Detenciones arbitrarias en el Metro marcaron temporada navideña

Por Rivelino Rueda

Foto: Priscila Alvarado

Los hijos y nietos del señor Pablo Sánchez no tienen la menor idea que este 6 de enero Melchor, Gaspar y Baltazar están en problemas y podrían no dejarles regalos. Quizá es por ello ese gesto melancólico de Don Pablo; quizá por ello las muecas de angustia; quizá por ello esa rabia contenida en esos profundos ojos color caoba.

Una serie de detenciones arbitrarias, extrajudiciales, masivas, a lo largo del mes de diciembre en distintas estaciones del Metro, por parte de elementos de la Policía Bancaria Industrial (PIB) y de la Policía Auxiliar, mantienen al hombre de 55 años devastado, desesperado, al borde de un colapso emocional.

Dos cartas circulan hoy en la mente de Don Pablo. Ambas son de máxima prioridad en estos momentos difíciles. Las dos carcomen por dentro.

Lo más probable es que una no tenga respuesta satisfactoria, la que dejaron sus hijos y nietos a los Reyes Magos. La segunda es más terrenal y espera una señal para que Claudia Sheinbaum, Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, tome cartas en el asunto.

***

Don Pablo es bajo de estatura, de corazón noble y de una monumental sinceridad. Habla rápido, muy rápido, como queriendo abrazar todo con las palabras. Denota cansancio. Acaba de terminar su jornada laboral (con un horario de 24 por 24 horas) que realiza en una empresa privada como guardia de seguridad.

Pero eso sí, el golpe a su dignidad, a su temple de roble viejo, fueron fulminantes en esas horas de atropello y de –como él lo llama—“una violación por parte de delincuentes con placa”.

¿Cabecear de sueño por el cansancio acumulado es una falta administrativa que merece detención, retención en un juzgado y el pago de una extorsión? La Ley de Cultura Cívica de la Ciudad de México dice que no, ni siquiera lo contempla.

Pero otra cosa muy distinta determinaron elementos de la PBI y de la Policía Auxiliar, en colusión con jueces del Juzgado Cívico CUH-8, en la Plaza del Metro Pino Suárez, a lo largo de diciembre de 2018.

***

Domingo 16 de diciembre. Nueve de la mañana. Pablo Sánchez Hernández termina su turno y encamina hacia la estación del Metro Tlatelolco, de la Línea 3, que corre de Indios Verdes a Universidad.

Los ojos del guardia de seguridad se hacen pesados. Las pestañas en forma de lluvia de sus párpados superiores mantienen una batalla encarnizada con todo el cuerpo, con los sentidos, con la gravedad, con el equilibrio.

Tal vez la lectura puede aliviar esa agobiante sensación de colapso, esa quimera que taladra y ronronea minuto a minuto. Don Pablo compra un periódico, un placebo distractor para mitigar el sueño.

Guerrero. Hidalgo. Juárez. Balderas. Pablo Sánchez recuerda que tiene que comprar unos artículos de uso personal por ese rumbo y desciende en la estación de la pieza de artillería del Siglo XIX, partida en dos por el verde y el rosa mexicano. Camina por el andén, abre el periódico y el torrente del cansancio lo impacta con toda su fuerza. No puede con el fardo de sueño.

Los ojos se cierran. Cabecea. “¡Aquí no se puede estar durmiendo!”, lanza una voz femenina que lo desequilibra, lo saca del trance. Lo rodean dos mujeres policías de la PIB y, amenazantes, recriminan su supuesta falta administrativa. Una de ellas, con placa número 5382469, realiza la detención arbitraria y advierte que lo tiene que llevar ante un juez cívico.

“Si opones resistencia al momento de la detención, vienen corriendo más elementos de la PBI y te someten por la fuerza. La palabra que utilizan es: ‘Se puso loco’. Es mejor no oponer resistencia para que no te formulen cargos”, denuncia Don Pablo.

No caben las razones en esos momentos. No se escuchan los argumentos. En otras estaciones del Sistema de Transporte Colectivo, cercanas al Centro Histórico, se desarrollan los mismos procedimientos contra decenas de personas, no sólo ese domingo 16 de diciembre, sino a lo largo de todo el mes.

***

Priscila Alvarado, periodista de la revista, documenta en un reportaje que el 28 de diciembre el ciudadano Zagit Mohamed Heredia Mejía fue detenido en la estación del Metro San Antonio Abad por elementos de la PBI por haber rebasado accidentalmente el cono naranja de plástico que delimita la zona exclusiva para vagones de mujeres.

En el mismo trabajo de investigación, la reportera anota que, casi a las ocho de la mañana de ese día, los detenidos llegaron al Juzgado Cívico CUH-8.

“La fila era larga. En total 40 personas habían sido arrancadas de pasillos, escaleras, andenes subterráneos, vagones y torniquetes salpicados en la Línea 2 del Metro. Casi todos aguardaban por una multa proveniente de faltas cívicas que, de acuerdo con el artículo 26 de la Ley de Cultura Cívica del Distrito Federal, oscila entre los 526 y 2 mil 150 pesos”, apunta.

Alvarado Solana también documenta el caso de Pablo N, un albañil de 19 años, que fue detenido, junto con otras personas, por utilizar las escaleras incorrectas para transbordar en la estación del Metro Chabacano.

Además, la periodista relata el caso de Emilio Ramos, un joven estudiante de 18 años, detenido por ‘acompañar a su ‘abuelita’, de 68 años, en el vagón reservado para mujeres. Viajaban rumbo a Taxqueña, para alcanzar el autobús que llevaría a la anciana de regreso a su pueblo”.

***

Ya ante el juez cívico, en la Plaza del Metro Pino Suárez, la pregunta del supuesto servidor público es implacable: “¿Cuánto dinero traes?”

Así pasa con Don Pablo Sánchez y con decenas de personas que se agolpan, entre temerosos y llenos de coraje, en esa hilera de detenidos sin una razón jurídicamente clara.

El guardia de seguridad entrega los únicos cien pesos que carga en la bolsa. Lo hacen firmar una hoja en blanco y lo dejan ir. Observa que incluso hay a quienes los acompañan hasta cajeros de sucursales bancarias cercanas para que se “caigan con su multa”.

“Así opera este lugar, en la total impunidad”, dice Don Pablo sin dejar de frotarse la frente con sus dedos índice y pulgar. Repite constantemente que no sabe usar computadora y sólo enseña su pequeño teléfono móvil. Busca justicia en este caso, porque así se lo enseñaron desde la infancia, allá en Izúcar de Matamoros, en el estado de Puebla.

Enseña un sobre amarillo. En sus manos se observan las huellas de las batallas libradas a lo largo de sus 55 años, ásperas, secas, callosas. En la cara frontal del sobre resalta, de su puño y letra, que es una carta dirigida a la Jefa de Gobierno de la CDMX, Claudia Sheinbaum.

Confía que ella resuelva este asunto y señala con insistencia que el 1 de julio votó por la hoy mandataria capitalino y que desde 2006 apoyó a Andrés Manuel López Obrador.

***

Este año no llegarán Melchor, Gaspar y Baltazar a la casa de los nietos de Don Pablo. En un país donde más de la mitad de la población vive al día, cien pesos representan una tabla de salvación para lo más indispensable como, por ejemplo, el transporte o llevarse algo al estómago.

La carta que le queda a Don Pablo es la que le destino a Sheinbaum Pardo. Ahí ha depositado todas sus esperanzas en los últimos días. Porque sabe que si bien es difícil recuperar ese dinero, tal vez las nuevas autoridades de la Ciudad de México se apeguen a sus promesas de campaña y castiguen la corrupción, la extorsión y las arbitrariedades cometidas en este caso.

Related posts