Del estrés, de la felicidad y de la buena comunicación

Por Rodrigo Bengochea 

Es curioso, y no lo es tanto, que la buena comunicación, cuando se parece a un diálogo, se percibe tan íntima que, generalmente, se confunde con amor o enamoramiento.  

Comúnmente crecemos con la expectativa de que esa forma de la comunicación que llamamos diálogo es una forma o herramienta de sintonizarnos con los demás. Por eso explicamos detalles, verificamos que se haya comprendido el mensaje, volvemos a explicar, volvemos escuchar (verificar)…  

Y resulta en una experiencia altamente satisfactoria sentir que hemos “alineado” ideas y conceptos en el otro y en nosotros, porque nos da la sensación de haber tenido una conexión real. 

Por eso mismo, cuando sentimos que esa conexión ha sucedido, cuando parece que se logró esa sintonía de almas como producto del diálogo, le damos un valor muy importante, elevamos la magnitud del logro al nivel del enamoramiento.  

O quizás es al revés, ya sea que elevamos el enamoramiento al nivel de esta muy complicada sintonía de almas conseguida mediante esa forma de la comunicación que conocemos como “diálogo”. 

Hace una semana vi por recomendación el documental “Del estrés a la felicidad”. Honestamente, el documental me parece una pieza no muy bien acabada en cuanto a narrativa y estructura, sin embargo, tiene la fortuna de contar con dos personajes que hacen olvidar todo lo demás: el sacerdote católico David Steindl-Rast, y el monje budista Matthieu Ricard. 

Escuchando con atención las explicaciones que los dos interesantes personajes dan al documentalista como guía para ir del estrés a la felicidad, me percaté con sorpresa de que no hay diálogos que busquen construir algo en conjunto. La postura adoptada por los protagonistas de manera permanente, aunque con humildad, es la del maestro, es la postura de aquel que está seguro de que sabe algo y lo va a transmitir. 

Pero mi sorpresa fue mayor cuando reparé en que las enseñanzas eran siempre un conjunto de ideas relativamente abstractas que permanentemente se mezclaban con expresiones corporales muy marcadas: cerrar los ojos, respirar de cierta forma, un movimiento de manos cariñoso, orgánico, un ritmo de habla pausado…  

Y el nivel de conexión que estas enseñanzas consiguen, no sólo con el documentalista, sino con el espectador, son demoledoras. 

Al poco tiempo de escuchar las enseñanzas de los protagonistas, el espectador (al menos fue mi caso) se siente profundamente interesado y se genera una especie de conexión que sin duda permanece como experiencia de vida. 

Bien, eso contrasta con la idea de que el diálogo es la mejor forma de generar conexiones, de conmover al otro. En el caso de este sacerdote católico y monje budista, sin duda una de las habilidades que más terminé por admirar fueron sus dotes de comunicadores.  

No únicamente de predicar, sino de transmitir mediante cierta vivencia ejemplar los caminos para escapar del estrés y entender esa forma de felicidad. …

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