Día 10: Moscas tornasol paladean la peste

 

Por Rivelino Rueda

Cuanto menos sé,

más es mi destino

la dulzura del abismo.

Y entonces adoro.

Clarice Lispector/La pasión según G.H.

 

“Una vez nada más/Se entrega el alma/Con la dulce y total/Renunciacióóóón…”. Don Abel voltea hacia arriba. Esa es su labor a lo largo del día. Voltear hacia arriba. Tomás y Rafa le tupen duro a la marimba. Llueven algunas monedas sueltas de un tercer piso. Por allá se mece hipnótico un billete de veinte pesos.

La peste y sus dos caras. La peste y sus miles de manifestaciones. Allá arriba el pánico y el privilegio. Acá abajo la necesidad, la desigualdad lacerante, el ruido atronador de vivir al día.

“¿Y yo qué hago si dejo de chambear? ¡Vivo de las propinas!” El sublime roce de las ramas arañando el asfalto a las cinco y media de la mañana. La hojarasca acumulada al pie de banquetas y coladeras a la espera de su turno. Jaime no tiene opciones.

Dos horas más tarde platica con el vecino del edificio que pende de alfileres. Ese que es repartidor de Uber Eats. “Acá está igual, ¿qué chingados hago si paro o me encierro?”

“¡Le traigo las patitas, el elote cocido con harta, harta mayonesa, y con harto queso! ¡No deje con las ganas a los niños oiga! ¡Acérquese a comprar!” La tonadita no cesa. No puede cesar. El antojo tampoco. El elote preparado no conoce de pandemias. El vaso de esquite no sabe de encierros y cuarentenas.

“El miércoles pasado me dijeron que ya no viniera. Que hasta que pasara esto. No sé qué voy a hacer”. La angustia de dejar de percibir algo. De llevar algún alimento a casa para distraer un poco el estómago. La peste de la incertidumbre, de la zozobra.

La señora contiene el llanto. La otra le da ánimos. Las flores de las jacarandas que caen como las primeras gotas de una tormenta. El eco de ese golpeteo en calles silenciosas. Desiertas. Moribundas. En trances de sopor.

Las moscas tornasoles zumban a su antojo. Paladean la peste en ciernes. Planean impunes ante un futuro incierto…

“Una vez nada más en mi huerto brillo la esperanza/La esperanza que alumbra el prodigio de mi soledad…”

Don Abel no deja de voltear hacia arriba. Tomás y Rafa tunden las maderas chiapanecas de palo rosa con los ojos cerrados. No pueden parar. Ellos no.

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