Día 60: Una bocanada de aire fresco en medio de la tragedia

Por Rivelino Rueda

Todo me pareció encantador

en aquella tierra lluviosa:

las franjas de bruma

en el flanco de las colinas,

los lagos consagrados a ninfas

aun más fantásticas que las nuestras,

la melancólica raza de ojos grises.

Marguerite Yourcenar/Memorias de Adriano

Son tres. Caminan a mitad de la calle. Carcajean. Hacen bromas. Están uniformados con una camisa amarilla, pantalón caqui y botas industriales color negro. El más bajo de estatura rompe la monotonía agria de la cotidianidad pandémica…

–¡Pero todo va a estar mejor en unas semanas! ¿Verdad?—lanza con la convicción de los que no se rinden.

 –¡Ah huevo chingada madre! ¡Ah huevo!—reviran los compas con un alarido de júbilo encendido, vital, honesto.

Caminan erguidos y alegres. Las risotadas de juventud aturden la tarde calurosa, atolondrada, pesada. No llevan rumbo fijo. No hace falta saber a dónde van o de dónde vienen. Importa el ánimo y lo que transmiten.

Un tufo de insectos acompaña la cuenta regresiva para el fin del confinamiento. Dos meses han pasado desde el encierro colectivo más prolongado de todos los tiempos. La peste está en la cresta más alta de contagios y decesos.

Parece que la plaga se extenderá con la primavera, se prolongará hasta los inciertos vahos de las lluvias de verano, donde los huesos duelen por las humedades anegadas en ríos disecados y lagos petrificados en las entrañas de la tierra.

Racimos de dudas, reflexiones, miedos, sollozos, cuelgan de ventanales y balcones. Miradas de hastío, clavadas en la nada, en un punto impreciso de una calle que ya no volverá a ser la misma.

Palmeras y arbustos soñolientos con la monotonía de la nada, mientras los Cíclopes de siempre cincelan, amoldan y funden para que todo funcione, para aceitar la maquinita de Cronos en la tormenta pandémica.

Los muchachos de playeras amarillas avanzan y a su paso dejan una estela de esperanza. La luz solar de mayo ciega y atolondra.

Los días de las horas indefinidas, difusas, burlonas, giran apesadumbradas sobre un eje oxidado. Se escucha el crujir del movimiento terráqueo entre el avance lento y letal de la pandemia.

Día 60 de la peste. México llega a los 5,045 decesos. Algo así como la mitad de la capacidad de aforo en el Auditorio Nacional.

La letalidad en un solo día es de nuevo brutal: 278 muertes. Los casos activos, es decir, el epicentro de contagios, ya suman 10,681 registros.

No hay signos que indiquen, según las cifras, que la pandemia esté cediendo. Al menos no en la Ciudad de México.

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