro instinto y papel ciudadano aún en el contexto de la barbarie, aunque sé que para muchos citadinos esta petición romántica es casi imposible, ya que no es lo mismo vivir en la Nueva Santa María que en las faldas del Cerro de la Estrella.

Este no es un criterio clasista, al contrario, es una comparación dentro de un criterio de desequilibrio estructural derivado de las contradicciones de este modelo de vida social y económica del cual no solo es parte la Ciudad de México sino el mundo entero, y más en términos urbanos y de vivienda.

 

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