Día 100: Tiempo sobrará para apretujarnos de nuevo

Por Rivelino Rueda

Y paréceme sentir

dentro de mi tales energías,

como para desafiarlo todo,

todos los sufrimientos,

con tal de poder decirme

a cada instante:

«¡Existo!

En medio de mil tormentos…,

existo, amarrado a la picota… ;

¡pero existo!

En el patíbulo estaré,

pero existo;

veo el sol pero no lo veo,

pero sé que existe.

Y saber que existe el sol…

es ya toda la vida».

Fiódor Dostoyevski/Los hermanos Karamasov

Cien días de encierro. Semáforo Naranja para la Ciudad de México. Una señal confusa. La peste deambulando a sus anchas por el ombligo de la luna. Las actividades económicas de pequeños y medianos comerciantes en la ruina. El trance entre el sí o el no continuar con el confinamiento. La esperanza a secas.

Hacinados en el ensimismamiento del miedo egoísta. Ese que no permite entender que hay millones de tragedias allá afuera. Ese que ciega y saca lo peor de uno mismo. Ese que acusa y recrimina por la apertura paulatina en el pico de la peste, pero también por el colapso de miles de negocios. Ese que señala hacia el frente y no hacia su pecho.

Cien días de abstraerse en nuestras mismas miserias. Ciento cuarentaicuatro mil horas de insomnios y sueños soporíferos de angustia. Trece semanas en un confinamiento hermético, en el que la batalla diaria no era con un virus que ya contabiliza 25,779 muertos, sino contra nuestros propios demonios, nuestros propios infiernos.

Pero las puertas se abren de nuevo. Los cerrojos giran en medio de un evento inconmensurable, histórico, sin registro en la historia contemporánea, sólo quizá después de la llamada “gripe española” de hace un siglo.

Los candados ceden en una segunda oportunidad para enfrentarse con uno mismo y con el “otro” allá afuera, en las calles, en las plazas, en el transporte, en los espacios públicos. ¿Habremos cambiado? ¿Habremos aprendido la lección?

Apertura limitada en territorios de curvas, picos, mesetas, muertes, contagios, sismos, relámpagos madre, inundaciones, atentados, ventiscas de desiertos remotos, poderosos lluvias, feminicidios, desapariciones, esquizofrenias por soledades remotas.

Apertura a medias con miles de miedos a cuestas; con espalda y hombros lacerados por cargar fardos de locura.

Agrietar concretos y asfaltos. Luego romperlos y germinar de nuevo. Adaptarse a hábitos ermitaños. Gemir en silencio. Soportar el peso de nuestra infinita soledad.

Sudar el cansancio acumulado. La tensión impregnada como rémora, como sanguijuela. Asimilar una cotidianeidad con pandemia. Distantes pero cerca… De lejos que voy de prisa.

Diferentes formas para relacionarnos. Cambios implacables en el acercamiento con los otros. Una plaga que pegó en lo más sensible del comportamiento humano, en su capacidad de tocarse y ser tocado.

En su angustia infinita por tener a alguien cerca para abrazar, para acariciar, para besar. Temblores de ansiedad en el distanciamiento, en el encierro, en el confinamiento forzoso y hermético.

Nadar hasta el puerto tras el naufragio pandémico. Arribar cansado y cubierto de algas. Tumbarse al sol y repensar en la sobrevivencia, en el paso que sigue, en la adaptación a la nueva realidad; a la “nueva normalidad”.

Cien días con sus noches. Pisar la calle. Aspirar el veneno que nos aferra a la ciudad. Despojarse del caparazón del miedo. Levantar la vista a la bóveda celeste que nos amarra a la invisibilidad de la peste… Esperar otro poco. El choque frontal con las notas que salen de la marimba callejera…

Hermoso cariño, hermoso cariño

ya estoy como un niño

con nuevo juguete

contento y feliz no puedo evitarlo

y quiero gritarlo hermoso cariño

Que Dios ha mandado,

no más para mí.

Esperar otro poco… Esperar otro poco porque ya llegará el tiempo para apretujarnos de nuevo.

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