Día 62: Sin espacio para nadie en ambulancias, sólo casos Covid-19

Por Rivelino Rueda

Tú que sales a escarbar los basureros

y a recoger las colillas,

tú nomás que no das una,

tú que te la pelan,

tú que se las mientas,

tú que juegas rayuela,

tú que te moriste de viruela loca,

tú que te fuiste a quemar Judas,

tú que te quedaste a rezarle a la Virgen.

Carlos Fuentes/La región más transparente

Los ojos de Doña Sonia están inyectados de cólera, de impotencia, de rabia, de salitre contenido. Hace unos tres minutos los paramédicos de la ambulancia privada se negaron a trasladarla a un centro de salud. “Ya sólo puros casos Covid seño, lo sentimos”, fue el argumento.

El overol verde chillón la acredita como trabajadora de la Secretaría de Obras y Servicios del Gobierno de la Ciudad de México. Casi todos los miembros de la cuadrilla la rodean. Tres mujeres y dos hombres. Tratan de calmar su ira. Parecen fisuras en muñeca izquierda y tobillo derecho.

“¡No me toquen! ¡No me toquen! ¡Ahorita no me toquen!” Sonia pide a sus compañeros ningún contacto físico por el momento.

La señora de unos cuarentaidós está más devastada por la actitud de los paramédicos y de dos policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX, que sólo se bajaron de su unidad a estorbar, que por la estorbosa molestia de sus heridas.

“Tiene que ir a su clínica a que la atiendan, ya ahorita los hospitales no están recibiendo a nadie que no sea por coronavirus”, balbuceó uno de los paramédicos. “Nosotros ahorita no podemos llevarla señito”, se desmarcó de inmediato uno de los oficiales.

Pero ahí siguieron de mirones, nomás estorbando.

El vehículo de emergencia se disipó en el tráfico de la lateral de Viaducto Río de la Piedad, dio vuelta en U en Eje Central, y se enfiló hacia el poniente, hacia la zona de hospitales de la Colonia Doctores.

Doña Sonia, sentada, recargada en ese árbol revestido de partículas suspendidas, de lluvia ácida, de veneno invisible, de aire con plomo, contiene el llanto y fija su mirada en algún punto incierto del corredor vehicular.

Se atraganta con su dolor y con su síncope transido. La cáfila de escobas de ramas, cubrebocas mal puestos, sudores metálicos, malabares a ciegas, caretas trasparentes entintadas con vahos remotos de pandemia, y overoles lacrados en el mal gusto, dan aliento… Sonia insiste en que se callen.

La rabia es mucha. El desprecio es descomunal. Hace unos minutos, en su conferencia de prensa virtual, Claudia Sheinbaum confirma que efectivamente hay una sobre demanda de ambulancias en la Ciudad de México. Sonia contiene el alarido. El dolor es mucho. La peste gana todas las partidas.

Entre todas y todos deciden llevarla ellos a su clínica. Determinan irse por la libre. Dejan la limpieza pendiente en el tramo Doctor Vértiz-Eje Central Lázaro Cárdenas.

“¡Faltaba más! ¡Es una cuestión de urgencia!”, grita Goyo Ordoñez, el chofer de la camioneta de la Secretaría de Obras y Servicios. “¡Vámonos!” “¡Vámonos!”, ordena el hombre de bigote abundante y piel encendida.

Los policías nomás estorban. Ni siquiera se ofrecen para escoltar a la camioneta de redilas convertida en ambulancia. Sonia se queja inconmensurable. Ahora si explota en llanto.

La recuestan en una lona en la parte trasera del vehículo oficial. No deja de expresar la rabia en sus ojos inyectados de sangre. Van hasta Iztapalapa… La plaga se ensaña. La plaga gana todas las batallas.

Día 52 de la peste. Todo apunta a que el encierro se pospone hasta nuevo aviso…

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