Día 64: No, no merecemos una segunda oportunidad; la normalidad seguirá siendo el egoísmo

Por Rivelino Rueda

El Otro siempre es un ser individual,

único.

Ese ser, sin embargo,

suele mostrarse más “humano”

cuando está solo que cuando

forma parte de la multitud,

de unas mases excitadas.

Por separado, somos mejores,

más sabios y más sensatos.

La adscripción a un grupo

puede convertir a un mismo individuo

sereno y amable

en el mismísimo demonio.

Ryszard Kapuściński/Encuentro con el Otro

Don Paulino ya realizó su entrega de comida. Se devuelve a la fonda tras su misión con la charola de aluminio bajo el sobaco sudoroso. Es de esas personas que parece que el resfriado ya habita en su cuerpo. El cubrebocas lo lleva de gargantilla.

Saca una servilleta del bolsillo delantero de su camisa a rayas. Luego se suena bíblicamente los mocos de la nariz. Luego se limpia los ojos con el mismo papel. Luego el sudor de la frente. Luego lo guarda de nuevo en su bolsillo estoico.

La parejita de novios no se ha visto en tres días. Él aprovecha esa “ausencia eterna” para meter la lengua en la boca de ella. Sobre la banca de herrería del parque descansan los dos cubrebocas negros entre la algarabía y el cositeo de los insectos.

En el aire estancado de la primavera viral flota el desprecio, el miedo, la ignorancia, la perpetuidad del egoísmo. El encierro no ha moldeado mujeres y hombres nuevos. La cuarentena ha cincelado, con toda su inclemencia, mujeres y hombres ensimismados, agresivos, más desconfiados que de costumbre, rencorosos, soporíferos en su propio individualismo. Nada ha cambiado y parece que nada cambiara con la llamada “nueva normalidad”.

Regurgitar es escupitajo en la tráquea. Expulsar el gargajo sin rubor. Los gemelos de la casa con ventanas tapiadas de la esquina inhalan y exhalan irresponsabilidad. Patean la basura sobre su acera. Estornudan y tosen como si no hubiera un mañana. Lanzan los pedazos de pulmón sobre el paso de los vecinos. Impregnan de mocos arteros árboles y postes.

Desgañitarse en traumas y odios acumulados por la extensión del encierro luego de celebrar en la aglomeración los festejos de mayo. Las filas en las pastelerías y florerías el Día de la Madre. El regalo indispensable para la “bendición” de la casa en Día del Niño.

El pedorral de órdago el Día de la Santa Cruz sin ser albañil. El festejo del Día del Maestro sin ser maestro. La Batalla del Cinco de Mayo nomás porque sí. La celebración sí porque sí en la calle. Primero yo, después yo y hasta el último yo. “¡Es que pinche gobierno! ¡Nos dijieron que el 30 de mayo! ¡No llevan bien las cuentas!”

La camioneta improvisada para la venta de mangos manila, aguacates y zarzamoras de a veinte el kilo. El tumulto improvisado. Las medidas de sana distancia como un recuerdo lejano. Los marchantes arrebatándose las bolsas. El altavoz cuarenta minutos a todo lo que da. El notorio desprecio a las cifras que acaba de dar la Secretaría de Salud. A nadie le importan esos 6,090 decesos. Los 12,085 contagios activos. La prolongación de la cuarentena… “¡Nos están engañando! ¡Nos dijieron que después del 8 de mayo ya todo iba a estar bien!”

Mateo, el carpintero y tapicero, bufa por enésima vez en la semana cuando vierte aserrín y viruta sobre la mierda de perros que no levantan sus dueños. Nicolás, el barrendero, no se da abasto en levantar decenas y decenas de bolsas de plástico con caca de chuchos glotones y ajenos a la imbecibilidad de quien viene a un lado de ellos.

El vecino del edificio de enfrente luciendo orgulloso la cruda implacable por dos días seguidos de fiesta en su departamento. La tienda de abarrotes El Palmar que especifica claramente a la entrada que solo se permite el paso de una persona.

El sujeto que ingresa, exige el cobro de las dos cocas cuando el propietario del negocio está realizando la suma de otra cuenta y se violenta cuando le hacen saber su falta. “¡Es que pinche gente, pinche gobierno, no informan nada! ¡Es que están mintiendo con las cifras!”

Y no. Al menos en esta pandemia letal y cargada de saña, no habrá una “nueva normalidad”. No estamos preparados para cosas así en un país que todavía piensa que un solo hombre puede cambiarlo todo… Que no es capaz de comprender que las verdaderas transformaciones surgen de la colectividad, la organización y la solidaridad. En fin.

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